Relato erótico: Isla Margarita

Relato erótico: Isla Margarita

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Carmen y yo estábamos en Isla Margarita pasando unos días de vacaciones. Carmen tiene treinta y seis y yo veintiocho años. Nuestra vida matrimonial había caído un poco en una monotonía sin la intensidad de los primeros años. Yo llevaba un cierto tiempo diciéndole a Carmen que teníamos que hacer algo para cambiar la rutina. Yo pensaba que no me hacia ni caso, hasta que una noche después de cenar me dijo que había hablado con mi secretaria y reservado diez días de vacaciones. Yo me quede un poco asombrado, Carmen no suele hacer cosas a la ligera.

Llegamos al hotel pasadas las ocho de la tarde, nada mas nos dio tiempo de deshacer las maletas, bajar al bar tomar unas margaritas, cenar y subir a dormir (eran mas de las dos de la madrugada hora española). Por la mañana después de desayunar nos fuimos a la playa. La playa era enorme, de arena blanca y fina, con hamacas, tumbonas, palmeras y demás necesidades. El hotel tenia varios bares, dos piscinas todo ello dentro de una especie de jardín “tropical” con aves exóticas. En conjunto un pequeño paraíso artificial.

isla-margarita

Carmen es alta, con pelo castaño claro, mas bien delgada, con un tipo de modelo de alta costura, senos pequeños pero duros, cintura muy marcada, culito pequeño y piernas largas y bien torneadas. Esa mañana se había puesto un bikini muy atrevido. El sujetador eran dos minúsculos triángulos que, a duras penas, tapaban los pezones y algo de las areolas. Las braguitas eran un triángulo microscópico por delante, con una estrecha cinta por detrás. Todo ello de un llamativo azul fluorescente.

En la playa la mayoría de las mujeres iban top-less de modo que Carmen, en realidad, era de las mas recatadas. Carmen se echó en la arena, yo me senté a su lado y, sin darme cuenta, miraba a las magnificas tías que paseaban moviendo sus pechos desnudos. Al cabo de un rato Carmen dijo:
– Si vas a estar mirando las tetas de todas las tías que pasan, mas vale que yo me quite mi sujetador, se quito el sujetador y se quedo con los senos al aire.

cuentos eróticosNo sé cuanto tiempo había transcurrido cuando al levantar los ojos del libro vi una mujer alta, con las prietas tetas al aire, que se acercaba a mi contoneando su recogido trasero.
– Juan, ¿quieres que te la chupe aquí o prefieres subir a la habitación?

– Coño Carmen. ¿Que te han puesto en el café? Nunca te he visto en público con las tetas al aire y ahora, encima hablas de ¡chupármela en medio de la playa!
– Bueno, yo pensaba que querías un cambio en nuestras vidas. Pero si prefieres.. me pongo una mantilla y me voy a la iglesia a rezar un rosario.
– No, no, déjate de leches y vamos a la habitación.

Al llegar a la habitación me di cuenta de que la Carmen de Margarita no era la Carmen que yo conocía, que me la habían cambiado. Nada mas entrar de un tirón me quito el bañador, se arrodilló y sin mas preámbulos empezó a chupármela. No solo chupándola, pero metiéndola y sacándola de su boca, mientras la meneaba con su mano y todo ello con una intensidad y entusiasmo muy lejos de lo que acostumbraba. Yo no estaba seguro de no estar alucinando. Para aumentar mis dudas empezó a acariciarme el escroto y lentamente continuar las caricias hacia mi culo. Con gran suavidad y destreza sus caricias viajaban de mi escroto, al culo y del culo al escroto. Todo esto mientras su boca trataba de competir con las más modernas y eficaces aspiradoras eléctricas. Sin comentario sacó mi polla de su boca y mientras continuaba meneándola con una mano, con la otra metía uno de mis huevos en su boca y lo chupaba con fruición. Otra vez metió la polla en la boca, empezó con las caricias perineales y sin aviso me perforó el culo con un dedo. Esto Carmen no lo había hecho nunca, yo puse ojos como platos. Ella continuó metiendo y sacando el dedo en mi culo mientras continuaba tocando la flauta con el máximo entusiasmo.
– Carmen, Carmen ¡qué me corro!

Su único comentario fue acelerar los movimientos de su cabeza y dedo. Yo sin poder contenerme explote, eyaculando en su boca. Ella continuaba chupando y tragando toda mi leche. Tuve que pedirle que parara porque no podía más.
– Carmen, nunca me la habías chupado así, no te recuerdo sexualmente tan agresiva ni cuando éramos novios. ¿Que te ha pasado?
– A mi no me ha pasado, ni me pasa nada, yo creía que eras tu quien quería un cambio.
– No Carmen, que no me estoy quejando, ¡al contrario!
– Anda calla, cógete algo del minibar, siéntate en el sofá y espera un poco que voy un momento al cuarto de baño.

Me prepare una ginebra con tónica y me senté en el sillón, en pelotas, preguntándome si Carmen se había vuelto loca, si era yo quien estaba perdiendo los tornillos o si era la proximidad al ecuador que nos afectaba a los dos. La apertura de la puerta del baño me arrancó de mis cogitaciones. Allí estaba Carmen, bueno, supuse que era Carmen, salía con la cara muy maquillada, con las tetas al aire, con la braguita azul fluorescente del bikini, unas medias negras de malla, zapatos negros de tacón altísimo, con un abanico en la mano y mientras lentamente se contoneaba andando hacia mí, dijo:
– Buenos días Señor, ¿había llamado usted pidiendo un servicio?
Uy!!! -dijo, mirando a mi picha un poco alicaída- me parece que no esta usted en condiciones de servicio. Anda, menéatela un poco mientras yo me exhibo.

Con el mayor desparpajo, paseó contoneándose por la habitación, después se paró enfrente de mí y con los gestos más soeces que yo había visto en mi vida empezó a acariciarse los pezones lanzándome besos, después se metió un dedo en su vagina y empezó a mover su pelvis de delante atrás. Estoy seguro de que muchas putas se hubieran sonrojado viendo su lascivia. Bueno, no sé si las putas se sonrojarían o no, pero sin ninguna duda había conseguido la atención de mi picha que estaba otra vez en posición de firmes.
– Anda chato, ven a la cama y échame un polvo.
¡Que coño cama!

Me levante, la abracé, la besé en la boca con desesperación, después besé sus respingonas tetas y poniéndome detrás de ella, la incliné hacia el sillón, moví a un lado la cinta del bikini y la ensarte con gran entusiasmo.
Si, Juan, si, métela hasta dentro.
La muy cachonda no solo me animaba y jaleaba sino que culeaba contra mí aumentando la fricción al máximo. Yo mientras tanto le había cogido los pechos y los estrujaba entre mis dedos. No sé si eran las medias de malla, la lascivia y desparpajo que había demostrado antes, su entusiástico culeo o que; pero el hecho es que yo estaba follando con un ánimo y energía que no recordaba desde hacia mucho tiempo. Al parecer no estaba solo en mi excitación pues Carmen decía:
– Sigue, sigue, fóllame toda, sácamela por la boca, dale, ¡dale cabrón!
Seguimos durante un buen rato, fue un polvo para recordar siempre. Yo no sabía lo que me esperaba todavía hoy.

Después, al cabo de un rato, bajamos a tomarnos unos cubalibres a la terracita del hotel…
Mientras encendía mi puro, una voz masculina dijo:
Carmen, que bueno de verte de nuevo y ¿qué le hubo?
Me volví y vi a una pareja, él estaba besando a Carmen en las mejillas. Carmen dijo:
– Juan, mira estos son unos amigos que conocí esta tarde en la playa: Lupe, Matilde este es Juan, mi esposo.
Una vez pasadas las formalidades les mire con detenimiento.

Lupe, era algo mas alto que yo, delgado, muscular, bien parecido, de rasgos aquilinos con claro mestizaje indio, tez oscura y fino bigote negro, quizás en los cuarenta y cinco.
Matilde… ¡Caray con Matilde! Matilde era una mulata, de media estatura, larga melena de un negro intenso, casi azulado, que haría palidecer de envidia a un cuervo. Tez, café con leche o, como dirían los franceses, café ¡olé! Grandes ojos azabache, nariz fina y labios carnosos. Llevaba un vestido de seda negra estampado con flores rojas. El vestido debía estar cosido con hilo de la mejor calidad, porque a pesar de como sus carnes empujaban contra ellas, ninguna costura cedía lo mas mínimo. Y ¡que carnes las que empujaban! Aún sin tocar (¡quien pudiera!) se notaba que no era gorda no, que las carnes eran duras y prietas. Los abundantes pechos empujaban la seda y a juzgar por como se marcaban los pezones no debía llevar sujetador. Una cintura de proverbial avispa daba paso a unas caderas con un trasero respingón, de rompe y rasga. El vestido largo hasta el suelo, estaba abierto a un lado mostrando un muslazo enloquecedor y dejando vislumbrar unas bragas también de seda pero de un rojo oscuro. En conjunto, Matilde exudaba sensualidad por cada poro de su cuerpo. También debía haber pasado los cuarenta, pero ¡que cuarenta!

– Cariño, parece que Matilde y Lupe te caen muy bien y no sabes cuanto me alegro. Hablando con ellos esta tarde me di cuenta que son gente de mucho mundo y experiencia. Les conté de nuestros problemas y de tu… interés y me dijeron que ellos podían ayudarnos. Ellos tienen experiencia con sexo en grupo y van a pasar la noche con nosotros.
– Pues claro que me gustan, ¡si son magníficos!
– Vámonos a nuestra habitación, Juan. -dijo Carmen- y empezó a andar.
Cuando yo trataba de alcanzarla y reprocharle su comportamiento, Matilde se enlazo a uno de mis brazos, y asegurándose que lo restregaba bien contra su pecho empezó a susurrarme…todo esto lo decía, mientras tocaba las partes que mencionaba y se aseguraba que un máximo de su superficie corporal estaba en contacto directo e intimo con un máximo de la mía. Ni que decir tiene que, con aquella mujerona restregándose contra mí, sobándome donde quería y ronroneando como una gatita en mi oído, mientras daba lengüetazos en el lóbulo de mi oreja yo no estaba impasivo y mi “chile” estaba en posición de firmes. Cuando mire hacia delante vi que Lupe no perdía el tiempo, había agarrado a Carmen y llevaba una mano bien metida dentro del pantalón, claramente acariciando y estrujando el culo de mi esposa. Yo no sabia que decir ni que pensar, pero al poner mi mano encima de los pechos de Matilde, desaparecieron muchas de mis preocupaciones.

…Sin otro preámbulo, mientras su mano fluía con el ritmo de la danza, abrió una cremallera en el lado corto del vestido y con un solo gesto lo arrojo al suelo mientras continuaba sus o­ndulaciones. No llevaba mas que unos zapatos negros de alto tacón y las pequeñas bragas rojo oscuro que únicamente cubrían un mínimo de las poderosas y tentadoras ancas. Los exuberantes senos, enhiestos, con grandes y oscuras areolas, moviéndose con total libertad. Me levante del sillón y me abalance sobre ella como una fiera hambrienta. Manoseaba su cuerpo, besaba y mordía su boca y echaba a faltar múltiples manos y bocas para disfrutar de toda la generosa ofrenda: pechos, nalgas, muslos... Mientras yo la devoraba, Matilde me desnudo y poniéndose en cuclillas me la chupo.

¿Dónde y como me quieres? Corazón.
– En la cama Matilde, ¡échate en la cama!
Obediente ella se echó. Yo daba vueltas a su alrederor como un perro excitado, tocando, besando, estrujando, azotando, lamiendo…
– Poséeme mi amor, clávamela, rómpeme.
Yo no necesitaba que me animaran, así que abriendo sus incitadoras piernas contemple aquel sexo maravilloso de negros labios, casi completamente afeitado, únicamente, por encima, quedaba una línea horizontal de un rizado y negro vello. La hinque en aquel altar de Venus y el rosado interior lo encontré cálido, lubricado y hospitalario. Poniendo sus piernas sobre mis hombros bombee como un poseso. Los exuberantes pechos bailaban al son que yo marcaba, Matilde movía su pelvis en pequeños círculos, cogí ambos pechos con mis manos y los estrujaba.
Sin aguantar un segundo más lance mi fantasía al aire, siempre la tenía en mente y Carmen lo sabía.
-Matilde tu me darías tu culo, ¿de verdad? Me lo das?.
Yo no daba crédito a mis oídos.
¡Ay mi cielo! Si a mí me gusta mucho que me enculen, lo que pasa es que con el vergón de Lupe no se puede por atrás. ¿Cómo me quieres mi amor?
-Échate de espaldas en la cama.
Por fin embadurne mi verga, cogí sus muslos y los empuje sobre la cama dejando su sexo y culo gloriosamente expuestos, puse la punta del capullo en su ano y suavemente empuje.
– Si mi cielo así, enculame despacito. Dámela, dame tu verga.
Poco a poco se introdujo del todo, empecé a moverla poco apoco. Matilde empezó a culear. Los negros labios de su vulva abiertos, exponiendo el rosado y vacío interior, mi polla entrando y saliendo de su culo. ¡Aquello era gozar! De repente Matilde dijo:
– Ven aquí Carmencita, ven aquí que me coma tu conchita.
Carmen como si fuera algo que oyera todos los días se puso a horcajadas sobre la cara de Matilde y Matilde chupaba y relamía la “conchita” de mi mujer. Matilde cruzó sus piernas a mi espalda en poderoso abrazo, metiéndome aun más dentro de su culo. Carmen me dijo:
– ¡Chúpame las tetas, Juan chúpalas!
Yo me incline a chupar sus pechos, ella puso sus brazos por debajo de mis sobacos estrujándome contra su pecho.
Dejo que vosotros mismos le déis rienda suelta a la fantasía, seguro que sabéis terminarla muy bien…

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