Cuando cambias de sexo todo se transforma: Tú y el mundo

Cuando cambias de sexo todo se transforma: Tú y el mundo

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Lulú

Lulú proviene de Italia, tiene 25 años y su apariencia es la de una muchacha fresca y atractiva. Sin embargo, Lulú es un hombre que desde su infancia quiso ser mujer. Ya adolescente comenzó a vestir ropas femeninas, a usar rellenos para simular pechos y caderas, y a disimular el volumen de su paquete peneano-testicular, de muy adecuadas dimensiones.

A los 18 años, Lulú comenzó a depilarse todo el cuerpo y a administrarse estrógenos para obtener características corporales femeninas. Dos años más tarde visitó a un especialista con objeto de que le hiciera una operación de cambio de sexo. Como el médico rechazó la opción, Lulú desesperada intentó automutilarse los genitales.

transexual

El caso inverso también es frecuente.

Juan Carlos

Juan Carlos es portorriqueño, vive en España y tiene 30 años. Juan Carlos es mujer y, desde niño, ha anhelado ser hombre. A los 13 años comenzó a vestirse como hombre aprendiendo paulatinamente a imitar la conducta masculina. Sus primeras experiencias sexuales masculinas, las consumó a los l7 años utilizando un pene artificial que lleva a todas partes.

Durante su vida, Juan Carlos recurrió a muchos médicos para que le eliminaran los senos, le disminuyeran la redondez de las caderas y los muslos y le implantaran un pene artificial. Lo logró recién, en 1989, cuando en Madrid completaron el largo y complejo tratamiento de cambio de sexo con una implantación. Actualmente, Juan Carlos se ha casado con una joven de su edad y viven como una pareja normal.

Ambas situaciones reflejan la presencia de un mismo fenómeno: el transexualismo, esto es, la necesidad compulsiva e irrenunciable de pertenecer al otro sexo con todo lo que a este le corresponda en lo sexual, empezando por la apariencia de los caracteres sexuales primarios.

Ser transexual no es lo mismo que ser homosexual o travestista. La homosexualidad es un estado por el cual un individuo busca placer erótico-genital con personas de su mismo sexo, sin obsesión o compulsión a cambiar de sexo. Por su parte el trasvestismo es un comportamiento que se caracteriza porque el sujeto que lo practica disfruta sexualmente vistiendo ropas del otro sexo y con eso se satisface. Un trasvestista no siempre es homosexual ni tampoco transexual.

Tampoco el transexualismo debe confundirse con la intersexualidad, cuyos síndromes típicos, el hermafroditismo, el pseudohermafroditismo, el testículo feminizante de Morris y la disgenesia de Klinefelter, se manifiestan en alteraciones congénitas en los caracteres sexuales, que ameritan las más de las veces correcciones y readaptaciones de tipo quirúrgico.

Un pseudohermafrodita femenino posee ovarios en genitales de apariencia masculina en tanto que el pseudohermafrodita masculino tiene testículos, a pesar de que una hipospadia malforma la estructura de sus genitales haciéndolos aparecer como una vagina.

En el testículo feminizante de Morris, el sujeto luce un aspecto completamente femenino, salvo que no menstrua, que tiene hormonas masculinas afuncionales y testículos en vez de ovarios.

Finalmente, la disgenesia de Klinefelter se caracteriza por la existencia de un cromosoma femenino adicional en los varones, que determina escaso desarrollo de los genitales y presencia de mamas feminoides.

En el transexualismo, el querer pertenecer al otro sexo hasta sus consecuencias finales, modificando la estructura corporal, es el centro de la distinción. Por eso el transexual termina buscando constante y angustiosamente el auxilio de la cirugía para conseguir su objetivo, lo que remata en un cambio sexual de identidad cuando hay éxito.

A la fecha existen sólo teorías para explicar este comportamiento.

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De acuerdo a los sexólogos, psicólogos y psiquiatras más tradicionalistas, el origen del transexualismo se encontraría en la infancia de los individuos, provocado por un acontecimiento condicionante, como sería el caso de padres que, decepcionados de tener un hijo de un sexo, lo orientan al otro, estimulándolos a comportamientos ajenos a su ser sexual: obligar a un varón a vestir ropas femeninas o a una niña a actuar como varón.

El profesor sudamericano E. Téllez, que se ha especializado en el tema de los patrones sexuales, atribuye los intercambios de roles sexuales el despertar de esta conducta, sosteniendo que el mayor o menor éxito, frente a sus mayores, de asumir el rol del otro sexo, alienta la condición transexual en el niño.

Sin embargo, una investigación del director de la revista “Travestia”, C.V. Prince, descartaba hace unos años la hipótesis infantil, señalando que la mayoría de los sujetos sometidos a una encuesta sobre el punto, declaraba haber iniciado sus actividades transexuales después de los diez años de edad.

Otros autores prefieren pensar que el transexualismo es una forma de intersexualidad que tiene un origen exclusivamente orgánico, de mecanismo hereditario o endocrino.

Pero, nada está claro todavía.

Vale la pena, en cualquier caso, centrarse en la preocupación de los transexuales de cambiar quirúrgicamente su sexo.

No obstante, y a pesar de los avances en las técnicas quirúrgicas, el transexualismo ofrece dificultades a menudo insalvables para el cirujano. Por ejemplo, una gran mayoría de transexuales ostenta caracteres sexuales anatómicos bien definidos y eliminarlos no es sencillo.

Es posible remover los genitales masculinos y, mediante cirugía plástica, crear una vagina artificial que funcione como tal, aunque lógicamente sin permitir la reproducción.

Los tratamientos hormonales pueden, completados con el bisturí, resolver el problema de la ausencia de senos, y alguna muy costosa terapia electrolítica y foniátrica, revertir respectivamente la crucial cuestión del vello corporal y de la voz.

Más complicado resulta alterar un esqueleto definitivamente masculino o femenino, al igual que una prominente nuez de Adán.

Y tan complicado como todo éso son los aspectos legales que “el cambio de sexo” debe enfrentar, desde el cambio de la partida de nacimiento hasta procesos tan importantes como el matrimonio, la adopción de hijos, el empleo y otros.

Muchos transexuales no comprenden del todo la magnitud del paso que están dando.

De hecho, se trata como de nacer de nuevo, en lo que lo doloroso no es lo que se experimenta en la mesa de operaciones sino el aprendizaje del nuevo rol: para una mujer, empezar de cero a actuar como varón; y, para un varón, a la inversa. Y, ambos, con limitaciones.

“Una vagina artificial funciona, confiesa un transexual operado”. Psicológicamente da la satisfacción de sentirse penetrada por un hombre, pero no es la misma que ofrece una vagina auténtica. Además, ésta se infecta con facilidad, porque por buena que fue la operación nunca es perfecta, y está el tratamiento de hormonas, que debe mantenerse. Tampoco hay clítoris ni sustituto alguno del mismo. Claro que, “sumando y restando me siento mejor que antes “.

Las mujeres que han cambiado su sexo viven otro tipo de problemas. El pene que consiguen es también imperfecto y se logra normalmente con injertos de piel a los que se adosa un tubo que le da consistencia y dureza.

Vivo con una erección permanente, que tiene el defecto de no brindarme placer per se. Mis orgasmos me los sigue entregando mi viejo clítoris, todavía el real motor de partida de mi sexualidad. El pene que ahora tengo es una buena pieza para mostrar, que me autoafirma y, en el espejo, me asegura que soy un hombre con todo lo necesario”, nos cuenta otro transexual operado.

Socialmente, el cambio de sexo todavía no es bien comprendido por las mayorías. La gente piensa en un porcentaje importante que hay algo malo en todo esto, una especie de golpe bajo a la naturaleza. “Un transexual operado debe mudarse de barrio, cambiar de amigos y hasta de país, si le es posible, afirma un médico. La sociedad no acepta fácilmente que el que ayer era hombre o mujer, termine siendo lo contrario”.

Sin embargo, en el balance, todo sueño cumplido es gratificante y, para el transexual, que a lo largo de su existencia ha debido sufrir la dura presión de sus inclinaciones con la inadaptación consiguiente, así como el desprecio y la burla de sus contemporáneos, llegar a ser lo que se quería ser no puede ser negativo.

Las celebridades como Coccinelle (Jacques -Charles Dufresnoy), un artista de vodevil que deslumbró a nuestros padres con sus encantos de travestista, acabó operándose. Se casó dos veces y vive una armónica vejez en alguna parte del mundo.

Christina Jorgensen, a principios de la década de los 50, un peludo varón llamado ahora George Jorgensen, después de cambiar su sexo y su domicilio, es hoy una plácida ama de casa de Los Angeles, setentona, que cuenta a quien se lo pregunte:

“Treinta y tantos años atrás, cuando hice lo que hice, me encontré con casi una completa hostilidad. Hoy existe casi absoluta comprensión. Soy una mujer. Y eso es lo que siempre quise ser. Soy muy feliz y amo la vida. Una vida que es completamente normal”.

Para los transexuales menos celebres, está, también, la disyuntiva: cambiar o no cambiar de sexo. No cambiarlo, es sufrir. Y cambiarlo lo es igualmente para los transexuales pobres, ya que una operación de esa especie cuesta miles y miles.

Problema insoluble que no resuelve ni el más avezado de los terapeutas.

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