¿Y funciona el matrimonio abierto?

¿Y funciona el matrimonio abierto?

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Darle permiso a tu pareja para que se acueste con otros es una opción para no aburrirse en el matrimonio. Pero, ¿vale la pena?

“Mara y Arturo están casados desde hace ocho años. Tienen buena situación económica, dos hijos hermosos, intereses comunes, y la misma edad.

Para los criterios tradicionales, constituyen una pareja envidiable y feliz. Todavía se mantienen ente ellos esas delicadezas que, según muchos, ya no se estilan en la vida conyugal y que serían palmarias demostraciones de amor”.

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Por lo menos una vez a la semana, ambos cenan fuera, en algún restaurante romántico, con velas y música de Armando Manzanero. Suelen ir de vacaciones juntos y, cuando pueden, pasean tomados de la mano por el barrio. Sin que parezca rutina, Arturo sabe ser cortés y halagador, enviándole flores a su esposa con cierta frecuencia. Como pareja, hablan casi un mismo lenguaje, ríen juntos y respetan sus puntos de vista. De vez en cuando riñen, bajo el lema de que “una buena reconciliación es lo máximo”, y sin que los motivos de sus peleas sean, en modo alguno, decisivos para la estabilidad de la pareja. Su vida sexual es animada e imaginativa.

Para nosotros, hay una especie de cuota tácita -dice Mara-: dos días a la semana y el domingo en la tarde, que debe ser orgiástico. Para nosotros, la cama tiene mucha importancia. Permanentemente ensayamos posturas y juegos eróticos.

Más allá de esa fachada, existen algunos problemas que hoy de alguna manera están haciendo crisis. Como viejos amigos, en consulta comentan sonrientes:

-Venimos como clientes, no como amigos.

La síntesis de ese encuentro inicial puede resumirse en términos bastante esquemáticos: hacía cuatro semanas que Mara y Arturo afrontaban dificultades. Los dos estaban irritados, malhumorados, poco amables. Peleaban continuamente y no toleraban siquiera la presencia de los niños.

Entre el terapeuta y ellos dos, buscamos la razón. Fue Arturo quien comenzó a despejar las dudas:

-Mira, cuando cumplimos nuestro segundo año de casados, descubrimos que nos aburríamos un poco como pareja. En torno nuestro, sobraban las oportunidades sexuales: mujeres muy atractivas y liberales, compañeras de trabajo de Mara, y varones jóvenes, desprejuiciados, amigos míos, asiduos visitantes de la casa. Casi sin proponérnoslo decidimos experimentar el matrimonio abierto. En otras palabras, para mejorar esa situación de peligroso aburrimiento, resolvimos tener relaciones sexuales con otras personas.

El matrimonio abierto es uno de los caminos que la revolución sexual de los sesentas sugirió a las parejas bienintencionadas, como remedio para la crisis del matrimonio.

Su cimiento teórico es el siguiente: El matrimonio monogámico fracasa; no es para toda la vida, porque la vida en común es fastidiosa, hace rutinario el acto sexual, aleja el romanticismo y mata el amor. Además, en un mundo en que las parejas están constantemente expuestas a tentaciones y en que la infidelidad es la válvula de escape para encontrar fuera de casa lo que se ha perdido, sólo queda un camino: fortalecer la relación de pareja desde la absoluta lealtad y confianza. Basta de mentiras, de engaños, de verdades a medias, de insatisfacciones. Si el adulterio es “sabroso”, consiéntase abiertamente a su práctica, con discreción por supuesto; y, desde luego, sin celos tontos.

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Arturo es lo suficientemente explícito:

Era un verdadero círculo vicioso. Yo quería serle fiel a Mara, por ella y por los niños. Pero las oportunidades andaban por ahí, acechando: mujeres sensuales, ardientes, disponibles. Era un sacrificio privarse de gozarlas. Al mismo tiempo, llegó un momento en que hacer el amor con Mara perdió la gracia. Poco a poco fuimos dejando el sexo oral, que tanto nos gustaba en un comienzo, las variaciones de posturas. El amor conyugal se transformó en una especie de obligación; mientras acariciaba a Mara no dejaba de pensar en los pechos de la vecina o de la amiga de la oficina. Sabía, por lo demás, que en Mara pasaba algo parecido. Tenía orgasmos y todo eso, pero se notaba lejana…

Mara lo recuerda así:

Sí, era bonito, pero no como antes… En esos días hacíamos mucha vida social. Sin darme cuenta, empecé a mirar a otros hombres y a pensar en ellos como posibles compañeros de cama. Me excitaba en ese juego. También solía recibir proposiciones. La verdad es que me encantaba. Cosas que Arturo, por negligencia o por considerarlas sobreentendidas en la relación ya no me las decía. Para ser franca, vivía caliente y Arturo no me satisfacía del todo. Cuestión mental.

Sin embargo, ninguno de los dos quería dañarse. Habían hecho el compromiso de que en su matrimonio no habría deslealtades. Así, un día cualquiera hablaron largamente sobre el tema y decidieron consentirse discretas escapadas extramatrimoniales. Pusieron una sola condición: que, en ningún caso, se involucrarían sentimentalmente con esas parejas ocasionales.

Al principio fue sensacional -dice Arturo-. Imagínate, todas mis fantasías se cumplieron. Yo conquistaba a una mujer y podía contárselo a Mara. Entre nosotros no había mentiras. Ella sabía, casi minuto a minuto, las cosas que yo hacía con “la otra”; las nuevas posturas, los orgasmos que alcanzábamos, todo, todo…

Y Mara:

– Fue bueno, de veras. Yo le decía a Arturo: “Hoy estuve con un hombre maravilloso. Toda la tarde estuvimos haciendo el sexo oral.” Y Arturo me contestaba: “¿Y cómo lo hiciste?” Nos excitábamos mucho. Nos volvíamos como locos entre nosotros. De veras que nuestro matrimonio se enriqueció bastante. Ya nada nos parecía tan aburrido. Ahora experimentábamos lo nuevo, lo que nos estaba haciendo falta.

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La pregunta resultante es obvia: ¿Y había celos?

Arturo menea la cabeza.

Sólo un poco, al principio hasta que nos adaptamos a la situación. Después, todo fue fácil, agradable.

Mara interviene:

La primera vez, para mí, fue con un amigo muy querido de Arturo. El iba con frecuencia a nuestra casa. Cada vez que Arturo se descuidaba, su amigo me decía: “Tengo unas ganas terribles de estar contigo”, o frases así. El me gustaba, pues era divertido. En una ocasión, después del acuerdo, lo cité para un encuentro. Por cierto, no le dije nunca que Arturo lo sabía.

¿Y por qué?, le preguntamos.

Mara ríe.

Bueno, es muy sencillo: ¡Los hombres son muy tontos! Si van con una creyendo que están poniéndole cuernos a otro se esmeran en lucir sus habilidades. Este no fue la excepción. Cada vez que nos juntamos, me hizo gozar terriblemente. Estaba en competencia con Arturo, según creía. Cuando terminé por contarle la verdad dejó de ser un buen amante y al poco tiempo la relación se terminó.

Arturo menciona sus aventuras entre divertido y nostálgico:

-Las amigas de Mara, especialmente, disfrutaban al suponer que, de alguna manera, perjudicaban su estabilidad. Todas se afanaban en demostrarse verdaderamente imaginativas. También cuando descubrían el arreglo, se ofendían y, a menudo, rompían con la relación. En otros casos siempre había gran erotismo.

Los dos se apresuran a señalar que ninguna de las alternativas surgidas fue la promiscuidad.

Tampoco se trataba de andar conquistando mujeres sin ton ni son, dice Arturo. Mis relaciones extramaritales no han sido tantas desde entonces. A lo sumo, unas seis en los últimos cinco años. Yo tengo mucho trabajo, hijos por los que velar y una mujer a la que amo por sobre todas las cosas.

Mara lo observa con ojos de reproche. Arturo, entonces, se apresura en agregar:

– Claro que, a veces, ahora hay otras posibilidades…

¿Qué contesta Mara sobre el punto?:

Yo no he sido promiscua -dice-. De hecho, he tenido cuatro amantes. Ya te conté la historia del primero. El segundo fue un ejecutivo de una compañía automotriz que conocí en la playa: un hombre ya maduro, muy parecido a ese señor que aparece en la película Emanuelle 1. ¡Y casi tan perverso como él! Me enseñó cosas increíbles: orales, manuales, con artefactos raros. El tercero fue un muchachito, primo de una vecina. Con él, me sentí una profesora. Y el cuarto, bueno…

La pareja se queda en silencio.

Pero ¿qué ha sucedido realmente?

Los dos se miran. Han perdido naturalidad. Arturo está muy incómodo. Mara traga saliva.

– ¿Acaso falló la fórmula?.

– Arturo termina asistiendo. Falló, dice lacónicamente.

Mara se suelta entonces, como un torrente.

– Falló por todos lados. Sin que lo advirtiéramos, de repente empezamos a pensar en nosotros. Nuestro matrimonio seguía siendo bueno. Bueno, en lo sexual, en lo afectivo, en lo tierno, en nuestras relaciones con los niños. Teníamos confianza mutua, seguridad. Pero, no sé…. Nos pasó, yo creo, eso del cántaro que va muchas veces al agua y se termina por romper.

Arturo toma la palabra:

– Uno no percibe la realidad -dice-. Todo era tan divertido y tan estimulante. Sin embargo, en el fondo era como si nos hubiéramos perdido el respeto. Y es importante que te lo digamos de una vez por todas. Lo que sucede es que Mara y yo rompimos nuestro compromiso.

¿Lo rompieron?

Sí, lo rompimos. Casi al mismo tiempo, Mara y yo nos interesamos demasiado en otras personas. La verdad es que hoy estamos involucrados y con pocas opciones de mantener lo nuestro…

Simplemente Mara y Arturo encontraron nuevas parejas. Drama definitivo para un estilo sexual que pretende quebrar con lo malo de la pareja monogámica a través de una contradicción sustancial.

Por fortuna, ambos se encuentran todavía con posibilidades de remediar la situación. Entre ellos hay amor, lucidez en torno a las circunstancias, decisión para enfrentar el problema. Se quieren, aún son leales, disfrutan y valoran la mutua convivencia y, a pesar de los deslices tolerados, se sienten todavía unidos.

Perjudican su situación esos enamoramientos que aparecieron con el adulterio consentido. Superarlos será para ellos una tarea de elección y, en última instancia, la oportunidad de empezar otra vez. Desmintiendo los criterios escépticos, la fuerza de la pareja como unidad se proyecta vigorosamente. Ya no importa si vale o no el sexo deportivo, como opción para los individuos, o de resolver hasta qué punto el matrimonio es una institución obsoleta. Las experiencias de los últimos años muestran, con notable claridad, que los remedios para fortalecer el matrimonio con adulterios consentidos terminan en la frustración. El swinging o swapping -intercambio de parejas-, tan en boga hace una década, derivó, en un altísimo porcentaje, en la formación de nuevas parejas monogámicas. Los matrimonios comunitarios al estilo hippie acabaron en múltiples y sólidas parejas monogámicas. Los matrimonios abiertos, como el de Arturo y Mara, culminaron con divorcios porque en el vagabundeo adúltero tarde o temprano dieron con el alma gemela que los incitaría otra vez a la monogamia.

En consecuencia, la pareja se impone. Y, al parecer, su única salida consiste en renovarse sin llegar al rompimiento; o de plano liquidarse sin experimentos novedosos. Propiciar los “encuentros cercanos” con terceros aun con la mejor buena voluntad no resulta conveniente.

Es innegable, desde luego, que el matrimonio abierto es una opción sexual disponible, como lo es también el viejo adulterio. Que sea práctico, es el problema. A nosotros, en lo personal, no nos ha convencido del todo.

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