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Esa noche, con su lengua ávida buscó las zonas más íntimas de Pedro, liberándolo de prejuicios y temores

– ¿Y podremos empezar de nuevo?- preguntó.

Ella revolvió la cucharilla en la taza de café y dijo:

– La verdad, no sé.

Estaban en un pequeño restaurante de la zona comercial. Hacía calor. El le tomó la mano.

– ¿Fue duro, no?

Ella asintió y, por primera vez, en varios meses, recuperó de nuevo la historia completa, como si fuera una película donde cada personaje hacía su papel de acuerdo a ese guión tan memorizado.

Pedro y Catalina estaban muy contentos de haber encontrado una casa tan bonita para cambiarse. Desde que se casaron, tres años antes, vivían con los padres de él y ahora, por fin, llegaban a la plena independencia.

El lugar era paradisíaco. Se situaba prácticamente en el centro de la ciudad, pero en un sorprendente rincón, oasis de vegetación y tranquilidad. La casa la descubrieron por casualidad, un domingo que paseaban sin rumbo fijo. Se emplazaba dentro de un condominio, flanqueada por otras cinco casas, en un espacio circular, con un hermoso jardín, al centro del cual brillaba el agua fresca de una gran alberca azul.

Y todo fue como un sueño: hablaron con el encargado, cerraron el trato y seis días después se cambiaron, instalándose a pleno gusto. En el condominio sólo cuatro de las casas estaban habitadas permanentemente. Pronto Pedro y Catalina empezarían a conocer y frecuentar a los vecinos y a enterarse de sus peculiaridades. Vivían allí cuatro parejas jóvenes: Irene y Carlos, Noemí y Alberto, que tenían un bebé; Carmen y Sergio, y Marta y Luis. Eran amables, alegres, despreocupados y hospitalarios, tanto que, a poco de llegar, les ofrecieron una fiesta de recepción, en la que estuvieron presentes otras parejas que sólo venían los fines de semana, y amigos de algunos de ellos.

En esa fiesta no ocurrió nada especial: comieron, bebieron, bailaron, nadaron y, sobre todo, profundizaron los nacientes lazos de amistad. Así transcurrieron las siguientes semanas. Inevitablemente, después de aquella fiesta de convivencia, comenzaron a visitarse, a reunirse de manera informal y a comer muy a menudo juntos.

Fue María, una de las chicas, la que le hizo a Catalina un adelanto enigmático de lo que ahí sucedía. Le dijo:

– Aquí queremos compartirlo todo, incluso lo que entre burgueses no se comparte.

Y, a las insistentes preguntas de Catalina, acabó contándole todo:

– Mira – reveló. Lo que ocurre es que aquí hacemos cambios de pareja. Creemos que eso nos ayuda en nuestros matrimonios. Hasta ahora todo ha ido muy bien y nadie se queja. Vivimos el sexo fabulosamente, seguimos con nuestras respectivas parejas y cada día aprendemos más sobre el erotismo.

Catalina quedó estupefacta.

De un golpe comprendió muchas cosas extrañas que había percibido: miradas cómplices entre sus vecinos, gestos clandestinos y caricias nada furtivas y bastante audaces entre los integrantes del grupo.

Se lo contó a Pedro y ambos se divirtieron mucho, superado ya el escándalo inicial. Muy pronto, llegaron inclusive a conversar con sus vecinos acerca de la situación. Muy pronto, también, éstos empezaron a incitarlos a participar.

En un principio, su rechazo fue tajante. No obstante, al cabo de un tiempo, la curiosidad había prendido en ellos, sobre todo, porque impedidos de participar, solían ser testigos de fiestas a las que no eran invitados y donde, suponían, se concretaban los cambios.

Poco a poco, las barreras se rompieron. Gradualmente se fueron haciendo más tolerantes y acabaron pensando que la experiencia podía ser útil para sus relaciones, que si bien no habían decaído aún, tendían a volverse rutinarias.

Un día, después de algunos meses, aceptaron una invitación de María para un evento en casa de Carmen y Sergio. Les dijeron que, por ellos, el plato fuerte sería el juego de la llave.

– Es un juego muy pícaro – comentó la anfitriona y sonrió enigmática..

La fiesta se inició temprano el día planeado. Comenzó con un asado al aire libre y continuó con baile. A la medianoche estaba en todo su esplendor. La música era estupenda, corría el licor y todos se veían cómodos y contentos.

María anunció entonces el juego de la llave. Todos se congregaron en derredor suyo.

Noemí le explicó a Pedro y Catalina en qué consistía el juego: simplemente se reunían las llaves de las casas de los asistentes en una bolsa, se revolvían y los varones las sacaban por turno. La llave escogida determinaba la pareja que les correspondería esa noche a cada quién.

A Sergio, el primero en jugar, le tocó la llave de la casa de Irene y Carlos. A Carlos le correspondió la de la sensual Noemí. Y así fueron sorteándose. Cuando Pedro escogió la llave que le asignaba a María como pareja, Catalina estuvo a punto de desistir. Sin embargo, se contuvo. En ese momento, a gritos, alguien pronunció su nombre. Le tocaría Alberto.

Bailaron todavía un poco más y, cerca de las dos de la madrugada, las nuevas parejas que el azar creó comenzaron a abandonar la fiesta. A Catalina no le desagradaba Alberto. Era un muchacho alto, musculoso, tostado por el sol. Y se dejó llevar. Antes de salir, vio cómo Pedro y María se besaban ardientemente. Pero no le importó, porque el alcohol que había ingerido en abundancia, la ayudó a controlar sus celos y a aceptar la experiencia con todas sus implicaciones.

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Catalina llevó a Alberto hasta la recámara. Le ofreció una copa y puso música. Dulcemente le preguntó si quería ver una película de Hamilton, el famoso fotógrafo norteamericano. El accedió. La película era de un suave erotismo, con largas secuencias en que jóvenes muchachas acariciaban sus cuerpos al aire libre, en el marco de un paisaje paradisíaco.

Recostada en los cojines de la cama, Catalina recibió con naturalidad las expertas caricias de Alberto y, casi sin transición, se sintió ansiosa de ir más lejos. La película apenas comenzaba cuando ambos ya estaban completamente desnudos, entregados a una cópula febril.

Después, continuaron haciendo el amor toda la noche, en la que Catalina materializó todas sus fantasías, especialmente las orales, que Pedro solía rechazar. Ahíta de sexo, se durmió al amanecer.

Paralelamente, Pedro había gozado de la explosiva personalidad de María que era una mujer absolutamente liberada y curiosa. Esa noche, con su lengua ávida buscó las zonas más íntimas de Pedro, liberándolo de prejuicios y temores. Acabaron en el jacuzzi, ensayando extravagantes posiciones hindúes. No durmieron porque, muy tarde, Pedro experimentó algo diferente, cuando ella, con un enorme pene vibrador, lo penetró analmente.

A las ocho, desayunaban en el amplio comedor de la casa y una hora después él volvía al hogar. Su reencuentro con Catalina fue tranquilo, después de un breve momento de desconcierto. Conversaron la situación y descubrieron que se sentían bien, sin culpas ni remordimientos. Por delicadeza, no comentaron lo hecho ni sus detalles, pero dieron por superado el incidente. ¿Repetirían la experiencia? Quedaron de acuerdo en que la aceptarían siempre y cuando ambos tuvieran una gran disposición para ello y estuvieran seguros que lo de esa noche no dañó su relación de pareja.

En los días siguientes, Catalina y Pedro vivieron una especie de renacimiento de la actividad sexual conyugal que, ahora, se enriquecía con nuevas prácticas y nuevas exploraciones. Eso los decidió a aceptar una nueva invitación que, para ellos, fue más agradable que la anterior. A Catalina le correspondió con Sergio, un hombre maravillosamente dotado por la naturaleza, muy seductor. Pedro disfrutó de la compañía de Irene y de enervantes juegos sadomasoquistas que la mujer dominaba como una maestra.

Seis meses más tarde la pareja había completado el ciclo con todos los vecinos, en gratas experiencias heterosexuales y bisexuales. Pero comenzaron a suceder cosas perturbadoras:

“Una tarde, Catalina llegó a casa antes de la hora usual y se encontró con Pedro y Alberto entregados a una felación mutua y febril. Hubo recriminaciones y llantos. Y, luego, algo peor: el médico le informó a Catalina que estaba embarazada.”

Para la pareja, la noticia fue como un balde de agua fría. De un golpe, toda su tranquilidad se desvanecía. Ahora, las dudas sobre la paternidad aparecían como el castigo de esas extravagantes conductas.

Pero no fue todo, porque pasaron otras cosas en el condominio. Carlos se enamoró de María y huyó con ella. Noemí intento suicidarse, enamorada sin remedio de Sergio. Alberto y Luis se liaron a golpes por Irene y acabaron sometidos a un proceso judicial, que los arruinó. De un golpe, todo ese mundo de experimentaciones se empezó a derrumbar.

En noviembre, a menos de un año de haber llegado al condominio, Pedro y Catalina, cada uno por su lado, regresaron a casa de sus respectivos padres. Ella, con un hijo. El, con recuerdos.

No se veían desde entonces.

– ¿Entonces? – inquirió él- ¿Tendremos esperanzas?

Ella bebió un sorbo de café.

La voz de Luis Miguel recordaba el viejo bolero.

“Amor, amor, mucho amor”.

Miró al hombre a los ojos. Le pareció ver una lágrima allí.

– No sé – dijo.

Hacía más calor y el bullicio de la calle se iba apoderando del local semi vacío.

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Pues les contaré una corta que me sucedió hace poco.

En la oficina tengo una compañera que está muy buena, y ella lo sabe y saca el mejor provecho de ello. Es una mujer provocadora, sube las escaleras cuando sabe que estamos mirando hacia arriba. Es más bien putita, pues tiene su fama y bien ganada.

Imagínense que le conté que me iba a casar, y ella se ofreció a darme la despedida en privado. Nos pusimos varias citas pero era imposible encontrarnos sin que en la oficina se dieran cuenta. Ya había perdido la esperanza de ver ese culote montado encima mío.

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La semana pasada ya se habían ido casi todos cuando un amigo que sabía que yo le tenía unas ganas tremendas me dijo que estaba sola en el segundo piso. Sin demora dejé todo y subí de inmediato. Cuando la encontré bajando las escaleras, no la dejé pasar. Ella, entre la pena y las ganas, no se opuso.

Nos metimos a la cafetería y empecé a besarla y a rozarle mi pene. Sentía como gemía y me decía que lo quería chupar. Cuando me di cuenta ya lo tenía en la boca. Sin mentirles les puedo decir que es una puta mamando. Me hizo subir al cielo y volver a bajar.

Cuando le subí la falda (porque era más fácil subirla que bajarla por esas caderas) se sentó en una mesa que había allí y abrió esas hermosas piernas. Cuando vi esa vagina abriéndose, toda rasuradita, yo ya estaba goteando de placer. Empecé a rozarla con la cabeza de mi pene. Esa mujer lo quería todo adentro. Me agarró de las nalgas y se lo metió con un ansia increíble. Cuando bajamos estaba el esposo esperando en la puerta, se despidió y se fue.

Definitivamente es la mejor despedida de soltero de que he sabido, y la organizó ella solita.

Donnatto

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Yo tenía 18 años y mi hermanito menor tenía 4. Mis padres daban clases en la Universidad, y tenían variadas actividades. Al finalizar el invierno, tendrían que participar en un seminario que se realizaría en Buenos Aires, y regresarían en 2 semanas. Mi hermano y yo íbamos a clases por la tarde. Y mi tía nos recogería en el colegio y estaría en casa con nosotros hasta las 21:00.

Mis padres habían hablado con una Chica de la universidad que estudiaba Bellas Artes, ella vivía a solo 3 manzanas de casa, y se quedaría todas las noches de 21:00 hasta las 9:00. Ya que algunos días entraba a clases a las 10.00.
La chica, Iris, tenía 24 años y muy buena figura. Nuestra casa era bastante grande, tenía 2 pisos y las habitaciones eran bastante amplias. Las tareas que debía hacer Iris se relacionaban con mi hermano, acostarlo, contarle cuentos, darnos la cena, bañarlo, etc. Iris debía bañar a mi hermano, para tranquilizarlo y hacerlo entrar en confianza, participe en el primer baño así mi hermano no puso resistencia. Ella me dijo, tu toma la ducha y mojas a tu hermano cuando te lo diga. Mi hermano entró en la bañera, se quedó completamente desnudo, era su hora del baño. Iris me pidió que lo mojara, y así lo hice. Ella tomó el jabón líquido, y empezó a pasarlo por el cuerpo de mi hermano.

Yo me dedicaba a contemplar a Iris, ya que era muy bella y bien formada. Ella al parecer se dio cuenta, y se colocaba de manera que marcara sus pechos y su lindo trasero. Mi hermanito, aún inocente dejaba que ella lo bañara. Las manos de Iris agarraron el pene de Felipe, y lo enjabonaron completo. Ya! Dijo ella, enjuaga a tu hermano, yo lo secaré. Así pasaban los días, mientras Iris me calentaba más.

La habitación que ocupaba Iris, era el cuarto de mi hermano mayor, que había dejado la casa unos 3 años atrás, cuando se casó. El vestidor del cuarto era muy grande, y yo muchas veces me escondí adentro. Una noche, mientras mi hermanito miraba la tele e Iris dibujaba en la sala, me despedí diciendo que me iba a acostar.

Yo sabía que Iris tenía orden de acostar a mi hermano a las 11:00, así que una noche, partí rápidamente y coloqué en mi cama los cojines simulando que estaba durmiendo. Decidí entonces, comenzar a espiar a Iris desde el vestidor. Adentro de el había una especie de banca pequeña, donde me senté a esperar, abrí un poco la puerta corredera esperando que Iris se acostara. Al poco tiempo entro en la habitación. Se sentó en el borde de la cama, desató sus zapatillas y las sacó, luego sus blancos calcetines. Se puso de pie, y soltó los botones de su pantalones, bajándolos muy lentamente. Tenía un culo precioso, y su pequeña ropa interior se perdía entre sus carnes. Se sacó su suéter quedando en una camisa de cuadros. Quitó uno a uno los 9 botones de su camisa, cayendo al suelo la camisa. Quedó en ropa interior, y se dispuso a soltar su sostén.
Sus pechos parecieron no notar que el sostén no estaba, pues seguían allí, redondos firmes y grandes. Tomó una camiseta blanca y se la puso. Sus pezones pronto se endurecieron. Abrió la cama y se acostó, al poco tiempo se quedó dormida.
Un día viernes, Iris invitó a Raúl, su novio. A las 11:00 ella acostó a mi hermano y yo me fui a mi cuarto. Acomodé los cojines y me escondí nuevamente en el vestidor para ver como Iris se acostaba. Pasaron como 45 minutos, cuando entró Iris y Raúl al cuarto. Cerraron la puerta y empezaron a besarse y abrazarse apasionadamente.

Iris le dijo; bájate tu pantalón, y los dos se desnudaron, quedaron en ropa interior de la cintura para abajo. En eso Iris, le arrancó el calzoncillo a Raúl, quedando al aire su portentoso pene. Iris se lo metió a la boca mientras Raúl le tomaba la cabeza. No tardó en triplicar el tamaño. Iris quería comerse su miembro.

Raúl miraba al techo, mientras literalmente cogía la cabeza de Iris. Raúl apretó la cabeza hasta meter toda su verga en la garganta de Iris, las tetas se balanceaban al ritmo de la mamada. Iris necesitaba respirar, así que se sacó la verga y le dijo que parara un segundo. Raúl que estaba muy caliente, la tomó sin previo aviso y la puso a cuatro patas, corrió el tanga a un lado y se lo empezó a meter a lo perrito. La embutió como un loco, sacó la verga y le llenó la espalda y el culo de semen. Ella le dijo que era un cabrón por que había llegado muy rápido, apenas había quedado satisfecha, otras veces hacían durar más la relación. En ese minuto yo también había llegado. Él se vistió y le dijo que tenía que salir, así que la vería mañana. Ella con un rostro de molestia, se vistió. Él se fue. Pasaron unos minutos, y yo sin poder controlarlo, estornude. Ella, sin dudar corrió el parabán del vestidor y me sorprendió.

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¿Qué haces ahí? ¿desde cuando que te escondes en mi habitación? Yo no sabía que decir.
Le contaré a tu madre lo que hiciste. Dijo Iris. Yo también le diré todo, le contesté. Ella sabía que yo no perdería tanto como ella. Tu no vas a contar nada. O yo …….. O tu que?………. Vamos a hacer un trato dijo ella. Yo haré lo que tu quieras si tu no dices nada. Lo que yo quiera?…… (yo pensé en todas mis fantasías, pero sabía que ella no aguantaría ninguna propuesta que tuviera que ver con sexo.)

Quiero que hagas todo lo que le haces a mi hermanito desde que le das de comer hasta que lo acuestas. Ok, dijo ella. Me parece bien. Bueno, ve a dormir me dijo. Mi habitación quedaba a lado de ella.
Al otro día tras acostar a mi hermano. Me dijo, ok, allá vamos. Me dió de comer como a un niño. Cucharada por cucharada. Una vez que comimos, me dijo: Ya a bañarte!! Empezó por sacarme la ropa. Los zapatos, los calcetines, la camiseta, el pantalón. Hasta que me quedé en calzoncillos. Yo estaba bastante nervioso, pero ella no dudó y bajó mi slip. Me metió en la ducha y abrí la llave de agua, mojándome por completo. Cerró la llave y me empezó a jabonar. Sus manos eran muy suaves. Empezó por lavar mi cabeza, y bajo por la espalda. Luego me dio la vuelta y empezó a lavar mi cara. Ella tarareaba una melodía mientras me bañaba. Hasta que llegó el turno de mi pene. Yo tenía un control bastante fuerte sobre mi pene. A mis 18 años media 19 cm. Y estaba sin erección. Ella lo miró, colocó jabón en sus manos y lo tomó. Mi control se hizo inexistente, y mi pene comenzó a hincharse de placer. Ella que sabía como excitarme, tocó con mucha suavidad mi miembro. Apretándolo.

La muy sinvergüenza ponía una cara de caliente mientras me enjabonaba…. No se si ella tenía las manos pequeñas o yo tenía mi pene muy grande, pero lo agarraba a dos manos. En eso, cogió el tronco de mi pene con una mano, y con la otra empezó a bajarme la piel de mi verga, dejando el glande descubierto. Yo estaba entre nervioso y excitado, me venían unos escalofríos que me recorrían el cuerpo.

Lo soltó y me duchó. Después me secó por completo. Vamos a tu habitación me dijo. Y en mi cama me empezó a poner el pijama. Yo aún seguía con mi pene erecto. Abrió las sabanas y me acostó. Yo aún no tenía experiencia sexual, todo lo que sabía lo había visto en revistas y películas. Una vez que Iris se fue comencé a masturbarme. Estaba ido dentro de mi tarea cuando Iris entró a mi habitación y encendió la luz, vestía un camisón largo, y se notaba que no llevaba nada mas puesto. ¿Qué estas haciendo? Me preguntó. Estoy masturbándome le dije. Ya veo, dijo en un tono excitante. ¿Te puedo mirar mientras lo haces?. Claro, le dije.

Continué con mi tarea. Podía notar como se calentaba mientras yo me pajeaba. ¿en quien piensas? Preguntó ella. En ti cuando estabas con Raúl, y cuando me enjabonaste mi pene. ¡¡Ah!!. Dijo ella. En eso sin mayor aviso eyaculé, contorneando mi cuerpo. Parece que estuvo bueno dijo ella. Si, respondí. Yo había quedado lleno de semen en mi vientre. Iris fue al baño, trajo papel higiénico y me limpió. Ya te puedes dormir. Dijo ella. Quédate conmigo un rato Iris? (yo sabía que estaba muy caliente). Bueno respondió, pero sólo unos minutos.

Iris apagó la luz. Y se metió en la cama. Se colocó a mi espalda, pegando su cuerpo con el mío, y me abrazó por la cintura. Sentí sus tetas en mi espalda y su respiración en la nuca. Yo estaba en calzoncillos. Y la situación me comenzó a excitar.. El calor que se generó era increíble, así que Iris sin dudar, levantó las sabanas, se sacó el camisón, y se volvió a tapar. Yo podía sentir el calor de sus pechos y sus pezones tocando en mi espalda. La respiración de Iris se aceleró, yo me hacía el dormido, pero ambos sabíamos que estábamos despiertos. La mano de Iris comenzó a acariciar mi pecho, subiendo desde el vientre hasta mi cuello. Paro en mis tetillas y las empezó a frotar.

Notaba como la aceleración de su respiración y del masajeo de sus manos le ocasionaban una calentura terrible. Sin previo aviso, destapó las sabanas, dejando a la vista sus hermosas tetas. Se colocó sobre mi, (como a horcajadas pero sin tocarme) y sus labios se fueron directo a mis tetillas. Así estuvo bastante rato. Luego me dijo que abriera mi boca y sacara mi lengua. Colocó una de sus tetas sobre mi boca. ¡no chupes me dijo! Y se dedicó a frotar sus pezones contra mi lengua. Así cambio de teta como tres veces. Luego se puso de rodillas a la altura de mis tobillos, me sacó el calzoncillo y me dijo que me relajara. Mi pene estaba erecto, ya no aguantaba más. Sabía que si no araba me correría de nuevo.
Tomo mi miembro, le bajó el prepucio, dejando a la vista mi hinchado glande, y con la punta de la lengua comenzó a humedecerlo. ¿te gusta? Preguntó ella.
Siiiiii, me encanta dije. No alcance a terminar esa frase cuando se metió la totalidad de mi pene en la garganta. Mi cuerpo se arqueaba de placer. Ella me agarraba de las nalgas y mamaba mi miembro completo. Succionaba como si su vida dependiera de ello. ¿eres virgen? Me preguntó. Si respondí. Eres el primer chico al que voy a desvirgar, dijo ella. A modo de juego, muy excitante, mientras me comía mi hermosa polla puso un preservativo rojizo. Mmmmmmm
Se recostó luego sobre la cama, de espaldas, y abrió las piernas. Se manoseo su sexo y me dijo. Ok mételo! Yo me puse sobre ella, e introduje mi pene en su vagina. (entra con confianza dijo ella) y lentamente lo metí hasta el fondo, y lo saqué. Lo metía y sacaba. La sensación de su vagina húmeda apretando mi rabo me producía una excitación que jamás había experimentado. Iris me tomó por las nalgas y comenzó a dirigir el ritmo de la penetración. (dale cariño, decía ella, dale. Así, eso bombea, bombea…..)

Yo estaba a cien, y se lo metía como un loco, ella se mordía los labios y gemía mientras su cuerpo se contorneaba. Sus tetas se movían al ritmo de mis embates. En eso ella dijo; ahora me toca a mi. Me tendió sobre la cama, sentándose a horcajadas sobre mi pene. Empezó a cabalgarme, moviendo sus caderas hacia atrás y hacia delante, en un vaivén de placer. Luego pasó a subir y bajar. Mientras yo manoseaba y chupaba sus tetas. (como te estoy gozando amor, decía Iris. Siiiiii, estás rico) En eso yo tuve mi primer aviso de eyaculación, le avise sin dudar, pero ella parecía estar ida. Ya no aguanto más le dije, me voy a correr!!! Ella me dijo que no me preocupara, que llegara tranquilo pues el preservativo era un método seguro.
Así fue como tuve mi primera relación sexual. Corriéndome por primera vez con una mujer, y vaya que mujer….Ella se acostó sobre mi, y me giró. Quedando a su lado, exhausto. Me quedé a su lado como 10 minutos hasta que mi pene quedó blando. Me quitó el condón y luego se puso a jugar con él y con mi semen, me pareció pensar que en pocos minutos comenzaría la fiesta de nuevo, mis fantasías se iban a hacer de nuevo realidad. Me dio un beso en la boca, en la puntita de mi falo, seguidamente con un tono irónico me dijo… dulces sueños…
Espero os guste y…..podáis disfrutarla.

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Carmen y yo estábamos en Isla Margarita pasando unos días de vacaciones. Carmen tiene treinta y seis y yo veintiocho años. Nuestra vida matrimonial había caído un poco en una monotonía sin la intensidad de los primeros años. Yo llevaba un cierto tiempo diciéndole a Carmen que teníamos que hacer algo para cambiar la rutina. Yo pensaba que no me hacia ni caso, hasta que una noche después de cenar me dijo que había hablado con mi secretaria y reservado diez días de vacaciones. Yo me quede un poco asombrado, Carmen no suele hacer cosas a la ligera.

Llegamos al hotel pasadas las ocho de la tarde, nada mas nos dio tiempo de deshacer las maletas, bajar al bar tomar unas margaritas, cenar y subir a dormir (eran mas de las dos de la madrugada hora española). Por la mañana después de desayunar nos fuimos a la playa. La playa era enorme, de arena blanca y fina, con hamacas, tumbonas, palmeras y demás necesidades. El hotel tenia varios bares, dos piscinas todo ello dentro de una especie de jardín “tropical” con aves exóticas. En conjunto un pequeño paraíso artificial.

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Carmen es alta, con pelo castaño claro, mas bien delgada, con un tipo de modelo de alta costura, senos pequeños pero duros, cintura muy marcada, culito pequeño y piernas largas y bien torneadas. Esa mañana se había puesto un bikini muy atrevido. El sujetador eran dos minúsculos triángulos que, a duras penas, tapaban los pezones y algo de las areolas. Las braguitas eran un triángulo microscópico por delante, con una estrecha cinta por detrás. Todo ello de un llamativo azul fluorescente.

En la playa la mayoría de las mujeres iban top-less de modo que Carmen, en realidad, era de las mas recatadas. Carmen se echó en la arena, yo me senté a su lado y, sin darme cuenta, miraba a las magnificas tías que paseaban moviendo sus pechos desnudos. Al cabo de un rato Carmen dijo:
– Si vas a estar mirando las tetas de todas las tías que pasan, mas vale que yo me quite mi sujetador, se quito el sujetador y se quedo con los senos al aire.

cuentos eróticosNo sé cuanto tiempo había transcurrido cuando al levantar los ojos del libro vi una mujer alta, con las prietas tetas al aire, que se acercaba a mi contoneando su recogido trasero.
– Juan, ¿quieres que te la chupe aquí o prefieres subir a la habitación?

– Coño Carmen. ¿Que te han puesto en el café? Nunca te he visto en público con las tetas al aire y ahora, encima hablas de ¡chupármela en medio de la playa!
– Bueno, yo pensaba que querías un cambio en nuestras vidas. Pero si prefieres.. me pongo una mantilla y me voy a la iglesia a rezar un rosario.
– No, no, déjate de leches y vamos a la habitación.

Al llegar a la habitación me di cuenta de que la Carmen de Margarita no era la Carmen que yo conocía, que me la habían cambiado. Nada mas entrar de un tirón me quito el bañador, se arrodilló y sin mas preámbulos empezó a chupármela. No solo chupándola, pero metiéndola y sacándola de su boca, mientras la meneaba con su mano y todo ello con una intensidad y entusiasmo muy lejos de lo que acostumbraba. Yo no estaba seguro de no estar alucinando. Para aumentar mis dudas empezó a acariciarme el escroto y lentamente continuar las caricias hacia mi culo. Con gran suavidad y destreza sus caricias viajaban de mi escroto, al culo y del culo al escroto. Todo esto mientras su boca trataba de competir con las más modernas y eficaces aspiradoras eléctricas. Sin comentario sacó mi polla de su boca y mientras continuaba meneándola con una mano, con la otra metía uno de mis huevos en su boca y lo chupaba con fruición. Otra vez metió la polla en la boca, empezó con las caricias perineales y sin aviso me perforó el culo con un dedo. Esto Carmen no lo había hecho nunca, yo puse ojos como platos. Ella continuó metiendo y sacando el dedo en mi culo mientras continuaba tocando la flauta con el máximo entusiasmo.
– Carmen, Carmen ¡qué me corro!

Su único comentario fue acelerar los movimientos de su cabeza y dedo. Yo sin poder contenerme explote, eyaculando en su boca. Ella continuaba chupando y tragando toda mi leche. Tuve que pedirle que parara porque no podía más.
– Carmen, nunca me la habías chupado así, no te recuerdo sexualmente tan agresiva ni cuando éramos novios. ¿Que te ha pasado?
– A mi no me ha pasado, ni me pasa nada, yo creía que eras tu quien quería un cambio.
– No Carmen, que no me estoy quejando, ¡al contrario!
– Anda calla, cógete algo del minibar, siéntate en el sofá y espera un poco que voy un momento al cuarto de baño.

Me prepare una ginebra con tónica y me senté en el sillón, en pelotas, preguntándome si Carmen se había vuelto loca, si era yo quien estaba perdiendo los tornillos o si era la proximidad al ecuador que nos afectaba a los dos. La apertura de la puerta del baño me arrancó de mis cogitaciones. Allí estaba Carmen, bueno, supuse que era Carmen, salía con la cara muy maquillada, con las tetas al aire, con la braguita azul fluorescente del bikini, unas medias negras de malla, zapatos negros de tacón altísimo, con un abanico en la mano y mientras lentamente se contoneaba andando hacia mí, dijo:
– Buenos días Señor, ¿había llamado usted pidiendo un servicio?
Uy!!! -dijo, mirando a mi picha un poco alicaída- me parece que no esta usted en condiciones de servicio. Anda, menéatela un poco mientras yo me exhibo.

Con el mayor desparpajo, paseó contoneándose por la habitación, después se paró enfrente de mí y con los gestos más soeces que yo había visto en mi vida empezó a acariciarse los pezones lanzándome besos, después se metió un dedo en su vagina y empezó a mover su pelvis de delante atrás. Estoy seguro de que muchas putas se hubieran sonrojado viendo su lascivia. Bueno, no sé si las putas se sonrojarían o no, pero sin ninguna duda había conseguido la atención de mi picha que estaba otra vez en posición de firmes.
– Anda chato, ven a la cama y échame un polvo.
¡Que coño cama!

Me levante, la abracé, la besé en la boca con desesperación, después besé sus respingonas tetas y poniéndome detrás de ella, la incliné hacia el sillón, moví a un lado la cinta del bikini y la ensarte con gran entusiasmo.
Si, Juan, si, métela hasta dentro.
La muy cachonda no solo me animaba y jaleaba sino que culeaba contra mí aumentando la fricción al máximo. Yo mientras tanto le había cogido los pechos y los estrujaba entre mis dedos. No sé si eran las medias de malla, la lascivia y desparpajo que había demostrado antes, su entusiástico culeo o que; pero el hecho es que yo estaba follando con un ánimo y energía que no recordaba desde hacia mucho tiempo. Al parecer no estaba solo en mi excitación pues Carmen decía:
– Sigue, sigue, fóllame toda, sácamela por la boca, dale, ¡dale cabrón!
Seguimos durante un buen rato, fue un polvo para recordar siempre. Yo no sabía lo que me esperaba todavía hoy.

Después, al cabo de un rato, bajamos a tomarnos unos cubalibres a la terracita del hotel…
Mientras encendía mi puro, una voz masculina dijo:
Carmen, que bueno de verte de nuevo y ¿qué le hubo?
Me volví y vi a una pareja, él estaba besando a Carmen en las mejillas. Carmen dijo:
– Juan, mira estos son unos amigos que conocí esta tarde en la playa: Lupe, Matilde este es Juan, mi esposo.
Una vez pasadas las formalidades les mire con detenimiento.

Lupe, era algo mas alto que yo, delgado, muscular, bien parecido, de rasgos aquilinos con claro mestizaje indio, tez oscura y fino bigote negro, quizás en los cuarenta y cinco.
Matilde… ¡Caray con Matilde! Matilde era una mulata, de media estatura, larga melena de un negro intenso, casi azulado, que haría palidecer de envidia a un cuervo. Tez, café con leche o, como dirían los franceses, café ¡olé! Grandes ojos azabache, nariz fina y labios carnosos. Llevaba un vestido de seda negra estampado con flores rojas. El vestido debía estar cosido con hilo de la mejor calidad, porque a pesar de como sus carnes empujaban contra ellas, ninguna costura cedía lo mas mínimo. Y ¡que carnes las que empujaban! Aún sin tocar (¡quien pudiera!) se notaba que no era gorda no, que las carnes eran duras y prietas. Los abundantes pechos empujaban la seda y a juzgar por como se marcaban los pezones no debía llevar sujetador. Una cintura de proverbial avispa daba paso a unas caderas con un trasero respingón, de rompe y rasga. El vestido largo hasta el suelo, estaba abierto a un lado mostrando un muslazo enloquecedor y dejando vislumbrar unas bragas también de seda pero de un rojo oscuro. En conjunto, Matilde exudaba sensualidad por cada poro de su cuerpo. También debía haber pasado los cuarenta, pero ¡que cuarenta!

– Cariño, parece que Matilde y Lupe te caen muy bien y no sabes cuanto me alegro. Hablando con ellos esta tarde me di cuenta que son gente de mucho mundo y experiencia. Les conté de nuestros problemas y de tu… interés y me dijeron que ellos podían ayudarnos. Ellos tienen experiencia con sexo en grupo y van a pasar la noche con nosotros.
– Pues claro que me gustan, ¡si son magníficos!
– Vámonos a nuestra habitación, Juan. -dijo Carmen- y empezó a andar.
Cuando yo trataba de alcanzarla y reprocharle su comportamiento, Matilde se enlazo a uno de mis brazos, y asegurándose que lo restregaba bien contra su pecho empezó a susurrarme…todo esto lo decía, mientras tocaba las partes que mencionaba y se aseguraba que un máximo de su superficie corporal estaba en contacto directo e intimo con un máximo de la mía. Ni que decir tiene que, con aquella mujerona restregándose contra mí, sobándome donde quería y ronroneando como una gatita en mi oído, mientras daba lengüetazos en el lóbulo de mi oreja yo no estaba impasivo y mi “chile” estaba en posición de firmes. Cuando mire hacia delante vi que Lupe no perdía el tiempo, había agarrado a Carmen y llevaba una mano bien metida dentro del pantalón, claramente acariciando y estrujando el culo de mi esposa. Yo no sabia que decir ni que pensar, pero al poner mi mano encima de los pechos de Matilde, desaparecieron muchas de mis preocupaciones.

…Sin otro preámbulo, mientras su mano fluía con el ritmo de la danza, abrió una cremallera en el lado corto del vestido y con un solo gesto lo arrojo al suelo mientras continuaba sus o­ndulaciones. No llevaba mas que unos zapatos negros de alto tacón y las pequeñas bragas rojo oscuro que únicamente cubrían un mínimo de las poderosas y tentadoras ancas. Los exuberantes senos, enhiestos, con grandes y oscuras areolas, moviéndose con total libertad. Me levante del sillón y me abalance sobre ella como una fiera hambrienta. Manoseaba su cuerpo, besaba y mordía su boca y echaba a faltar múltiples manos y bocas para disfrutar de toda la generosa ofrenda: pechos, nalgas, muslos... Mientras yo la devoraba, Matilde me desnudo y poniéndose en cuclillas me la chupo.

¿Dónde y como me quieres? Corazón.
– En la cama Matilde, ¡échate en la cama!
Obediente ella se echó. Yo daba vueltas a su alrederor como un perro excitado, tocando, besando, estrujando, azotando, lamiendo…
– Poséeme mi amor, clávamela, rómpeme.
Yo no necesitaba que me animaran, así que abriendo sus incitadoras piernas contemple aquel sexo maravilloso de negros labios, casi completamente afeitado, únicamente, por encima, quedaba una línea horizontal de un rizado y negro vello. La hinque en aquel altar de Venus y el rosado interior lo encontré cálido, lubricado y hospitalario. Poniendo sus piernas sobre mis hombros bombee como un poseso. Los exuberantes pechos bailaban al son que yo marcaba, Matilde movía su pelvis en pequeños círculos, cogí ambos pechos con mis manos y los estrujaba.
Sin aguantar un segundo más lance mi fantasía al aire, siempre la tenía en mente y Carmen lo sabía.
-Matilde tu me darías tu culo, ¿de verdad? Me lo das?.
Yo no daba crédito a mis oídos.
¡Ay mi cielo! Si a mí me gusta mucho que me enculen, lo que pasa es que con el vergón de Lupe no se puede por atrás. ¿Cómo me quieres mi amor?
-Échate de espaldas en la cama.
Por fin embadurne mi verga, cogí sus muslos y los empuje sobre la cama dejando su sexo y culo gloriosamente expuestos, puse la punta del capullo en su ano y suavemente empuje.
– Si mi cielo así, enculame despacito. Dámela, dame tu verga.
Poco a poco se introdujo del todo, empecé a moverla poco apoco. Matilde empezó a culear. Los negros labios de su vulva abiertos, exponiendo el rosado y vacío interior, mi polla entrando y saliendo de su culo. ¡Aquello era gozar! De repente Matilde dijo:
– Ven aquí Carmencita, ven aquí que me coma tu conchita.
Carmen como si fuera algo que oyera todos los días se puso a horcajadas sobre la cara de Matilde y Matilde chupaba y relamía la “conchita” de mi mujer. Matilde cruzó sus piernas a mi espalda en poderoso abrazo, metiéndome aun más dentro de su culo. Carmen me dijo:
– ¡Chúpame las tetas, Juan chúpalas!
Yo me incline a chupar sus pechos, ella puso sus brazos por debajo de mis sobacos estrujándome contra su pecho.
Dejo que vosotros mismos le déis rienda suelta a la fantasía, seguro que sabéis terminarla muy bien…

relaciones eróticas

Me llamo Jessica y quiero contaros una experiencia que tuve hace poco y que no me he atrevido a contar ni a mi mejor amiga.

Desde hace algunos meses he salido con Sergio, un chico muy simpático y viciosillo. Aquella tarde llegué a su apartamento para darnos el preceptivo revolcón, pero me encontré con la sorpresa de que no estaba solo. Había una chica, morena y guapa, con él. No me gustó aquello pero no dije nada. Sergio nos presentó, ella se llamaba Carla y, al parecer, era una antigua amiga de sus tiempos de instituto. Nos sentamos y Carla sacó de su bolso un cigarro enorme que resultó ser de marihuana. Yo no quise probarlo, pero ellos fumaron durante un rato hasta acabar colocados, no paraban de bromear y yo estaba muy celosa.

fantasías eróticas, cuentosDe pronto Sergio propuso entre risas que nos fuéramos los tres a la cama. Yo creía que estaba de broma, pero vi que Carla se agitaba con la idea. Cambiamos de conversación y Carla sacó otro “cigarro” de su bolso. Me sentí un poco mareada con el humo y fui a echarme agua en la cara. Cuando volví del baño sufrí una gran impresión, la visión que me aguardaba no era para menos. Sergio se había levantado y, desde detrás de la silla de Carla, le cogía los senos con las manos mientras le mordisqueaba la oreja. Carla me miró con una sonrisa y me guiñó. Sentí deseos de matarlo, de irme de allí, de olvidar a ese cabrón que le metía mano a otra mujer delante de mis ojos. Pero no hice nada de eso, sólo miré en silencio como Sergio acariciaba y besaba a Carla, mientras sentía como mi sexo se humedecía. Reconozco que, pese a lo que mi mente decía, me excitaba mucho verles. Carla se levantó y, cogiéndome de la mano, tiró de Sergio y de mí hasta la habitación. No sabía lo que me esperaba.

Allí, se quitó el ajustado vestido que tenía y, en tanga, empezó a desnudarme, yo intenté que no me tocara, pero mi cuerpo no me respondía, estando cada vez más mojada. Sergio, que se desnudó completamente en dos segundos, se situó detrás de mí, restregaba su preciosa polla por mi culo mientras ayudaba a desnudarme. Aunque la situación me parecía intolerable, noté que me ponía muy caliente y me dejé desnudar por ambos, me tendieron en la cama y mientras Sergio me besaba los pechos, Carla, inesperadamente, llevó su cara a mi sexo y con la lengua en mi clítoris me hizo volverme loca, realmente sabía como chupar a una mujer. Sergio cambió de posición para metérsela a Carla. Así, yo estaba tendida boca arriba en la cama, Carla, a cuatro patas me chupaba el coño mirándome a los ojos y Sergio se follaba a Carla por atrás. Sentía cada embestida de su polla a través de Carla que lloraba de gusto pero no dejaba de chuparme. Aquello era lo más morboso que me había pasado nunca. Era el mejor baile de mi vida, que no olvidaría jamás.

Cuando Sergio se corrió cayó profundamente dormido. Carla se tendió a mi lado y me acariciaba los pechos suavemente mientras me hablaba de ella, de la vida y del sexo. Sus palabras eran muy dulces y sus caricias provocaban chispazos eléctricos en mi piel. Me llevó mi mano a sus pechos, duros y bien formados, tenía los pezones erectos y yo se los pellizqué mientras ella me besaba el cuello. Por fin nos besamos, abrazadas y desnudas en la cama, y fue el mejor beso de mi vida, es difícil explicarlo pero el contacto con sus labios y su lengua húmeda me puso de nuevo a cien por hora, sentir su pecho en mi mano mientras nos besábamos era algo nuevo y muy excitante para mí.

Le besé los pezones y llevé mi mano a su coño. La masturbé como a mi me gusta hacérmelo, en realidad era como si me estuviese masturbando yo. Después de unos cinco minutos besándole los pechos y masturbándola tuvo un orgasmo entre gritos. Sin descanso, me besó y se puso a masturbarme mientras nuestras lenguas se rozaban. Aquello era increíble. Tuve varios orgasmos, nada comparable a mis experiencias anteriores con Sergio y con otros hombres.

Nunca he vuelto a ver a Carla y dejé a Sergio poco después de esta experiencia. Nunca me han atraído las mujeres antes y ahora estoy hecha un lío, no dejo de olvidar a aquella maravillosa mujer. Me he acostado después con varios hombres pero ninguno me ha hecho olvidar la dulzura de Carla.

placer místico

En verano, las noches suelen ser bastante calurosas, pero no recordaba ninguna que lo hubiese sido tanto como aquella…

Como de costumbre, estando de vacaciones, me acostaba de madrugada, pero aquel día mis padres se habían marchado de casa, por ello, cené pronto y me fui a la cama. No podía dormir, así que puse la tele, pero no había nada interesante; después recordé que todavía no había escuchado el nuevo CD que me habían dejado la semana pasada, y lo puse en la mini cadena del lado de la cama, con un volumen muy suave. Cerré los ojos. Mi cabeza se empezó a llenar de imágenes, pensamientos eróticos, fantasías… Yo no quería, luchaba por ahuyentarlos con todas mis fuerzas, pero me dominaban. Y eso me gustaba.

De repente me puse a pensar en las últimas clases de literatura que dimos antes de acabar el curso. Habíamos hablado sobre la mística y ese tema me tenía intrigada. No se podía tratar sólo de la unión de un sacerdote con Dios. Lo que describían aquellos versos que leímos, era un placer inmenso, más allá de todo lo terrenal.

Entonces fue cuando decidí saciar mi sed. Iba a descubrir el secreto… Me levanté de la cama y salí a la calle. Levaba puesto el camisón de verano; no era mucho más que unos trozos de tela blanca que la brisa hacía serpentear dócilmente. No me importaba. A esas horas, nadie había por la calle ya, y al lugar que me dirigía, no estaba muy lejos. Finalmente llegué. La puerta estaba entreabierta y solo me hizo falta empujarla suavemente para poder entrar. Una vez dentro, me sorprendí. Nunca había visto algo tan bello. Todas las velas estaban ardiendo, y su cálida luminiscencia vislumbraba el difuso corredor con sus correspondientes bancos de madera a cada costado. De entre las sombras, asomaban figuras de santos crucificados y de vírgenes atormentadas por el sufrimiento. Todos aquellos rostros parecían observar todos y cada uno de los movimientos que hiciese. Yo contemplaba admirada aquel espectáculo cuando mis ojos se detuvieron al fondo del pasillo. Allí estaba el crucifijo mayor. Fui hacia él y me paré enfrente. Me senté sobre mis rodillas, en uno de los cojines que había y cerré los ojos.

Relatos y fantasías eróticas

No recuerdo cuanto tiempo estuve en aquella posición, pero aquella luz, aquel perfume a cera tan característico… la situación en si, me tenía en un estado de embriaguez tal, que no escuché como unos pasos se me acercaban por detrás, muy despacio. De repente alguien me rodeó el cuello con sus manos. No sabía que hacer, pero sus movimientos eran tan dulces que mantuve mis ojos cerrados… Alcé la cabeza y dejé que me acariciara suavemente. Él aceptó mi insinuación. Se acercó y se arrodilló detrás de mí. Sentí que le gustaba, que estaba igual de excitado que yo. Luego retrocedió y me empezó a quitar el vestido. Deslizó los tirantes por mis hombros y lo dejó caer lentamente. Sentí que sus manos ascendían por mi espalda y volvían a bajar, pero esta vez por delante. Su respiración se aceleraba y el calor de su aliento penetraba en mi nuca. Sus manos gozaban de la inocencia de todo adolescente que toca por primera vez a su chica. Con una ternura asombrosa separó suavemente mis piernas, y fue acariciando mis muslos hasta arriba. No me pude contener y de muy dentro de mi, salió un suspiro producido por esa gran ola de placer que acababa de recorrer todas y cada una de las partes de mi cuerpo.

Ya no podía más, nunca me había sentido de aquella forma. Despacio, me volteó, y me recostó sobre aquel cojín. Me besó. Sus manos sostenían mi rostro mientras nuestras lenguas se entrelazaban con tal pasión, que parecían fundirse.

Pero… que estaba haciendo, quien era él, que hacía allí conmigo… En aquellos momentos me venció la curiosidad y abrí los ojos. Él paró de besarme al instante. Nuestras miradas se cruzaron. Me sonrió. Ya no me importaba quién fuese. Para mí, era un ángel, mi ángel de la guarda.

Me dejó suavemente la cabeza sobre el cojín y descendió de nuevo. Sus dóciles masajes se alternaban con los roces de su lengua sobre mi pecho, mi vientre… me despojó de la poca ropa que me quedaba y, separándome las piernas de nuevo, empezó a jugar…

A partir de ese instante, el tiempo se detuvo y el mundo giró solo a nuestro alrededor. Aquella noche, todas mis fantasías empezaron a tomar forma, envueltas de caricias, juegos, jadeos… Descubrí un lado que no conocía de mi, me descubrí a mi misma, pero sobretodo comprendí algo que jamás podré olvidar; el placer de la mística.

erótico

Todo empezó un sábado por la noche. En medio de aquellos focos del local, solo podía sentir una intensa sensación de calor que invadía todo mi cuerpo. En aquel momento pude verle, nuestras miradas se cruzaron, y al observar su boca vi como pasaba su lengua por sus labios. Sin poder resistirlo, me acerqué a él dirigiendo mi mano a su redondo y musculoso culo. El me cogió de la cintura y me acercó a la zona oscura de aquel local. Con nuestros cuerpos pegados pude sentir le erección de su polla y me sentí muy caliente.

En ese momento sentí como sus dedos recorrían mi entrepierna y se acercaban hacia mi coño, que se encontraba escondido tras un tanga, ahora totalmente empapado. Tras arrancarme el tanga, empezó a acariciar mi coño con su polla, consiguiendo que yo me corriera.

Tras esto, me dijo “¡cómetela!” y me arrodillé y metí su polla en mi boca y tras esto él no pudo soportarlo y derramó su semen sobre mi coño, mientras me decía “¡no pares, me encanta follarte la boca!”.

Cuando nuestra pasión se fue apagando, arreglamos nuestra ropa y nos despedimos. Me acerqué a su oído y le susurré: “¡tienes un polvo de vicio!”, mientras pasaba la lengua por su oreja.

Tras esto regresé a casa pensando lo que había ocurrido y preguntándome “¿cuál era su nombre?“.

erótico

Laura me había invitado a pasar el fin de semana en su casa del pueblo, lo que no me había dicho es que iba a estar acompañada.

Cuando llegué a la casa, las encontré en la piscina, tomando el sol sin la parte de arriba del bikini. Laura tenía los pechos turgentes, erguidos, igual que su amiga, Noelia. Era rubia, con melenita y no muy alta, sus pechos eran ligeramente más grandes que los de Laura, con unos pezones rosados y grandes, su vientre era liso, su culo mmm… igual que sus muslos. Al verlas sólo con la braguita del bikini, mi libido empezó a funcionar al cien por cien, por suerte mis pantalones bastante anchos, amagaban mi excitación abanderada por mi polla.

Como era pronto todavía, me invitaron a ponerme el traje de baño, y acompañarlas en la piscina, que situación, sabía que podía pasar alguna cosa. Después de un buen rato de charla, Noelia se excusó y fué a la cocina para ver como iba el pastel que estaba haciendo para la cena.

relato eróticoLaura aprovechó para acercarse a mi, me besó, su lengua estaba húmeda y caliente, pronto apoyó su mano sobre mi sexo y sonrió al notar la excitación que me embargaba, mi polla iba a romperse, yo acaricie sus pechos y pellizqué suavemente sus pezones, lo cual le arrancó gemidos de placer. Me besó nuevamente, esta vez con mas pasión, su lengua parecía que me estrujaba, me quería llevar muy adentro suyo, se levantó, me cogió de la mano y me llevó al interior de la casa. En ese momento salía Noelia, diciendo que ya había acabado. Sin mediar palabra la cogió también de la mano y nos llevó a ambos a su habitación, nos dejó al lado del tocador de espaldas al espejo, mientras se desprendía de su braguita, daba gusto ver un coño tan arregladito, iba a comerlo entero. Primero se arrodilló delante de ella y le quitó la braguita de su bikini, dejando al descubierto su coño completamente afeitado, precioso. Después me tocó a mí, me quitó el traje de baño, dejando al descubierto mi enorme rabo, completamente excitado y duro como una piedra.

Como si estuvieran coordinadas las dos vinieron hacia mí, sonriendo, me abrazaron y empezaron a besarme, nuestras lenguas se juntaban. Cuando note una mano en mis huevos, gemí de placer, los sentía juntos como si fuera un melocotón duro, notaba sus cuatro manos danzando por mi cuerpo, y yo empecé a tocar sus tetas, sus pezones se excitaban al roce de mis dedos, y los tres gemíamos al unísono.

Laura acercó su boca a mi oído, y me pidió que las comiera, ellas se arrodillaron la una al lado de la otra, sobre la cama con sus piernas abiertas. Empecé por Laura, su coño estaba completamente abierto y mojada, mi lengua subía y bajaba mientras ella gemía, cambie y pude apreciar el coño de Noelia, también estaba húmedo, pero cerrado, pronto iba a aflorar de ella algo sensacional, mientras lo lamía mis dedos jugueteaban con el coño de Laura y las dos gemían pidiendo más. Cambié una vez más, metiendo completamente la lengua en el coño de Laura, su clítoris se definía perfectamente y con unos espasmos increíbles acabó corriéndose, sus jugos inundaron mi boca hasta que cayó rendida en la cama. Me entretuve entonces lamiendo a Noelia que gemía como una posesa, hasta que me rogó, ponte el condón y… fóllame cielo. Me acercó un condón con su boca, no sé de donde salió pero allí estaba. Me acuerdo alegremente, era rosa, con sabor a fresa y un olor muy agradable. Lo vi y no me apetecía parar a ponerlo. Lo puso con su boca, jugando, dándose tiempo. La verdad me excitó tanto que casi me corro cuando me puso la goma.

Entonces, sin perder más tiempo comenzamos el festín…

Le cogí por sus caderas y puse la punta mi polla en la entrada de su coño, grito de placer al notar como yo empujando la follaba toda, los dos gemíamos mientras poco a poco la poseía profundamente. Cuando mis testículos chocaron contra sus muslos, ella gritó de placer, y yo también, nunca había tenido la sensación que estaba teniendo, su coño se ajustaba a la perfección a mí, se puso erguida, me beso y yo aproveché para masajear sus tetas, mientras entraba y salía de ella. Las contracciones de su coño al alcanzar el orgasmo, hicieron que me corriera en su interior, gozando ambos de un orgasmo genial.
Yo había quedado fuera de combate, mi orgasmo había sido muy violento y placentero. Laura me acompañó hasta el sofá de la habitación y para mi sorpresa volvió a la cama. Abrazó a Noelia, y empezaron a besarse y a tocarse delante de mi, sus dedos acariciaban todo su cuerpo, ni en mis más calientes fantasías había imaginado algo así, estaban preciosas, gozando la una de la otra de sus cuerpos, gemían, se besaban, introducían los dedos en su ávidos coños, mientras mi polla se ponía dura, otra vez, cuando me acerqué a ellas, me rechazaron suavemente hasta que ambas se corrieron, entonces Laura vino hacia mi y me hizo arrodillar sobre la cama, en la misma postura que ellas hacía un rato, Noelia se fue para volver al cabo de un momento, oí sus pasos detrás de mi y las manos de Laura abrieron mis nalgas, note los dedos de alguna de ellas dos pasando una crema por mi ano, lo cual me proporcionó mucho placer. Un dedo se dedicaba a trazar círculos en mi culo, mientras otra mano me masturbaba. Entonces Noelia se puso a mi lado y pude ver que tenía en su interior un consolador, cogido por unas correas a su cintura y muslos, mientras Laura lo lubricaba con su lengua y sus labios, para después lubricar mi culo, yo notaba deliciosa su lengua. Noelia se inclinó hacia mi y me susurró:
– ¡Ahora te toca a ti!, cariño

Puso las manos en mis caderas y noté como la mano de Laura guiaba el consolador a su destino. Noté la punta de este en la entrada de mi culo, y como Noelia empezaba a hacer presión, cuando penetró la punta, sentí una punzada de dolor y un gemido se escapó de mi garganta, Laura reanudó sus manipulaciones, al tiempo que Noelia me iba poseyendo más y más. El dolor empezó a trasformarse en placer, Laura descubrió todo mi prepucio bajando la piel, y noté como su lengua lamía toda mi polla, recreándose en el líquido que empezaba a aparecer en la punta:
– Te gusta? me preguntaba Noelia

Y yo por toda respuesta gritaba:
– Más…más…fóllame más!!!!!!!!!!!!!

Me notaba totalmente poseído, mi culo completamente abierto y mi polla más grande y dura que nunca. Noelia imitaba el vaivén a la perfección, y me poseía hasta que sus muslos chocaban contra mis nalgas. Me corrí como nunca me había corrido y le rogué a Noelia que no saliera de mi, me excitaba enormemente notarla dentro mientras Laura acababa de limpiar mi polla con su lengua.

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