¿Es que, acaso, nos encanta sufrir con el sexo?

¿Es que, acaso, nos encanta sufrir con el sexo?

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sadomasoquismo
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Sádicos y masoquistas

Sufrir, padecer y sufrir

Entre el gozar y el sufrir, la balanza humana parece inclinarse hacia el sufrir. Hay en la especie una vocación para el martirio que no es exclusiva de los santos o los héroes. Lo confirman hechos muy simples. Por recordar algunos:

El éxito de la crónica roja, del suicidio, de la novelería romántica, de las telenovelas, del matrimonio y hasta del sistema capitalista. Las grandes masacres de la historia, los flagelantes en pos de la salvación eterna, los campos de concentración, las campañas de austeridad, no son sino los cuadros mayores de una posición reflejada en el detalle individual.

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No es una casualidad que los boleteros de los años 40 y las cuitas de la modestilla de Carriego se entrelacen con el cine de lágrimas conformando una sólida trama de angustiantes vivencias para el hombre corriente.

Se trata de una cultura, en verdad, desde la que la cebolla del martirio esparce sus húmedas-flébiles capas hacia la desolada humanidad.

Hasta la felicidad tiene su punto de arranque en la noción de que para ganarse requiere de innúmeros pesares y responsabilidades.  Por lo mismo, el sufrimiento propio y el ajeno acaban siendo gratos y a nadie interesa definir la felicidad.

En nuestro mundo occidental cristiano esta postura alcanza una fundamentación conocida: al saborear el fruto del árbol del Bien y del Mal, los transgresores, Eva y Adán, transformaron el Paraíso en un valle de lágrimas. De allí para adelante, desde el parto con dolor a la muerte, todo está claro: el hombre en esta tierra purga el pecado original a través del dolor; si se porta bien, la felicidad vendrá cuando retorne al paraíso perdido.

Entre tanto, pecar es igual que gozar. La distinción del hombre de la bestia parte del principio que separa lo instintivo de lo aprendido por la cultura y  estimado bueno.

Lo primero es no ser malo

Como bien han señalado los partidarios del psicoanálisis, vivir es renunciar al placer: en la pugna entre la realidad y el placer, desde su infancia, el hombre será entrenado a la aceptación del dolor, a la aceptación del sufrimiento.

Con esta concepción, Oriente y Occidente se dan la mano. En la tarea de la domesticación, resignación y limitación del placer conforman sus horizontes.

Es el drama de la socialización. Más allá de Marx, entonces, el mundo tendrá que dividirse entre víctimas y torturadores, verdugos y mártires.

En términos sexológicos podría decirse que, por encima de nuestros componentes biológicos se nos enseña el masoquismo, se nos educa a preferir el sufrimiento a la felicidad. De una u otra manera, en mayor o menor medida, toda sociedad así lo ha resuelto.

En el marco de la vida sexual y de la pareja humana el tema cobra especial trascendencia, toda vez que la diferenciación de los sexos y la bisexualidad delimitan las razones de por qué es posible fabricar un universo de buenos y malos, de castigadores y sufrientes, de sádicos y masoquistas.

Explicarlo puede llevar al lector a la comprensión de algunas cuestiones en apariencia irracionales.

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Monstruos Asociados

Desde que los muy célebres Sacher von Masoch (1840-1902) y el Marqués de Sade (1740-1814) popularizaron a torvos personajes con infatigables ganas de azote, excrementos, torturas, injusticias y dolores, ningún manual de sexología omite la descripción de un algo que espesamente llaman algolagnia (placer del dolor), conjunto que se bifurca en un quehacer activo, el sadismo, y otro negativo, el masoquismo.

Las definiciones tradicionales se preocupan de dejar en claro el contenido de tales conductas obviamente perversas: el sadismo, como “la sensación del placer sexual, hasta llegar al orgasmo, ocasionada por las humillaciones, azotes y crueldades de todo tipo inferidas a otra persona, a sí mismo o a un animal, así como el instinto orientado a provocar tales placeres mediante las correspondientes actividades” (Moll), y el masoquismo, como “una curiosa perversión de la vida sexual que consiste en desear verse completamente dominado por una persona del sexo opuesto, soportando un trato autoritario y humillante, y que puede incluso alcanzar el castigo efectivo” (Krafft Ebing).

En suma, y más exactamente, la obtención del goce erótico por la vía del dolor.

A pesar de las precisiones, por lo general abundantes y detalladas, los casos de sadomasoquismo puro no pasan de ser excepcionales e infrecuentes. Ni masoquistas esforzados que al grito de ¡azótame! alcanzan el orgasmo, ni sicópatas castigadores que látigo en mano hacen saltar surtidores de sangre entre ayes de orgasmo. Esos más bien han quedado relegados a las páginas de novelas muy apreciadas, al cine o a la televisión.

Lo que sí se observa con demasiada frecuencia, sospechosa por lo mismo, son los casos medianos de ejercicio de la crueldad y aceptación del castigo.

La preocupación científica por interpretar las desventuras del trasero de Justine, el personaje de Sade, del paciente que se solaza recibiendo cascadas de excrementos, o de hombres o mujeres de tantos episodios de sumisión, abyección y hasta heroísmo, ha desviado la atención de un sadomasoquismo que pareciera sano o natural, incluso positivo, que arranca de las raíces de la especie.

Si interesante es la anécdota del que eyacula luego de ser insultado, escarnecido, azotado, escupido, más lo es la conducta de los amantes que se golpean, se destruyen poco a poco, y a pesar de todo gozan en la áspera  cárcel de los abandonos y reconciliaciones, y más tal vez la presencia sadomasoquista en el reino animal.

Los estudiosos del comportamiento animal descubren que la cópula en algunas especies se manifiesta en la violencia. Aquí no sólo la conquista es la victoria; la viuda negra elimina a su pareja consumando el coito; las tortugas se devoran y mutilan mutuamente en el apareamiento; ciertas hembras aguardan a que los machos definan en cruentos combates su posesión para acoger al vencedor en la cópula.

Sadomasoquismo biológico que se repite en el hombre, abierta o solapadamente, con una carga de satisfacción emocional.

Y aunque en la especie humana la cultura transforma, orienta, canaliza y aprovecha lo instintivo según sus necesidades e intereses, ocasionalmente, ante inadecuaciones o tensiones extremas el trasfondo biológico resurge en explosiones extremas de crueldad, en leves manifestaciones, en sutiles fantasías.

Lo que se define como hombre es esa combinación de instancias biológicas y culturales en constante interrelación, que sumadas determinan modos constantes de actuar.

Por eso, el problema no es dividir el mundo en buenos y malos, perversos o abnegados, hombres o fieras, ni ver las cosas desde los extremos. Simplemente será intentar su análisis a partir de la normalidad, y procurar desde allí el descubrimiento de un principio de verdad.

De aceptarse que los componentes sadomasoquistas son normales en lo biológico humano, conviene preguntarse de qué manera se presentan en los sexos.

A riesgo de escandalizar a las feministas, hablemos de la diferenciación.

sufrir

Pégame,  Pero no me Dejes

Fue Hélene Deutsh quien defendiendo el carácter femenino enhebró la fórmula de pasividad, masoquismo y narcisismo, enfrentada a una condición masculina agresiva, sádica y conquistadora de nuevos horizontes. Desde este punto de vista, el sadismo sería patrimonio del hombre y el masoquismo de la mujer.

Aun para la proponente, esto no es del todo así.

Sabiamente, la naturaleza dosifica estos componentes a través de la bisexualidad, condición a través de la cual cada sexo tiene un poco del otro en grande o pequeña proporción. De ese modo, no hay machos ni hembras puros.

Por lo mismo, un mundo de esclavos masoquistas y varones sádicos resulta un imposible, incomunicado y absurdo. Esos protagonistas de la fantasía que describen Sade o las telenovelas no pueden trascender de las páginas de un libro: son abiológicos, monstruos extremosos e inusitados.

Ni varones cumbres de virilidad, agresivos, dominantes y conquistadores, ni mujeres toda ternura, sumisión y autocomplacencia. La bisexualidad suaviza los puntos más distantes y la relación entre los sexos se desliza por los cálidos márgenes de la relatividad.

Es la curiosa armonía de la diferenciación.

Por la bisexualidad es viable la comunicación humana. Sin eludirse la diferenciación fundamental, por ella los sexos se interaccionan positivamente en una astuta mezcla en la que lo que llamamos varón es una suma en que priva lo masculino, y mujer otra en que lo predominante es lo femenino.

De ahí que la vida diaria, además de los arquetipos casi perfectos de masculinidad  o feminidad, pueda lucir también la ambigüedad o indefinición, y aun la confusión. Abundan eso si los tonos grises, los intermedios, la mujer masculinoide y el varón feminoide, la dominadora y el domado, la agresiva actitud en dulces doncellas, la tierna coquetería en viriles sujetos.

Es el detalle biológico que describe el margen de error -o de milagro- en la alquimia de las combinaciones.

Igual ocurre con el sadomasoquismo: característica biológica distintiva de los sexos, no escapa a los posibles intercambios que ofrece la bisexualidad. Sin embargo, más que eso, lo importante es que siempre está presente, desde el principio, como presupuesto de humanidad.

Y está no solamente en el extremo de la mano que azota, en la voz del que clama por flagelaciones o en el acto de quien sacia su voluntad de poder en el sufrimiento de otros, sino mucho más cerca, en lo cotidiano, en la mujer que grita “pégame, pero no me dejes”, en el varón que recorre las escaleras de la humillación, en el servilismo, en la ausencia de rebeldías, en la aceptación de la explotación, en cada relación humana.

Desde la búsqueda de la cópula, instintivamente la pareja se estructura a partir del sadomasoquismo. Ello está a la vista en el asedio agresivo del varón, en la coqueta respuesta de la cortejada, en la penetración violenta y en la recepción obsequiosa de los embates copulatorios, en el dolor querido-apetecible de la virginidad que parte, en los rasguños y mordiscos que dibujan en la piel el trazo de orgasmo, en la actitud mimosa o despectiva del poscoito, en la impotencia y en la frigidez.

Más allá de la aproximación y del encuentro, está también en el amor.

¿En el amor?

“Y amar es amargo ejercicio…”

La institucionalización de la pareja a través del matrimonio monogámico hizo necesaria la invención del amor-sentimiento que,  artificialmente aprovecha los componentes biológicos masoquistas de que hemos dado cuenta.

Aunque sus inventores del Medievo lo describieron partiendo desde la felicidad, en la práctica lo concretaron en el ejercicio del sufrimiento.

Desde la infancia el ser humano es educado en la noción de que  el amor es felicidad pero también lágrimas, y a cada paso se estará diciendo que en las espinas del martirio va inserta la cuota imprescindible de la felicidad.

Gabriela Mistral, poetisa lejana, llegó a decirlo en verso y obtuvo un Premio Nobel:

“Y amar (bien sabes de eso) es amargo ejercicio.

un mantener los párpados de lágrimas mojados.

un refrescar de besos las trenzas del cilicio

conservando, bajo ellas, los ojos extasiados.”

Rilke, masoquista convencido, decía que amar era precisamente “soportarlo todo de alguien” y, más explícitos algunos galanes de este mundo inician sus escarceos amorosos con bofetadas, pellizcos o empujones. Todavía hoy las madres buenas del sistema sugieren a sus hijas aguantar hasta el límite en nombre del amor.

El melodrama típico para consumo de las clases medias se origina igualmente en supuestos de esta especie. Entre El derecho de nacer y Betty la Fea no hay otra diferencia que los paisajes: los protagonistas aprenden que en el amor no es todo mieles, que se padece, que se riega con lágrimas.

Pero este masoquismo no es natural, según hemos visto. Es fenómeno impuesto por la necesidad social de acomodar a los individuos en los cauces que cada sistema requiere en un tiempo y un momento determinado.

Exaltando el amor como desdicha bienhechora, hay para los individuos un freno superior de lo instintivo y, por qué no, mejores posibilidades de opresión. De entre las múltiples herramientas de ésta, el amor es la más eficaz y sutil. En su búsqueda, hombres y mujeres gastarán sus lágrimas y sus insurgencias, descuidando la explotación, la miseria, la injusticia, el dominio de los menos.

De ahí que el tema trascienda de lo sexual y se integre a la mecánica intima  de las sociedades.

Amar no sólo incluye el amor sexual, arrastra también el amor al prójimo en esa trampa de poner la otra mejilla para el castigo.

La contradicción hace comprensible hasta lo patológico,

“Si no puedo gozar plena y perfectamente de la felicidad del amor -decía Masoch-, quiero beber hasta las heces la copa de sus sufrimientos y de sus tormentos. Quiero ser maltratado y traicionado por la mujer que amo. Cuanto más cruel sea ella, mejor. ¡También así se goza!

¿Y quién puede gozar plenamente de la felicidad del amor?

Sin embargo, no es en tal catástrofe que deberá buscarse una adecuada concepción del amor y de pareja. Más bien, se hará desde lo que somos biológicamente.

Si la interacción negativa de la cultura ha hecho emerger los monstruos del sadomasoquismo, convendrá volver atrás.

Porque, realmente, la bestia no está allá. La hemos ido fabricando nosotros, pieza a pieza, con elementos del cielo y del infierno.

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