Desnudos en blanco y negro

Desnudos en blanco y negro

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Escribió Paul Gauguin:

Con Zola llegó el naturalismo trivial y la pornografía de los sobreentendidos. Cuántos retratos de mujeres distinguidas que parecían infames zorras. El semidesnudo. Con el espíritu del periodismo, la pintura se convirtió en crónica de sucesos, en un juego de palabras, en folletín.

Con la pornografía, la prontitud, la facilidad y la exactitud del dibujo. Así calificó el artista francés la estética realista defendida por Zola, y la que él opuso sus sensuales mujeres tahitianas plenas de simbolismo. Pero, si ahondamos en sus creaciones, podemos advertir que algunas de sus mejores obras están inspiradas en un cuadro polémico que recibió el apoyo de Emilio Zola: La Olimpia (1863) de Edouard Manet, pintor por el que Gauguin sintió siempre una gran admiración.

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Precisamente, cuando plasmó en 1892 el desnudo titulado Manao tupapau, Gauguin quiso evitar una postura indecente de la figura introduciendo en su rostro una expresión de terror. Así lo manifiesta el propio pintor en una carta a su esposa durante su primer viaje a Tahití: Ese terror hay que pretextarlo, si no explicarlo, y eso dentro del carácter de la persona, una maorí. Este pueblo tiene por tradición un miedo muy grande al espíritu de los muertos. Una muchacha entre nosotros tendría miedo de ser sorprendida en esta postura. Curiosamente, el cuadro fue considerado indecente por la crítica cuando se presentó en París, no entendiéndose el primitivismo que quiso transmitir el pintor. Las líneas y el movimiento… pintando el cuadro de manera sencilla, para que resultase salvaje e infantil, como él mismo escribió.

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Y, es que para Gauguin, ya desde su estancia en Tahití, las mujeres, de piel morena y corpulentas formas corporales, significaban algo más hondo que su mera presencia física. De hecho, la aparente naturalidad de sus actitudes, ya sea sentadas en el suelo o recostadas en el lecho, se halla teñida de contenidos que giran sobre la propia experiencia vital del artista, única y subjetiva.

Manao tupapau, como otras muchas de sus obras, recoge rasgos de la cultura visual occidental y los combina con las ancestrales creencias y costumbres de la isla polinésica. La influencia de La Olimpia (cuadro del que Gauguin hizo una copia en 1891) se une al descubrimiento por su parte de un medio virgen, primitivo, aún no corrompido por la civilización; de figuras envueltas en un paisaje exuberante o en un interior con profusos elementos decorativos.

Gauguin, mediante armonías de vivo cromatismo intentó expresar simbólicamente una dimensión espiritual; para conseguirlo mezcló realidad y fantasía, verdad e imaginación. La imagen pintada en Manao tupapau ejemplifica esa nueva realidad recreada poéticamente por un Gauguin huido de la civilización: un francés convertido en un primitivo. En primer lugar altera la postura frontal de La Olimpia de Manet pintando a Tahamana, que posiblemente fue su compañera, tumbada de espaldas, al tiempo que convierte a la criada negra del cuadro de Manet en una figura siniestra. La mujer desnuda piensa y cree en el aparecido Tupapau, el Espíritu de los muertos, uno de esos espectros legendarios de ojos fosforescentes y largos dientes que inspira tanto temor a los nativos. Gauguin ha inventado el fantasma y lo ha dotado de aspecto de mujer encapuchada.

En el cuadro domina el contraste de colores y diferentes estudios de modelado. El cuerpo tostado de la joven acostada se contrapone al amarillo de las sábanas y éstas, a su vez, al azul oscuro de la tela del colchón. Pero, mientras en otros cuadros del autor destaca la vivacidad y alegría cromática, aquí el entorno de pesadilla se expresa mediante colores sombríos, tristes, sonando en el ojo como un tañido fúnebre.

Pues, ese fondo violeta con destellos ilustra las creencias indígenas que asimilaban las fosforescencias nocturnas con los espíritus de los muertos. Todo un reto para Gauguin: ilustrar las costumbres tahitianas apuntando más allá de las apariencias hasta penetrar en el alma humana. Encontró para ello una estética no naturalista, como vemos en Manao Tupapau, basada en la planitud y en la simplicidad técnica.

Cuando en 1895 realizó su segundo viaje a Tahití, Gauguin marchó decidido a no volver nunca más a Francia. El reencuentro con la civilización había sido decepcionante. Huyó a un ambiente más humano y natural esperando encontrar la paz; pero las crisis existenciales que sufrió le llevaron a preguntarse: ¿de dónde venimos ¿quiénes somos?, ¿a dónde vamos?. Pintando, dando forma plástica a todas estas preguntas, pretendió encontrar la respuesta. Por esa razón sus cuadros se hacen cada vez más herméticos, porque son testimonio fiel de la lucha consigo mismo.

Gauguin no cumplió su deseo de llegar a ser él mismo un salvaje. Entonces sus preguntas sólo hallaron respuesta en sus cuadros.

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