Cuento erótico: Y ahora somos tres…

Cuento erótico: Y ahora somos tres…

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Caímos sobre la alfombra olvidándonos del mundo, en un amasijo enloquecido y comenzamos a desnudarnos unos a otros febrilmente, jadeando y gimiendo.

Elegí cuidadosamente el atuendo que me pondría para el cóctel literario de esa tarde. No sólo elegí con rigor el vestido, sino también los pantalones (de raso negro) y el brasier (encaje negro Christian Dior). ¿Por qué tanta preocupación? Seguramente porque iba de cacería y esperaba regresar con un acompañante. Los cócteles suelen ser circunstancias adecuadas para conocer a gente que comparte intereses con una, sobre todo los literarios. Antes de partir, me puse unas gotas de mi perfume favorito, Fidji, detrás de las orejas, y partí al gran hotel donde tendría lugar la recepción. Allí, anduve circulando un buen rato. Repentinamente sucedió. Un amigo me detuvo y me dijo:

-Linda, te presento a la máxima promesa de la literatura actual, te quiere conocer.

Saludé a “la promesa” y me bastó con mirarlo para saber que mi búsqueda había terminado felizmente. Fue todo un flechazo, en el que olvidé, no sin frivolidad, las últimas recomendaciones de mi psiquiatra (“no erotices las relaciones, el sexo es un vínculo demasiado fuerte. Generalmente nos ligamos a gente que no vale la pena. Más vale tener un buen amigo primero y más tarde ver qué ocurre en lo sexual.”) Sin embargo, entonces, lo único real es que mis pantalones ya estaban húmedos. Lo invité a mi departamento y la velada fue una auténtica fiesta del sexo. Recuerdo sus besos enloquecedores, que me ponían al borde del orgasmo, sus manos expertas, el sabio recorrido de su boca por cada centímetro de mi piel y el explosivo instante en que introdujo su vigoroso pene en mí para iniciar un coito largo, desesperado, exasperante e inolvidable. Estuvimos haciendo el amor todo el fin de semana hasta que finalmente decidimos vivir juntos.

Nuestra felicidad duró dos años exactos. Poco a poco se nos fue terminando la alegría. Lo que más contribuyó a ello fueron las depresiones en las que empezó a caer mi compañero que sobrellevaba la definitiva frustración de haber sido “un promisorio valor joven de la literatura” y nada más. Por otra parte, como su dedicación a las letras no le aportaba dinero suficiente, yo me convertí en la sostenedora del hogar y, aunque el hecho no me importaba demasiado, tuvo influencia en la erosión de las relaciones.

Quedaba algo bueno, que nos alegraba: era la presencia de mis amigas en casa. Con ellas, él parecía reanimarse y, esporádicamente, volvía a ser el hombre encantador a quien conocí en el cóctel.

Lo que más lo estimulaba era una actriz, Tania, una mujer vital, guapa, encantadora y absolutamente liberada, dotada de un cuerpo casi perfecto. Me di cuenta muy pronto que mi compañero se prendó de sus caderas y senos ya que, cada vez que yo volvía la espalda en las reuniones, él no despegaba la vista de su figura. Desde el principio no me preocupé demasiado. Estaba segura que Tania no me traicionaría. ya que era una persona honesta y me quería muy sinceramente. Por lo demás, y aunque suena egoísta y frívolo, me había percatado que las visitas de Tania y el deseo que ella inspiraba en él se volcaban favorablemente hacia mí y las noches, después que ella partía, solían terminar en coitos casi tan maravillosos como el de la primera vez.

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Sin embargo, algo sucedió.

Fue una ocasión en que los tres aguardábamos en casa, tomando unas copas, la hora apropiada para ir a un “reventón” al que habíamos sido invitados.

En un momento, Tania propuso enseñarme algunos pasos de los bailes que ella había practicado en su juventud, especialmente el mambo y el cha-cha-chá. Accedí de muy buena gana. Nos pusimos a ensayar. De pronto mi compañero, que estaba contemplándonos, decidió incorporarse al juego.

Sinceramente, no sé cómo ocurrió lo que vino después. Recuerdo, sí, que de improviso, los tres estábamos acariciándonos y besándonos con frenesí. Lo sorprendente era que yo -nunca antes involucrada en experiencias lésbicas– recibía sin rechazos de ninguna especie la ardiente boca y las manos ansiosas de mi amiga, le oprimía y estimulaba sus pechos generosos, a la vez que toleraba, con excitación, las caricias que él le prodigaba a ella y que, por cierto, iban haciéndose cada vez más urgentes e íntimas.

Caímos sobre la alfombra olvidándonos del mundo, en un amasijo enloquecido y comenzamos a desnudarnos unos a otros febrilmente, jadeando y gimiendo. Ya nada me importaba, sólo quería seguir en ese trío mórbido hasta las últimas consecuencias. Ni siquiera me molestó el instante en que él, prefiriendo a Tania, la penetró con violencia salvaje. Por el contrario, entonces mi nivel de excitación alcanzó su punto más elevado y busqué unirme al grupo acariciándolos a ambos sin prejuicios.

Fue una orgía maravillosa.

A la mañana siguiente despertamos los tres en la cama y, después de hablar tranquilamente sobre lo sucedido, reiniciamos los juegos eróticos.

El incidente no volvió a repetirse y, por alguna razón, después de un tiempo, Tania y yo dejamos de vernos. A medida que pasaban las semanas, empecé a darme cuenta que no sólo me sentía profundamente resentida con mi amante, sino que se tambaleaban mis sentimientos respecto a Tania, a quien veía con más claridad como una amiga desleal. Ello se reforzó cuando supe que él la veía en secreto. Furiosa, me autorreprochaba el hecho de haber sido, por azar, la causante de mi propia desgracia, al poner al alcance de él otra mujer. De ese modo, nuestra vida se convirtió en un infierno en el que abundaban los celos y las riñas.

Un día, sin embargo, se hizo la luz para mí. Después de una pelea en que él abandonó muy enojado la casa, me puse a pensar en nuestra relación. Valoré en toda su dimensión la circunstancia de que él estaba a muy mal traer, que como escritor no lograba triunfar, que como varón proveedor era un fracaso y que dependía de mí económicamente y que eso lo mutilaba. Por mi parte, reconocí que sexualmente no podía darle los mínimos que él necesitaba y que, sin quererlo conscientemente, me estaba convirtiendo en una arpía celosa que acabaría alejándolo de mi lado. Y yo lo amaba.

Así, tomé una resolución.

Esa noche, cuando él llegó, Tania y yo lo estábamos aguardando en la recámara.

-Bienvenido -le dije- hoy tenemos clase de baile.

El sonrió y comenzó a desvestirse.

Desde entonces, el trío es la rutina de los martes y jueves y la relación ha mejorado notablemente. Llevamos siete meses, él ha vuelto a escribir y a ser el amante fogoso que conocí después de ese cóctel. Tania nos quiere a las dos por igual.

De alguna manera somos felices. No sé si durará. Tampoco sé si estoy haciendo lo correcto. Pero no importa. Lo valioso aquí es nuestro equilibrio y nuestro amor.

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