Relatos eróticos y fantasías sexuales

relato erotico

Hace 11 años

Un día de verano conocí a la que hoy es mi mujer.

Yo tenia 24 años y ella tan sólo 20. En una de estas noches en que sus padres se marcharon de fin de semana, ella me invitó a su casa. Estuvimos cenando y esas cosas, una buena cena a base de caprichos.

Y a la hora de irnos a la cama, pues nos fuimos a la de sus padres. Claro, yo no tenía nada que ponerme, así que me quité hasta los gayumbos, y ya en la cama, apareció ella y se le veía cortada, ya que no llevábamos mas de tres semanas saliendo, y ella supuestamente virgen.

Empezó a quitarse la ropa hasta que se quedó en bragas y sujetador. Así se metió a la cama, pero teníamos una lucecita encendida, y estábamos hablando de tonterías. En esto que le dije que ya era tarde y que mañana tenía que trabajar yo, cosa que era verdad. Ella me dejó bien claro que de joder nada, y yo pues la respeté.

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Pero, ¿que paso al apagar la luz?

Pues, empecé a acariciarla. Metí mis manos entre sus bragas y quité su sujetador. Ella me estaba dando la espalda, pero bien excitada que estaba, porque aquello no era normal. Suponeros como la tenía yo en ese momento. El caso es que conseguí quitarle las bragas y metí mi verga entre sus piernas desde la espalda que me estaba dando ella hacia su tierno volcán.

Venga a rozarle, y venga a rozarle, hasta que ella se corrió como la más golfa de todas las golfas. Su chocho estaba dilatado como el de una yegua, chorreaba hasta el punto de saciar mi sed de sexo, y eso que no la penetré, que si llega a ser con mi verga metida en su cueva “virgen” hubiese habido inundaciones.

Ella se quedó en esa misma postura, así que yo como estaba bien puesto, lo que quería era poder vaciar mis huevos, e impregnarle de mi sustancia por su cuerpo. Seguí con el movimiento, pene que va y pene que viene. En una de estas que siento que se ha introducido. Yo seguí sin decir nada, y ella gemía más y más. Se estaba volviendo loca del placer. Yo lo notaba raro, pero allí seguía.

Le sobaba las tetas duras y puntiagudas, mientras mis movimientos eran más profundos y rápidos, hasta que llevé mi mano a su clitoris para reventárselo de placer y de lo que me di cuenta es de que mi enorme verga se estaba follando a un precioso ano, al que le gustaba ser penetrado.

Por supuesto que luego me follé su coñito y sí, sí que era virgen. Me quedé alucinado de que disfrutaría tanto dándole por atrás. Y sí, siempre que follamos, follamos por los dos sitios. Alguna vez, depende de como cuadre. Utilizamos aparatos para poder penetrarle por todos sus orificios al mismo tiempo.

Ahora yo tengo 35 años y ella 31.

Tenéis que probarlo tod@s. Es fascinante.

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Practicando tríos

Habíamos hablado de hacer el sexo entre tres. Nos trasladamos a otra ciudad y fuimos a un salón de baile, tomamos algunas copas y bailamos un poco para calentarnos mientras buscábamos al afortunado que se iba a coger a mi mujer.

Cuando los dos estuvimos de acuerdo y ya calientes, ella comenzó a atraer su atención mientras bailábamos. Después, de acuerdo con ella, la dejé sentada en la mesa y me fui a un lugar desde el cual yo podía ver lo que sucedía sin que él me viera. Se acercó y la sacó a bailar. Ella se había puesto un vestido de tela muy delgada, no traía ni sujetador (brasier) ni bragas (pantaletas) así que al bailar pronto comenzó a seducir al muchacho, que no perdió la oportunidad.

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Ella le dijo que estaba muy caliente y quería follar (coger), le dijo que no tenia sujetador, que la tocara para que se diera cuenta, lo que el hizo al tiempo que ella le tocaba el miembro que ya lo tenia bien duro. Después ella le llevo la mano a su clítoris y el estaba rojo de calentura, casi se la quería follar ahí mismo.

Pero…Ella le dijo que tenía muchas ganas de que la penetrara pero que quería tener dos penes al mismo tiempo, que si estaba de acuerdo en hacerlo así. El se resistía al principio con desconfianza pero con las caricias que mi mujer le hacía y le suplicaba diciéndole que por favor lo hiciera, que no se iba a arrepentir, que él dijera a donde podíamos ir para que no tuviera desconfianza. Finalmente aceptó, por lo que mi mujer mi hizo la señal para que nos fuéramos.

Hacia el Hotel

Pagué la cuenta y nos fuimos a un hotel, nos dimos un baño los tres y ahí empezamos a acariciarla a ella, la llevamos a la cama y mientras ella me la mamaba, él se la metía en la vagina luego fuimos nuevamente al baño para lavarnos y fue al revés.

Mientras yo follaba con mi mujer, ella se la mamaba a él.

Luego él se puso boca arriba y ella se ensartó en su miembro mientras yo le hacia el sexo anal…

Fue una noche inolvidable, casi no dormimos por estar haciéndolo de todas las formas que se nos ocurrían y si dormíamos un rato, cuando despertábamos lo volvíamos a hacer. Al otro día muy temprano, él se volvió a follar a mi mujer y luego nos despedimos. Ni siquiera intercambiamos nombres ni nada más, pero de regreso, en la carretera, mi mujer y yo paramos y volvimos a hacerlo sólo de recordar lo sucedido nos calentaba demasiado. Incluso llamamos a un hombre que iba caminando por la carretera para que si quería también se la follara pero no pudo.

cuento pornográfico

De cómo me volví consumidor pornográfico

Soy un joven de 18, que vive solo, en un pequeño departamento. Yo jamás había tenido novia, siempre andaba solo.

Todos los días observaba que mis compañeros andaban con alguna chavala o ya tenían novia, lo cual a mí me hacía sentir envidia. Me daba cuenta de cómo se abrazaban, se acariciaban y se besaban con gran pasión.

Poco a poco mis hormonas no soportaban ver eso, así que para calmar mi  ansiedad de sexo, me iba a distraer a los centros nocturnos, a excitarme con las bailarinas y ver como gemían se masturbaban, pero no llenaban mis deseos. Cada vez buscaba la forma de calmar mis deseos. Iba a espiar a los baños de las mujeres y buscaba observar cómo orinaban, ver sus intimidades, ver como se frotaban el papel por sus genitales. Pero eso no me llenaba.

Tampoco traté de relacionarme con prostitutas por temor a una infección o Sida… Sabía que tenía que hacerlo con la chica adecuada. Pero mientras esperaba, seguí buscando la forma de llenar mi satisfacción.

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Así que me volví consumidor pornográfico.

Compraba todo tipo de revistas con fotografías de mujeres desnudas. Rentaba vídeos pornográficos y navegaba en páginas pornográficas. Leí varios libros como Lolita y el Kamasutra. Me gusta ver todo tipo de pornografía, pero lo que más me excitaba eran los actos lésbicos…

Era un desenfrenado en cuanto pornografía, pero tenía un comportamiento normal en cuanto a mis amigos y mi trabajo. Un día me tocó hacer un trabajo de investigación junto con una compañera. Era bella y de buen cuerpo, así que la invité a mi departamento para buscar información en la Red.

Eran como las 6 de la tarde, estábamos investigando. Ella me pidió permiso para ir al baño y le indiqué donde estaba. Cuando ella se dirigió allá, yo me apresuré a espiarla por un pequeño orificio que había en la pared, que no se notaba. Jamás había visto a una chica con tanto vello en el Monte de Venus como ella, casi parecía una selva impenetrable. Cuando ella se vistió, yo me apresuré a la cocina a fingir que hacía algo de comer…

Ella se dirigió a mi computadora y abrió una dirección que yo había dejado abierta y observó todo mi material pornográfico. Pensé que se iría de inmediato, pero en vez de eso se quedó observando detalladamente las imágenes y empezó a tocarse el busto. Yo la observaba sin que se diera cuenta, pero de repente notó mi presencia y observó que mi pene estaba bien duro. Ella me dijo que jamás había sentido algo tan excitante y que no sabía qué era lo que le pasaba. Sentía un calor y sentía ganas de hacerlo ya que era virgen y que sólo la habían tocado pero jamás penetrado… Yo no supe que contestar y ella empezó a desvestirme y me acostó en mi cama y abrió mi pantalón y empezó a acariciar mi pene, y empezó a mamarlo y a besarme los testículos. Yo sólo sentía placer.

Después ella me pidió que le quitara toda su ropa hasta dejarla bien descubierta. Me pidió que chupara su vulva y que acariciara sus vellos. Al hacerlo sólo escuchaba sus gemidos de placer. Después empecé a acariciar su pequeño busto pero sus pezones estaban bien excitados y firmes. Los chupé y mordí y hasta los mamé. Fue increíble. Hasta metí la lengua en su ano hermoso y oloriente. Ella me pidió que le metiera el dedo en el ano y la vagina y cuando lo hice ella sentía que se corría, pero no quería que eso se terminara, así que me pidió hacer un 69. Esa posición la mantuvimos unos 5 minutos. Fue rico.

De repente se me ocurrió poner una película para excitarnos y masturbarnos juntos. Después de la película, saqué un condón. El único que tenía en la casa. Ella se dispuso a ponérmelo como un juego, pero no pudo por lo grueso de mi pene. Insistió hasta romperlo con sus uñas. Sentíamos que la diversión se había acabado, pero ella me dijo que sí quería ser penetrada pero sólo por atrás, por temor de terminar embarazada. Así lo hice. Empecé despacio para no lastimarla. Ella soltó un grito de placer al ser penetrada y yo sentía un calor muy rico. Poco después ella empezó a sentir un poco de dolor, pero no le importo y me dijo que se lo metiera con más fuerza hasta que alcanzamos el clímax. Yo no me pude controlar y solté algo de semen dentro de ella y ella mojó mis piernas con su líquido cálido. Al final nos levantamos y nos bañamos juntos para limpiarnos. Ella se despidió y me dijo que jamás lo olvidaría.

Desde entonces todavía sigo comprando pornografía pero ya no como antes. El único problema fue que no investigamos nada y me suspendieron, pero valió la pena.

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Afrodisíaco mental, imaginación al poder

Las fantasías sexuales no son una aberración sino grandes aliados de unas relaciones sexuales sanas y plenamente satisfactorias. Desde que nace, el sexo acompaña al ser humano a lo largo de su vida.

El sexo es una experiencia personal y placentera que se enriquece con los años y las distintas vivencias y fantasías que tienen el hombre y la mujer. El proceso de evolución pasa por la integración, primero de los sentimientos de ternura, y más tarde, de los eróticos para llegar finalmente a formar la propia identidad y personalidad de una persona.

Las fantasías pertenecen al mundo de la imaginación y de los sueños. Y la imaginación es sin duda el más poderoso de los afrodisíacos y el mejor aliado de una relación sexual satisfactoria. Todo está permitido en el mundo de las fantasías sexuales, las caricias más prohibidas, las formas más variadas de erotismo.

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Quizás por eso el 80% de los españoles reconoce que tiene fantasías sexuales, siendo significativamente mayor la proporción entre los hombres que entre las mujeres, aunque, como en casi todo, las distancias se van acortando. Sin embargo, cuando se pregunta con qué frecuencia se recurre a las fantasías mientras se realiza el acto sexual la cifra disminuye hasta la mitad. Además, en este caso son las mujeres las que llevan ventaja.

Las fantasías sexuales se inician en la adolescencia, como forma de descubrir el propio cuerpo y la sexualidad, y contra todo pronóstico, van aumentando a medida que lo hace la edad y la experiencia sexual. Con el paso del tiempo el riesgo de la monotonía es mayor y también mayor es la frecuencia con la que se recurre a la imaginación para lograr una relación más placentera.

Las fantasías más comunes son el sexo en grupo, imaginarse arrebatador, practicar el sexo con un desconocido. Aunque también en esto hay diferencias y las preferidas por los hombres son las prácticas bucogenitales y las de las mujeres imaginar que está siendo dominada o manteniendo algún tipo de relación forzada.

El sentimiento de culpa

La tradición judeocristiana que durante siglos ha condicionado las relaciones sexuales también hace su aparición en la mundo presente de la imaginación. Como explica el sexólogo Andrés Gómez: “La sombra ancestral de la culpabilidad pervive con fuerza hoy en día, pero es conveniente desoír su llamada. No hay que sentirse culpable por ninguna fantasía aparentemente aberrante pues obedece a un espacio imaginario, de lo prohibido y de lo que nunca hemos pensado hacer y, como está demostrado, casi nunca haremos”, concluye.

Las fantasías no constituyen ninguna patología si la persona no se siente atrapada por ellas de tal manera que puede mantener una vida sexual normal sin tener que recurrir a ellas. Aunque también es cierto que no todas las fantasías son saludables, sobre todo cuando su presencia suele dejar de estar asociada al placer y se convierten en una obsesión.

Existen personas que tienen fantasías sexuales incontroladas (incestuosas, escatológicas) que pueden causarles una marcada sensación de culpa. También resultan preocupantes aquellas fantasías que sistemáticamente incorporan elementos violentos.

La imaginación puede jugar muy malas pasadas, pero también ser el mejor aliado de una relación en la que la inapetencia y la desgana se han instalado. Según las estadísticas, la falta de apetito sexual es una “dificultad” que sobre todo afecta a las mujeres. Un 25% de ellas la padecen frente al 10% de los hombres. Sin embargo algunas sexólogas consideran que la definición del deseo sexual ha sido masculinizada y demasiado relacionada con el coito.

Existen personas que disfrutan al inventar las fantasías sexuales y otras que nunca sienten esa necesidad. Hay fantasías que ponen de manifiesto los fantasmas más temidos y otras que permiten aumentar el deseo sexual. Lo cierto es que las fantasías sexuales son algo normal que puede enriquecer mucho una relación de pareja basada en el respeto y la comprensión, esta es la opinión secundada por los expertos en el tema.

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Esa noche, con su lengua ávida buscó las zonas más íntimas de Pedro, liberándolo de prejuicios y temores

– ¿Y podremos empezar de nuevo?- preguntó.

Ella revolvió la cucharilla en la taza de café y dijo:

– La verdad, no sé.

Estaban en un pequeño restaurante de la zona comercial. Hacía calor. El le tomó la mano.

– ¿Fue duro, no?

Ella asintió y, por primera vez, en varios meses, recuperó de nuevo la historia completa, como si fuera una película donde cada personaje hacía su papel de acuerdo a ese guión tan memorizado.

Pedro y Catalina estaban muy contentos de haber encontrado una casa tan bonita para cambiarse. Desde que se casaron, tres años antes, vivían con los padres de él y ahora, por fin, llegaban a la plena independencia.

El lugar era paradisíaco. Se situaba prácticamente en el centro de la ciudad, pero en un sorprendente rincón, oasis de vegetación y tranquilidad. La casa la descubrieron por casualidad, un domingo que paseaban sin rumbo fijo. Se emplazaba dentro de un condominio, flanqueada por otras cinco casas, en un espacio circular, con un hermoso jardín, al centro del cual brillaba el agua fresca de una gran alberca azul.

Y todo fue como un sueño: hablaron con el encargado, cerraron el trato y seis días después se cambiaron, instalándose a pleno gusto. En el condominio sólo cuatro de las casas estaban habitadas permanentemente. Pronto Pedro y Catalina empezarían a conocer y frecuentar a los vecinos y a enterarse de sus peculiaridades. Vivían allí cuatro parejas jóvenes: Irene y Carlos, Noemí y Alberto, que tenían un bebé; Carmen y Sergio, y Marta y Luis. Eran amables, alegres, despreocupados y hospitalarios, tanto que, a poco de llegar, les ofrecieron una fiesta de recepción, en la que estuvieron presentes otras parejas que sólo venían los fines de semana, y amigos de algunos de ellos.

En esa fiesta no ocurrió nada especial: comieron, bebieron, bailaron, nadaron y, sobre todo, profundizaron los nacientes lazos de amistad. Así transcurrieron las siguientes semanas. Inevitablemente, después de aquella fiesta de convivencia, comenzaron a visitarse, a reunirse de manera informal y a comer muy a menudo juntos.

Fue María, una de las chicas, la que le hizo a Catalina un adelanto enigmático de lo que ahí sucedía. Le dijo:

– Aquí queremos compartirlo todo, incluso lo que entre burgueses no se comparte.

Y, a las insistentes preguntas de Catalina, acabó contándole todo:

– Mira – reveló. Lo que ocurre es que aquí hacemos cambios de pareja. Creemos que eso nos ayuda en nuestros matrimonios. Hasta ahora todo ha ido muy bien y nadie se queja. Vivimos el sexo fabulosamente, seguimos con nuestras respectivas parejas y cada día aprendemos más sobre el erotismo.

Catalina quedó estupefacta.

De un golpe comprendió muchas cosas extrañas que había percibido: miradas cómplices entre sus vecinos, gestos clandestinos y caricias nada furtivas y bastante audaces entre los integrantes del grupo.

Se lo contó a Pedro y ambos se divirtieron mucho, superado ya el escándalo inicial. Muy pronto, llegaron inclusive a conversar con sus vecinos acerca de la situación. Muy pronto, también, éstos empezaron a incitarlos a participar.

En un principio, su rechazo fue tajante. No obstante, al cabo de un tiempo, la curiosidad había prendido en ellos, sobre todo, porque impedidos de participar, solían ser testigos de fiestas a las que no eran invitados y donde, suponían, se concretaban los cambios.

Poco a poco, las barreras se rompieron. Gradualmente se fueron haciendo más tolerantes y acabaron pensando que la experiencia podía ser útil para sus relaciones, que si bien no habían decaído aún, tendían a volverse rutinarias.

Un día, después de algunos meses, aceptaron una invitación de María para un evento en casa de Carmen y Sergio. Les dijeron que, por ellos, el plato fuerte sería el juego de la llave.

– Es un juego muy pícaro – comentó la anfitriona y sonrió enigmática..

La fiesta se inició temprano el día planeado. Comenzó con un asado al aire libre y continuó con baile. A la medianoche estaba en todo su esplendor. La música era estupenda, corría el licor y todos se veían cómodos y contentos.

María anunció entonces el juego de la llave. Todos se congregaron en derredor suyo.

Noemí le explicó a Pedro y Catalina en qué consistía el juego: simplemente se reunían las llaves de las casas de los asistentes en una bolsa, se revolvían y los varones las sacaban por turno. La llave escogida determinaba la pareja que les correspondería esa noche a cada quién.

A Sergio, el primero en jugar, le tocó la llave de la casa de Irene y Carlos. A Carlos le correspondió la de la sensual Noemí. Y así fueron sorteándose. Cuando Pedro escogió la llave que le asignaba a María como pareja, Catalina estuvo a punto de desistir. Sin embargo, se contuvo. En ese momento, a gritos, alguien pronunció su nombre. Le tocaría Alberto.

Bailaron todavía un poco más y, cerca de las dos de la madrugada, las nuevas parejas que el azar creó comenzaron a abandonar la fiesta. A Catalina no le desagradaba Alberto. Era un muchacho alto, musculoso, tostado por el sol. Y se dejó llevar. Antes de salir, vio cómo Pedro y María se besaban ardientemente. Pero no le importó, porque el alcohol que había ingerido en abundancia, la ayudó a controlar sus celos y a aceptar la experiencia con todas sus implicaciones.

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Catalina llevó a Alberto hasta la recámara. Le ofreció una copa y puso música. Dulcemente le preguntó si quería ver una película de Hamilton, el famoso fotógrafo norteamericano. El accedió. La película era de un suave erotismo, con largas secuencias en que jóvenes muchachas acariciaban sus cuerpos al aire libre, en el marco de un paisaje paradisíaco.

Recostada en los cojines de la cama, Catalina recibió con naturalidad las expertas caricias de Alberto y, casi sin transición, se sintió ansiosa de ir más lejos. La película apenas comenzaba cuando ambos ya estaban completamente desnudos, entregados a una cópula febril.

Después, continuaron haciendo el amor toda la noche, en la que Catalina materializó todas sus fantasías, especialmente las orales, que Pedro solía rechazar. Ahíta de sexo, se durmió al amanecer.

Paralelamente, Pedro había gozado de la explosiva personalidad de María que era una mujer absolutamente liberada y curiosa. Esa noche, con su lengua ávida buscó las zonas más íntimas de Pedro, liberándolo de prejuicios y temores. Acabaron en el jacuzzi, ensayando extravagantes posiciones hindúes. No durmieron porque, muy tarde, Pedro experimentó algo diferente, cuando ella, con un enorme pene vibrador, lo penetró analmente.

A las ocho, desayunaban en el amplio comedor de la casa y una hora después él volvía al hogar. Su reencuentro con Catalina fue tranquilo, después de un breve momento de desconcierto. Conversaron la situación y descubrieron que se sentían bien, sin culpas ni remordimientos. Por delicadeza, no comentaron lo hecho ni sus detalles, pero dieron por superado el incidente. ¿Repetirían la experiencia? Quedaron de acuerdo en que la aceptarían siempre y cuando ambos tuvieran una gran disposición para ello y estuvieran seguros que lo de esa noche no dañó su relación de pareja.

En los días siguientes, Catalina y Pedro vivieron una especie de renacimiento de la actividad sexual conyugal que, ahora, se enriquecía con nuevas prácticas y nuevas exploraciones. Eso los decidió a aceptar una nueva invitación que, para ellos, fue más agradable que la anterior. A Catalina le correspondió con Sergio, un hombre maravillosamente dotado por la naturaleza, muy seductor. Pedro disfrutó de la compañía de Irene y de enervantes juegos sadomasoquistas que la mujer dominaba como una maestra.

Seis meses más tarde la pareja había completado el ciclo con todos los vecinos, en gratas experiencias heterosexuales y bisexuales. Pero comenzaron a suceder cosas perturbadoras:

“Una tarde, Catalina llegó a casa antes de la hora usual y se encontró con Pedro y Alberto entregados a una felación mutua y febril. Hubo recriminaciones y llantos. Y, luego, algo peor: el médico le informó a Catalina que estaba embarazada.”

Para la pareja, la noticia fue como un balde de agua fría. De un golpe, toda su tranquilidad se desvanecía. Ahora, las dudas sobre la paternidad aparecían como el castigo de esas extravagantes conductas.

Pero no fue todo, porque pasaron otras cosas en el condominio. Carlos se enamoró de María y huyó con ella. Noemí intento suicidarse, enamorada sin remedio de Sergio. Alberto y Luis se liaron a golpes por Irene y acabaron sometidos a un proceso judicial, que los arruinó. De un golpe, todo ese mundo de experimentaciones se empezó a derrumbar.

En noviembre, a menos de un año de haber llegado al condominio, Pedro y Catalina, cada uno por su lado, regresaron a casa de sus respectivos padres. Ella, con un hijo. El, con recuerdos.

No se veían desde entonces.

– ¿Entonces? – inquirió él- ¿Tendremos esperanzas?

Ella bebió un sorbo de café.

La voz de Luis Miguel recordaba el viejo bolero.

“Amor, amor, mucho amor”.

Miró al hombre a los ojos. Le pareció ver una lágrima allí.

– No sé – dijo.

Hacía más calor y el bullicio de la calle se iba apoderando del local semi vacío.

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Relato erótico: Manos de Pianista

Son recuerdos que, ahora, precisamente en este momento, cuando miro a Francisca, me vienen a la mente.

Fue hace mucho tiempo.

Yo estaba a unos pocos días de cumplir diecisiete años.

Aparentaba más edad de la que tenía. Era alta, esbelta, con figura de modelo o estrella de cine, de cara larga y facciones angulosas que, según decía la gente, parecían talla de escultura, con ojos de un verde oscuro, un verde luminoso que aquella tarde parecía derramarse compartiendo sus tonos con el vestido nuevo que llevaba.

Como era costumbre, me miré en el gran espejo de la sala de piano, con la alegría de saberme bella. Una y otra vez descubría que aunque mi boca era un tanto grande y carnosa, al reír se convertía en algo pleno de sensualidad y atractivo, con una hilera de dientes perfectos por su tamaño y blancura, que contrastaban con mi tez muy morena. Veo todavía mi cuello largo que dejaba al descubierto a propósito, peinada con una melena naturalmente ondulada con tono rojizo.

Mi absorta contemplación se deslizaba subrepticia hacia los pechos erectos y opulentos, con pezones que palpitaban, estremeciéndose ante el roce más ligero, porque para escándalo de todos no me gustaba ya usar sostén ni cubrirlos demasiado. Supe, además, que les fascinaban a los hombres, que donde quiera que fuese los miraban abierta o disimuladamente.

En una ocasión, semanas atrás, había dejado que Roberto, mi primo, los palpara. Fue un instante tan sólo, porque me aterró su actitud: el resuello desagradable, su torpe ansiedad, la prominencia que comenzó a abultar sus pantalones.

Prefería otras cosas.
Por ejemplo, las caricias de Rosa, mi maestra de piano.

Era una mujer muy especial, de 40 años, hermosa y de apariencia adusta, que empezó a impartirme clases cuando yo era muy joven.

Al cabo de un tiempo, y luego que fuimos intimando, adquirió el hábito de acariciarme. Juntas en la banca del piano, ella recorría a veces mis muslos con sus manos de largos dedos.

Yo me sometía complacida a esos juegos, con la vaga sensación de que me internaba en un camino prohibido o de pecado. Pero me fascinaba.

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Meses atrás, una tarde sumamente calurosa en que el agobiante calor de Monterrey se encerraba en la pequeña sala ella, que tenía apoyada una de sus manos en mi rodilla, descubrió unas gotas de sudor en mi cuello. Lo comentó suavemente, con una voz que no le conocía. Después, se inclinó hacia mí y con su lengua limpió aquellas impertinentes gotas. Invadida por una sensación inefable de gozo, con violentas e indefinibles reacciones que brotaban de cada rincón de mi cuerpo, permanecí inmóvil, procurando catalogar la consistencia de ese órgano que dulcemente me exhortaba a la pasión.

Más tarde, no sé cuántos segundos o minutos, volví la cabeza y permití que me besara. Lo hizo con ternura, mordisqueando mis labios, bebiendo mi saliva, para luego entrelazar su lengua con la mía. Era mucho mejor que lo que había conocido con los muchachos del barrio; más delicado, menos urgente, más profundo.

Nos besamos durante mucho rato. Luego, se separó de mí y me dijo:

– Me vuelves loca…

Yo no respondí. Con los ojos entrecerrados, la oí alejarse y abandonar la casa.

En los meses que siguieron, continuamos nuestro escarceo, que se fue haciendo cada vez más apremiante. De los besos pasamos a las caricias; yo, pasiva, soportaba el enervante roce de la yema de sus dedos por mis pezones y mis intimidades.

Sin embargo, algo nos frenaba y no nos atrevíamos, ninguna de las dos, a consumar lo que tanto anhelábamos.

Hasta ese día que hoy rememoro.

A través del espejo, vi a Rosa acercándose hacia mí. Venía con ánimo decidido, tensa, con esa seriedad resuelta que otorga el deseo asumido.

La casa estaba sola. Mi madre y mi abuela habían salido. Reinaba un silencio absoluto en el que ni siquiera se oían los pasos de Rosa.

Me mantuve en el mismo sitio, viendo como en una película el reflejo del momento en que la ávida boca de Rosa se apoderaba de mi cuello y sus manos de mis pechos, que vibraban de ansia sensual.

Temblé de placer cuando ella empezó a desabrochar mi vestido y lo fue bajando lentamente, y gemí de deseo al quedar espléndidamente desnuda, con mi sexo húmedo y expectante.

“De rodillas ante mí, Rosa realizó el homenaje que yo aguardaba desde hacía tantos días. No podía creer que era posible gozar tanto, primero con el frotar leve de esos dedos de pianista que marcaban las notas de la lujuria en el reborde cubierto de vellos ralos y que poco a poco avanzaban hacia el interior, resbalando por el néctar precioso que favorecía su entrada; después, en el arpegio de una boca voraz que indagaba por el botón del amor, hambrienta y succionante.”

A instancias de ella, fui cayendo y, en el suspiro interminable de un clímax extenso que me sobrecogía, de espaldas ya en el suelo, la vi arrancarse las ropas, casi con ira, para imitarme, con su desnudez madura, en la entrega, donde yo, inexperta en un principio, iba repitiendo cada vez con más seguridad, en su cuerpo, las caricias recibidas, llegando a sus más húmedos secretos con mi lengua, intrusa serpiente que degustaba golosa sabores desconocidos y excitantes que manaban como de una fuente prodigiosa.

El placer intenso, que se renovaba y multiplicaba una y otra vez, culminó un par de horas más tarde, cuando agotadas de experimentar posiciones novedosas, caímos sin aliento, la una sobre la otra, frotándonos todavía en espasmos que gradualmente se iban extinguiendo, al igual que ese sol regio montano, perdiéndose en la mágica montura del Cerro de la Silla.

Por muchos meses el amor y la pasión iluminaron las clases de piano hasta una tarde desgraciada en que recibí el doloroso mensaje de su partida.

Yo tenía ya 19 años, edad de bodas en mi familia, que me obligaba a mantener un romance con el que habría de ser mi marido por espacio de un lustro.

Sin denotar la tragedia que bullía en mí, propicié las circunstancias que apresuraron mi unión legal, destino casi inevitable para una joven provinciana con escasos recursos a la que su amante clandestina había abandonado.

En la monótona trayectoria de un matrimonio desprovisto de emociones, mi abuela y mi madre nos dejaron para siempre. Un año después, mi marido, acaso entre la bruma del desamor, corrió con la misma suerte.

Viuda, viviendo sólo de nostalgias, regresé a la casa familiar y, al cabo de un tiempo, los apremios económicos me llevaron a crear una academia de piano.

Tuve éxito.

Niños y adolescentes de la mejor sociedad regio montana me distinguieron con su preferencia, y aun extranjeros acaudalados como el padre de Francisca, la chica de 15 años que precisamente ahora se está contemplando en el espejo.

Su postura me ha traído los recuerdos, un aluvión, inyectándome el entusiasmo del que no me sentía capaz desde hace mucho. El cuerpo esbelto y tierno de Francisca se mece como un junco frente a la luna bruñida de ese espejo, lago insondable que guarda los misterios de mi iniciación.

Es un cuerpo dócil, fresco, que he acostumbrado a caricias muy tiernas mientras tocamos a Schubert; cuerpo que no rechaza la búsqueda ansiosa y recóndita, que sabe responder.

Me veo avanzar hacia ella, que está inmóvil y a la espera.

Veo mi cara unirse a la de ella, que sonríe a mi sonrisa.

Repentinamente, vislumbro las pequeñas gotas de sudor deslizándose por su largo cuello.

Entonces, mi lengua no puede contenerse y salta desde su cálido encierro, para atraparlas.

Ella se retuerce y me deja hacer.

Después, nuestras bocas se aplastan en un beso infinito.

Antes de recobrar todo el pasado, en este deslumbrante presente, en los cuerpos que inician el ritual vertiginoso de la carne, pienso en el destino y en el ciclo de Eros, que enigmático, repite el contrapunto de la lascivia y el goce.

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Pues les contaré una corta que me sucedió hace poco.

En la oficina tengo una compañera que está muy buena, y ella lo sabe y saca el mejor provecho de ello. Es una mujer provocadora, sube las escaleras cuando sabe que estamos mirando hacia arriba. Es más bien putita, pues tiene su fama y bien ganada.

Imagínense que le conté que me iba a casar, y ella se ofreció a darme la despedida en privado. Nos pusimos varias citas pero era imposible encontrarnos sin que en la oficina se dieran cuenta. Ya había perdido la esperanza de ver ese culote montado encima mío.

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La semana pasada ya se habían ido casi todos cuando un amigo que sabía que yo le tenía unas ganas tremendas me dijo que estaba sola en el segundo piso. Sin demora dejé todo y subí de inmediato. Cuando la encontré bajando las escaleras, no la dejé pasar. Ella, entre la pena y las ganas, no se opuso.

Nos metimos a la cafetería y empecé a besarla y a rozarle mi pene. Sentía como gemía y me decía que lo quería chupar. Cuando me di cuenta ya lo tenía en la boca. Sin mentirles les puedo decir que es una puta mamando. Me hizo subir al cielo y volver a bajar.

Cuando le subí la falda (porque era más fácil subirla que bajarla por esas caderas) se sentó en una mesa que había allí y abrió esas hermosas piernas. Cuando vi esa vagina abriéndose, toda rasuradita, yo ya estaba goteando de placer. Empecé a rozarla con la cabeza de mi pene. Esa mujer lo quería todo adentro. Me agarró de las nalgas y se lo metió con un ansia increíble. Cuando bajamos estaba el esposo esperando en la puerta, se despidió y se fue.

Definitivamente es la mejor despedida de soltero de que he sabido, y la organizó ella solita.

Donnatto

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Extraído del libro “Cartas a la Presidenta” de Teófilo Gautier, uno los más célebres poetas franceses (1811-1872) y este libro un homenaje a una de sus más apreciadas amigas, una carta de ocho páginas dirigida a Madame Sabatier, la cantante, que él llamara la Presidenta.

Esto es lo que nos sucedió en Venecia.

Disfrutábamos la contemplación de unas magníficas telas venecianas bordadas en una tienda, cuando repentinamente vimos a una hermosa joven, con un lujurioso culo, apenas cubierto por una suerte de gasa.

Nada más estaba oculto: ni los pies, pues estaba descalza, ni las grandes y hermosas tetas que, erguidas, desafiaban la brisa.

El coño era todo un espectáculo, enorme y suculento, de un tamaño que superaba en siete veces el de su cabeza.

Portaba un moño, formado por una superposición de trenzas que semejaban las cadenas del ancla de una nave de tres quillas. En la boca resaltaban los dientes perlados, como de tiburón, dijérase casi en tres filas.

Estaba indignada, peleándose con el tendero por un anillo de oro que, sin duda, valía muy poco.

Profería violentas interjecciones, acusando al hombre de ser un maricón, cornudo, hijo de perra y vaca, mierda de ramera sifilítica, ladrón, y el peor de los insultos: alemán. La ira la hacía verse deliciosa.

Para cortar con la riña, con mi amigo adquirimos la joya de la discordia y aprovechamos la oportunidad de invitarla a nuestra casa don, le dije, le haría cuadro, que le obsequiaría.

Dos días después llegó a la casa y, cumpliendo mi palabra, le hice el retrato, regalándoselo.

Ese día pude haber llegado a la cama con ella, pero éramos los dos contra ella, lo cual me hizo sentir como villano cobarde.

Nos reunimos luego en casa de la viuda Poignet, donde, con Luis, procedimos a sortearla con una moneda, a cara o cruz.

Ganó Luis, que se alegró muchísimo, ya hasta le hizo el homenaje de unos versos a su doncellez.

Yo contaré solamente un detalle, que habla en contra de la supuesta virginidad de la joven: Justo en el momento culminante, cuando ella se disponía a recibir el cabezudo premio, untó uno de sus dedos con saliva y los pasó por los sobresalientes labios vaginales, para facilitar de ese modo la vigorosa entrada del falo de Luis.

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En esta escena, romántica y melodramática, yo jugaba un papel secundario, de antiguo esclavo, iluminando la zona con una vela, que llevaba en una mano, y sosteniendo mi erecta verga con la otra mano.

Por suerte para mí, la muchacha en cuestión vino a la cita con una criatura de alrededor de 18 años, destinada por el azar a mí y que me miraba como a un auténtico vejete. Era rubita, de piel rosácea, rasgos armónicos, dulce de aspecto y con los ojos nimbados de una cierta tristeza. Hubiera sido muy hermosa de no ser por el desorden de sus dientes, que evocaba los de las inglesas.

Mientras, junto a mí, Luis, el trepador de muslos trabajaba, yo, el come-culos, incitaba a mis manos a recorrer el umbrío bosque, donde el tesoro es la jaula de la miel, oyendo la narración de la vida de la rubia, nada de emocionante. Ella había sido bailarina, pero debido a un bombardeo, el escenario en que actuaba se cerró, y cortó una brillante carrera en sus inicios, que le habría permitido mostrar su culo al público noche tras noche. Por eso, ahora, lo hacía en privado.

Su coño era pequeño y estaba decorado por un pelillo denso, apretado, como de terciopelo. Audaz, desaté el corset y, como en una explosión, se desbordaron dos gigantescas tetas, duras, albas como la leche, provistas de sendos pezones de color rosa, ribeteados por una gran areola, tal pintados por Rubens o descritos por Boissrd, que me fascinaron.

Olvidaba contarle que la chica estaba preñada de un mílite austríaco.

Borrosas imágenes de envolturas de gelatinas y raíces de frutas danzaron ante mis ojos cuando puse en la mano de la muchacha aquello que pronto le iba a introducir por el culo. Con el dedo del corazón, apropiadamente ensalivado, fue hacia el sexo, en busca de los labios de su cántaro y, al frotarlo, las palpitaciones del clítoris anunciaron el despertar en ella de las más lascivas inquietudes.

La discípula de la musa de la danza era diestra con las manos y con los pies, pues movió primero con un ritmo acompasado, lento y rápido, de arriba a abajo, la piel del prepucio, a la manera de una canción.

Cuando la estaba penetrando por el culo, seguramente el feto, atento a lo que estaba sucediendo con su madre, la bailarina cesante, retrocedía y saltaba en su envoltura acuosa, igual que un sapo en un papel, y se iba hacia el fondo, acurrucándose de miedo, para eludir mis embates vigorosos. Me parecía oír sus gemidos y podía sentirlo igual que un gato escondido bajo una cama al buscarlo uno con una escoba; así se pegaba al fondo de la matriz y su cabeza parecía emerger; y yo me preguntaba si no le haría daño a ese producto inventado por máquina austríaca y, de haber sido una niña posiblemente la hubiera desflorado a través de su madre; pero no, estábamos en Italia, y lo que había allí era ciertamente un maricón pequeño, un feto de cerdo, un precoz penetrador, que ya me brindaba su culo desde el interior.

Con el ejercicio, terminé por hacer que la chica tuviera su orgasmo. Una leve espuma blanca, como de manantial, fluyó entre sus piernas, y de mí saltó un chorro de esperma espesa, como yogur.

Muy pronto, después de mi actuación, Luis acabó con la suya, satisfecho, con la cresta en alto, tal un airoso gallo que desciende de la gallina fornicada.

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cuento erótico

Caímos sobre la alfombra olvidándonos del mundo, en un amasijo enloquecido y comenzamos a desnudarnos unos a otros febrilmente, jadeando y gimiendo.

Elegí cuidadosamente el atuendo que me pondría para el cóctel literario de esa tarde. No sólo elegí con rigor el vestido, sino también los pantalones (de raso negro) y el brasier (encaje negro Christian Dior). ¿Por qué tanta preocupación? Seguramente porque iba de cacería y esperaba regresar con un acompañante. Los cócteles suelen ser circunstancias adecuadas para conocer a gente que comparte intereses con una, sobre todo los literarios. Antes de partir, me puse unas gotas de mi perfume favorito, Fidji, detrás de las orejas, y partí al gran hotel donde tendría lugar la recepción. Allí, anduve circulando un buen rato. Repentinamente sucedió. Un amigo me detuvo y me dijo:

-Linda, te presento a la máxima promesa de la literatura actual, te quiere conocer.

Saludé a “la promesa” y me bastó con mirarlo para saber que mi búsqueda había terminado felizmente. Fue todo un flechazo, en el que olvidé, no sin frivolidad, las últimas recomendaciones de mi psiquiatra (“no erotices las relaciones, el sexo es un vínculo demasiado fuerte. Generalmente nos ligamos a gente que no vale la pena. Más vale tener un buen amigo primero y más tarde ver qué ocurre en lo sexual.”) Sin embargo, entonces, lo único real es que mis pantalones ya estaban húmedos. Lo invité a mi departamento y la velada fue una auténtica fiesta del sexo. Recuerdo sus besos enloquecedores, que me ponían al borde del orgasmo, sus manos expertas, el sabio recorrido de su boca por cada centímetro de mi piel y el explosivo instante en que introdujo su vigoroso pene en mí para iniciar un coito largo, desesperado, exasperante e inolvidable. Estuvimos haciendo el amor todo el fin de semana hasta que finalmente decidimos vivir juntos.

Nuestra felicidad duró dos años exactos. Poco a poco se nos fue terminando la alegría. Lo que más contribuyó a ello fueron las depresiones en las que empezó a caer mi compañero que sobrellevaba la definitiva frustración de haber sido “un promisorio valor joven de la literatura” y nada más. Por otra parte, como su dedicación a las letras no le aportaba dinero suficiente, yo me convertí en la sostenedora del hogar y, aunque el hecho no me importaba demasiado, tuvo influencia en la erosión de las relaciones.

Quedaba algo bueno, que nos alegraba: era la presencia de mis amigas en casa. Con ellas, él parecía reanimarse y, esporádicamente, volvía a ser el hombre encantador a quien conocí en el cóctel.

Lo que más lo estimulaba era una actriz, Tania, una mujer vital, guapa, encantadora y absolutamente liberada, dotada de un cuerpo casi perfecto. Me di cuenta muy pronto que mi compañero se prendó de sus caderas y senos ya que, cada vez que yo volvía la espalda en las reuniones, él no despegaba la vista de su figura. Desde el principio no me preocupé demasiado. Estaba segura que Tania no me traicionaría. ya que era una persona honesta y me quería muy sinceramente. Por lo demás, y aunque suena egoísta y frívolo, me había percatado que las visitas de Tania y el deseo que ella inspiraba en él se volcaban favorablemente hacia mí y las noches, después que ella partía, solían terminar en coitos casi tan maravillosos como el de la primera vez.

cuento erótico

Sin embargo, algo sucedió.

Fue una ocasión en que los tres aguardábamos en casa, tomando unas copas, la hora apropiada para ir a un “reventón” al que habíamos sido invitados.

En un momento, Tania propuso enseñarme algunos pasos de los bailes que ella había practicado en su juventud, especialmente el mambo y el cha-cha-chá. Accedí de muy buena gana. Nos pusimos a ensayar. De pronto mi compañero, que estaba contemplándonos, decidió incorporarse al juego.

Sinceramente, no sé cómo ocurrió lo que vino después. Recuerdo, sí, que de improviso, los tres estábamos acariciándonos y besándonos con frenesí. Lo sorprendente era que yo -nunca antes involucrada en experiencias lésbicas– recibía sin rechazos de ninguna especie la ardiente boca y las manos ansiosas de mi amiga, le oprimía y estimulaba sus pechos generosos, a la vez que toleraba, con excitación, las caricias que él le prodigaba a ella y que, por cierto, iban haciéndose cada vez más urgentes e íntimas.

Caímos sobre la alfombra olvidándonos del mundo, en un amasijo enloquecido y comenzamos a desnudarnos unos a otros febrilmente, jadeando y gimiendo. Ya nada me importaba, sólo quería seguir en ese trío mórbido hasta las últimas consecuencias. Ni siquiera me molestó el instante en que él, prefiriendo a Tania, la penetró con violencia salvaje. Por el contrario, entonces mi nivel de excitación alcanzó su punto más elevado y busqué unirme al grupo acariciándolos a ambos sin prejuicios.

Fue una orgía maravillosa.

A la mañana siguiente despertamos los tres en la cama y, después de hablar tranquilamente sobre lo sucedido, reiniciamos los juegos eróticos.

El incidente no volvió a repetirse y, por alguna razón, después de un tiempo, Tania y yo dejamos de vernos. A medida que pasaban las semanas, empecé a darme cuenta que no sólo me sentía profundamente resentida con mi amante, sino que se tambaleaban mis sentimientos respecto a Tania, a quien veía con más claridad como una amiga desleal. Ello se reforzó cuando supe que él la veía en secreto. Furiosa, me autorreprochaba el hecho de haber sido, por azar, la causante de mi propia desgracia, al poner al alcance de él otra mujer. De ese modo, nuestra vida se convirtió en un infierno en el que abundaban los celos y las riñas.

Un día, sin embargo, se hizo la luz para mí. Después de una pelea en que él abandonó muy enojado la casa, me puse a pensar en nuestra relación. Valoré en toda su dimensión la circunstancia de que él estaba a muy mal traer, que como escritor no lograba triunfar, que como varón proveedor era un fracaso y que dependía de mí económicamente y que eso lo mutilaba. Por mi parte, reconocí que sexualmente no podía darle los mínimos que él necesitaba y que, sin quererlo conscientemente, me estaba convirtiendo en una arpía celosa que acabaría alejándolo de mi lado. Y yo lo amaba.

Así, tomé una resolución.

Esa noche, cuando él llegó, Tania y yo lo estábamos aguardando en la recámara.

-Bienvenido -le dije- hoy tenemos clase de baile.

El sonrió y comenzó a desvestirse.

Desde entonces, el trío es la rutina de los martes y jueves y la relación ha mejorado notablemente. Llevamos siete meses, él ha vuelto a escribir y a ser el amante fogoso que conocí después de ese cóctel. Tania nos quiere a las dos por igual.

De alguna manera somos felices. No sé si durará. Tampoco sé si estoy haciendo lo correcto. Pero no importa. Lo valioso aquí es nuestro equilibrio y nuestro amor.

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Habíamos celebrado mi cumpleaños cenando en casa, los dos solos, yo –Martín- y mi estupenda novia Natasha, a la luz de un par de velas. Habíamos disfrutado de una excelente cena. Ahora, recostados en el sofá, conversábamos.

¿Ponemos un vídeo? -propuso Natasha-. ¿El del pintor y las modelos?
-Bueno -sonreí-, de acuerdo.

Apenas habíamos visto cinco minutos de la historia, cuando llamaron a la puerta. Natasha se levantó de un salto y, ante mi sorpresa, corrió a abrir mientras exclamaba:

¡Aquí llega tu regalo Martín!
Volvió, acompañada de una pelirroja que a primera vista parecía estar muy buena.

Cariño, esta es Vanesa, me dijo. Una amiga, decía Natasha con una enorme sonrisa pícara.
Tras el breve intercambio de frases corteses, Natasha le pidió a su amiga que se sentase en el sofá a mi lado. Luego, le ofreció una copa de vino. Yo estaba realmente desconcertado, porque nunca me había hablado de Vanesa. Y, probablemente por culpa del alcohol, no acababa de entender muy bien lo de mi regalo. Quizá, por eso, dejé que tomaran la iniciativa.
Vanesa insistió en seguir con el vídeo:

-¿De qué va? ¿Es un trío o una orgía?
-Trío –respondí-, sentándose Natasha a mi derecha.

Quedé así en medio de las dos, tanto yo como Natasha nos sabíamos el vídeo de memoria. El pintor estaba a punto de ensartar con su pene de caballo el culo de la modelo morena. La otra, la rubia, con movimientos gimnásticos acabaría debajo de ambos, lamiendo el coño de su compañera. Vanesa parecía muy interesada en la escena. Yo la observaba. A pesar de la pobre luz de las velas, noté que se había pasado un poco en el maquillaje. Aunque extremadamente femenina, todo en ella era grande: la media los ojos verdes, la boca muy perfilada, las tetas que le palpitaban bajo la blusa negra y transparente, los muslos poderosos que escapaban de la minifalda…

¿Te gusta mi regalo? -me susurró (Natasha), metiéndome la punta de la lengua en la oreja.

Sin esperar respuesta me bajó la cremallera de los pantalones y me sacó la polla que comenzó a ponerse dura. Intenté volver la cabeza hacia Vanesa, pero Natasha me agarró con fuerza y se la llevó hacia su boca, al mismo tiempo yo ya le había levantado el top y comencé a lamerle sus pezones. Mientras la lamía, comenzó una mamada increíble. Lo hizo mucho más hábilmente que nunca. Me acarició suavemente el pene con la yema de los dedos, apretando con delicadeza la zona de la cabeza y, en el momento oportuno, apretaba el tronco de la polla, para soltarlo enseguida.

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De inmediato, oleadas de escalofríos eléctricos se reflejaron en mi verga y fueron chisporroteando por todo el cuerpo de mi Natasha. Se me había puesto dura y la tensión la hacía muy sensible. Sabía que iba a correrme sin remedio. Así que me detuve…

Vanesa se había quitado la blusa y la minifalda. Sólo llevaba ahora un tanga negro.
Para mi sorpresa, Natasha animó a Vanesa a mamármela. Comenzó pasándome la lengua por debajo del reborde del pene. Lo soltaba, chupeteándolo, y volvía a tragárselo golosamente, mientras Natasha nos miraba.

-¡Para, para! -le grité -. ¡Qué no quiero correrme todavía…!

La soltó y, aunque no llegué al orgasmo, no pude impedir que asomasen unas gotitas de semen que lamió completamente. Enseguida, Natasha y yo nos quedamos desnudos. Se tendió sobre la alfombra. Abrió las piernas, liberando su raja caliente y me propuso un 69. Gateando sobre su cuerpo le introduje la lengua profundamente en su raja húmeda y dilatada. Mientras ella me cogía la polla y la chupaba como si disfrutara de un helado. Yo profundizaba con mi lengua en los movimiento que tanto le gustan. La sacaba, con largos lametones, mientras ella me sorbía el pene una y otra vez.
Nuestros jadeos, nuestros gritos lujuriosos, nuestros lamentos de placer, se sobreponían a los del vídeo. En aquel momento, ya habíamos perdido la noción de casi todo. Note unas ganas locas de correrme en su boca , quise aguantar un poco más. De todas maneras, sabía que de un instante a otro no iba a poder controlarme y acabaría soltándolo todo sin remedio.

Supongo que ya estaba casi en ese punto sin retorno, cuando me decidí a agradecerle su regalo, mi dedo se deslizaba lentamente dentro de su culo, le había masajeado muy bien el ano, con saliva, lo había lubrificado abundantemente, más hábil que nunca, había conseguido que su ano se relajara. De inmediato me acarició los testículos y luego, ella hizo lo mismo conmigo. Esa maniobra le desconcentró un poco por la vista de Vanesa ante nosotros pero le gustaba. Retuvo la respiración y pronto pidió a Vanesa un gran favor.

-Acércate y juega con nosotros.
Vanesa sin pensarlo dos veces se acercó hacia nuestros sexos, no sabía por donde comenzar…. Esta escena me enloqueció, y pronto le propuse que se pusiese en mi lugar.

Vanesa se había agarrado bien de las nalgas de mi novia, mientras yo bombeaba furiosamente mi polla dentro de su culo, y no la dejaba parar. Ambas ponían sus lenguas muy adentro de sus sexos, cada vez estaban más húmedas. Por otra parte, yo metí ahora toda mi polla en su culo, no podía más, de tal manera que hizo venir de golpe toda la leche que retenía en mis adentros, el preservativo me pareció que iba a estallar.

¡Dios, qué corrida! me temblaba todo, me estremecía, todo mi cuerpo era puro placer. En una de esas sacudidas me sentí más liberado.
Finalmente, tanto Natasha como Vanesa hundían su cara en sus coños mojados chupándose el clítoris, el cual contraían salvajemente. Noté toda la lujuria de sus lenguas, cada vez que las veía estremecerse…
Lo curioso es que yo comenzaba a sentir una extraña sensación por todos lados, muy placentera, que prolongaba el placer de mi orgasmo. Mi polla se mantenía bastante dura. Al menos lo suficiente para que siguiera mamándola. Vanesa se corrió enseguida, gruñendo y chillando histéricamente durante un buen rato. Casi al mismo tiempo, yo inserte de nuevo mi pene en su boca. Convulsionándome como un endemoniado, me aprisionó mi polla con su boca. Luego, sobreexcitada le estuve metiendo los dedos en la raja llena de saliva, como si quisiera taparla para que no se escapara ni una gota de aquella gozada.
Pasado este fogoso encuentro los tres quedamos rendidos en la alfombra.
Natasha se volvió hacia mí, cuando ya comenzaba a relajarse.

-Qué pasada, amor. Si te hubieses visto… -me dijo, mientras le quitaba restos de semen que se secaban sobre su piel-. Vaya manera de correrte…
Su cuerpo era también un manojo de sensaciones placenteras. Por eso, no sabía si escalofriarme o echarme a reír.
Vanesa nos observaba, sentada y recostada contra la alfombra, con las tetas impecables y su sexo, muy mojado. Nos miraba con cierto temor, con cierta inseguridad.
Tanto a mi como a Natasha nos entró un ataque de risa que aún nos dura cuando recordamos ese cumpleaños…

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Yo tenía 18 años y mi hermanito menor tenía 4. Mis padres daban clases en la Universidad, y tenían variadas actividades. Al finalizar el invierno, tendrían que participar en un seminario que se realizaría en Buenos Aires, y regresarían en 2 semanas. Mi hermano y yo íbamos a clases por la tarde. Y mi tía nos recogería en el colegio y estaría en casa con nosotros hasta las 21:00.

Mis padres habían hablado con una Chica de la universidad que estudiaba Bellas Artes, ella vivía a solo 3 manzanas de casa, y se quedaría todas las noches de 21:00 hasta las 9:00. Ya que algunos días entraba a clases a las 10.00.
La chica, Iris, tenía 24 años y muy buena figura. Nuestra casa era bastante grande, tenía 2 pisos y las habitaciones eran bastante amplias. Las tareas que debía hacer Iris se relacionaban con mi hermano, acostarlo, contarle cuentos, darnos la cena, bañarlo, etc. Iris debía bañar a mi hermano, para tranquilizarlo y hacerlo entrar en confianza, participe en el primer baño así mi hermano no puso resistencia. Ella me dijo, tu toma la ducha y mojas a tu hermano cuando te lo diga. Mi hermano entró en la bañera, se quedó completamente desnudo, era su hora del baño. Iris me pidió que lo mojara, y así lo hice. Ella tomó el jabón líquido, y empezó a pasarlo por el cuerpo de mi hermano.

Yo me dedicaba a contemplar a Iris, ya que era muy bella y bien formada. Ella al parecer se dio cuenta, y se colocaba de manera que marcara sus pechos y su lindo trasero. Mi hermanito, aún inocente dejaba que ella lo bañara. Las manos de Iris agarraron el pene de Felipe, y lo enjabonaron completo. Ya! Dijo ella, enjuaga a tu hermano, yo lo secaré. Así pasaban los días, mientras Iris me calentaba más.

La habitación que ocupaba Iris, era el cuarto de mi hermano mayor, que había dejado la casa unos 3 años atrás, cuando se casó. El vestidor del cuarto era muy grande, y yo muchas veces me escondí adentro. Una noche, mientras mi hermanito miraba la tele e Iris dibujaba en la sala, me despedí diciendo que me iba a acostar.

Yo sabía que Iris tenía orden de acostar a mi hermano a las 11:00, así que una noche, partí rápidamente y coloqué en mi cama los cojines simulando que estaba durmiendo. Decidí entonces, comenzar a espiar a Iris desde el vestidor. Adentro de el había una especie de banca pequeña, donde me senté a esperar, abrí un poco la puerta corredera esperando que Iris se acostara. Al poco tiempo entro en la habitación. Se sentó en el borde de la cama, desató sus zapatillas y las sacó, luego sus blancos calcetines. Se puso de pie, y soltó los botones de su pantalones, bajándolos muy lentamente. Tenía un culo precioso, y su pequeña ropa interior se perdía entre sus carnes. Se sacó su suéter quedando en una camisa de cuadros. Quitó uno a uno los 9 botones de su camisa, cayendo al suelo la camisa. Quedó en ropa interior, y se dispuso a soltar su sostén.
Sus pechos parecieron no notar que el sostén no estaba, pues seguían allí, redondos firmes y grandes. Tomó una camiseta blanca y se la puso. Sus pezones pronto se endurecieron. Abrió la cama y se acostó, al poco tiempo se quedó dormida.
Un día viernes, Iris invitó a Raúl, su novio. A las 11:00 ella acostó a mi hermano y yo me fui a mi cuarto. Acomodé los cojines y me escondí nuevamente en el vestidor para ver como Iris se acostaba. Pasaron como 45 minutos, cuando entró Iris y Raúl al cuarto. Cerraron la puerta y empezaron a besarse y abrazarse apasionadamente.

Iris le dijo; bájate tu pantalón, y los dos se desnudaron, quedaron en ropa interior de la cintura para abajo. En eso Iris, le arrancó el calzoncillo a Raúl, quedando al aire su portentoso pene. Iris se lo metió a la boca mientras Raúl le tomaba la cabeza. No tardó en triplicar el tamaño. Iris quería comerse su miembro.

Raúl miraba al techo, mientras literalmente cogía la cabeza de Iris. Raúl apretó la cabeza hasta meter toda su verga en la garganta de Iris, las tetas se balanceaban al ritmo de la mamada. Iris necesitaba respirar, así que se sacó la verga y le dijo que parara un segundo. Raúl que estaba muy caliente, la tomó sin previo aviso y la puso a cuatro patas, corrió el tanga a un lado y se lo empezó a meter a lo perrito. La embutió como un loco, sacó la verga y le llenó la espalda y el culo de semen. Ella le dijo que era un cabrón por que había llegado muy rápido, apenas había quedado satisfecha, otras veces hacían durar más la relación. En ese minuto yo también había llegado. Él se vistió y le dijo que tenía que salir, así que la vería mañana. Ella con un rostro de molestia, se vistió. Él se fue. Pasaron unos minutos, y yo sin poder controlarlo, estornude. Ella, sin dudar corrió el parabán del vestidor y me sorprendió.

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¿Qué haces ahí? ¿desde cuando que te escondes en mi habitación? Yo no sabía que decir.
Le contaré a tu madre lo que hiciste. Dijo Iris. Yo también le diré todo, le contesté. Ella sabía que yo no perdería tanto como ella. Tu no vas a contar nada. O yo …….. O tu que?………. Vamos a hacer un trato dijo ella. Yo haré lo que tu quieras si tu no dices nada. Lo que yo quiera?…… (yo pensé en todas mis fantasías, pero sabía que ella no aguantaría ninguna propuesta que tuviera que ver con sexo.)

Quiero que hagas todo lo que le haces a mi hermanito desde que le das de comer hasta que lo acuestas. Ok, dijo ella. Me parece bien. Bueno, ve a dormir me dijo. Mi habitación quedaba a lado de ella.
Al otro día tras acostar a mi hermano. Me dijo, ok, allá vamos. Me dió de comer como a un niño. Cucharada por cucharada. Una vez que comimos, me dijo: Ya a bañarte!! Empezó por sacarme la ropa. Los zapatos, los calcetines, la camiseta, el pantalón. Hasta que me quedé en calzoncillos. Yo estaba bastante nervioso, pero ella no dudó y bajó mi slip. Me metió en la ducha y abrí la llave de agua, mojándome por completo. Cerró la llave y me empezó a jabonar. Sus manos eran muy suaves. Empezó por lavar mi cabeza, y bajo por la espalda. Luego me dio la vuelta y empezó a lavar mi cara. Ella tarareaba una melodía mientras me bañaba. Hasta que llegó el turno de mi pene. Yo tenía un control bastante fuerte sobre mi pene. A mis 18 años media 19 cm. Y estaba sin erección. Ella lo miró, colocó jabón en sus manos y lo tomó. Mi control se hizo inexistente, y mi pene comenzó a hincharse de placer. Ella que sabía como excitarme, tocó con mucha suavidad mi miembro. Apretándolo.

La muy sinvergüenza ponía una cara de caliente mientras me enjabonaba…. No se si ella tenía las manos pequeñas o yo tenía mi pene muy grande, pero lo agarraba a dos manos. En eso, cogió el tronco de mi pene con una mano, y con la otra empezó a bajarme la piel de mi verga, dejando el glande descubierto. Yo estaba entre nervioso y excitado, me venían unos escalofríos que me recorrían el cuerpo.

Lo soltó y me duchó. Después me secó por completo. Vamos a tu habitación me dijo. Y en mi cama me empezó a poner el pijama. Yo aún seguía con mi pene erecto. Abrió las sabanas y me acostó. Yo aún no tenía experiencia sexual, todo lo que sabía lo había visto en revistas y películas. Una vez que Iris se fue comencé a masturbarme. Estaba ido dentro de mi tarea cuando Iris entró a mi habitación y encendió la luz, vestía un camisón largo, y se notaba que no llevaba nada mas puesto. ¿Qué estas haciendo? Me preguntó. Estoy masturbándome le dije. Ya veo, dijo en un tono excitante. ¿Te puedo mirar mientras lo haces?. Claro, le dije.

Continué con mi tarea. Podía notar como se calentaba mientras yo me pajeaba. ¿en quien piensas? Preguntó ella. En ti cuando estabas con Raúl, y cuando me enjabonaste mi pene. ¡¡Ah!!. Dijo ella. En eso sin mayor aviso eyaculé, contorneando mi cuerpo. Parece que estuvo bueno dijo ella. Si, respondí. Yo había quedado lleno de semen en mi vientre. Iris fue al baño, trajo papel higiénico y me limpió. Ya te puedes dormir. Dijo ella. Quédate conmigo un rato Iris? (yo sabía que estaba muy caliente). Bueno respondió, pero sólo unos minutos.

Iris apagó la luz. Y se metió en la cama. Se colocó a mi espalda, pegando su cuerpo con el mío, y me abrazó por la cintura. Sentí sus tetas en mi espalda y su respiración en la nuca. Yo estaba en calzoncillos. Y la situación me comenzó a excitar.. El calor que se generó era increíble, así que Iris sin dudar, levantó las sabanas, se sacó el camisón, y se volvió a tapar. Yo podía sentir el calor de sus pechos y sus pezones tocando en mi espalda. La respiración de Iris se aceleró, yo me hacía el dormido, pero ambos sabíamos que estábamos despiertos. La mano de Iris comenzó a acariciar mi pecho, subiendo desde el vientre hasta mi cuello. Paro en mis tetillas y las empezó a frotar.

Notaba como la aceleración de su respiración y del masajeo de sus manos le ocasionaban una calentura terrible. Sin previo aviso, destapó las sabanas, dejando a la vista sus hermosas tetas. Se colocó sobre mi, (como a horcajadas pero sin tocarme) y sus labios se fueron directo a mis tetillas. Así estuvo bastante rato. Luego me dijo que abriera mi boca y sacara mi lengua. Colocó una de sus tetas sobre mi boca. ¡no chupes me dijo! Y se dedicó a frotar sus pezones contra mi lengua. Así cambio de teta como tres veces. Luego se puso de rodillas a la altura de mis tobillos, me sacó el calzoncillo y me dijo que me relajara. Mi pene estaba erecto, ya no aguantaba más. Sabía que si no araba me correría de nuevo.
Tomo mi miembro, le bajó el prepucio, dejando a la vista mi hinchado glande, y con la punta de la lengua comenzó a humedecerlo. ¿te gusta? Preguntó ella.
Siiiiii, me encanta dije. No alcance a terminar esa frase cuando se metió la totalidad de mi pene en la garganta. Mi cuerpo se arqueaba de placer. Ella me agarraba de las nalgas y mamaba mi miembro completo. Succionaba como si su vida dependiera de ello. ¿eres virgen? Me preguntó. Si respondí. Eres el primer chico al que voy a desvirgar, dijo ella. A modo de juego, muy excitante, mientras me comía mi hermosa polla puso un preservativo rojizo. Mmmmmmm
Se recostó luego sobre la cama, de espaldas, y abrió las piernas. Se manoseo su sexo y me dijo. Ok mételo! Yo me puse sobre ella, e introduje mi pene en su vagina. (entra con confianza dijo ella) y lentamente lo metí hasta el fondo, y lo saqué. Lo metía y sacaba. La sensación de su vagina húmeda apretando mi rabo me producía una excitación que jamás había experimentado. Iris me tomó por las nalgas y comenzó a dirigir el ritmo de la penetración. (dale cariño, decía ella, dale. Así, eso bombea, bombea…..)

Yo estaba a cien, y se lo metía como un loco, ella se mordía los labios y gemía mientras su cuerpo se contorneaba. Sus tetas se movían al ritmo de mis embates. En eso ella dijo; ahora me toca a mi. Me tendió sobre la cama, sentándose a horcajadas sobre mi pene. Empezó a cabalgarme, moviendo sus caderas hacia atrás y hacia delante, en un vaivén de placer. Luego pasó a subir y bajar. Mientras yo manoseaba y chupaba sus tetas. (como te estoy gozando amor, decía Iris. Siiiiii, estás rico) En eso yo tuve mi primer aviso de eyaculación, le avise sin dudar, pero ella parecía estar ida. Ya no aguanto más le dije, me voy a correr!!! Ella me dijo que no me preocupara, que llegara tranquilo pues el preservativo era un método seguro.
Así fue como tuve mi primera relación sexual. Corriéndome por primera vez con una mujer, y vaya que mujer….Ella se acostó sobre mi, y me giró. Quedando a su lado, exhausto. Me quedé a su lado como 10 minutos hasta que mi pene quedó blando. Me quitó el condón y luego se puso a jugar con él y con mi semen, me pareció pensar que en pocos minutos comenzaría la fiesta de nuevo, mis fantasías se iban a hacer de nuevo realidad. Me dio un beso en la boca, en la puntita de mi falo, seguidamente con un tono irónico me dijo… dulces sueños…
Espero os guste y…..podáis disfrutarla.

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Carmen y yo estábamos en Isla Margarita pasando unos días de vacaciones. Carmen tiene treinta y seis y yo veintiocho años. Nuestra vida matrimonial había caído un poco en una monotonía sin la intensidad de los primeros años. Yo llevaba un cierto tiempo diciéndole a Carmen que teníamos que hacer algo para cambiar la rutina. Yo pensaba que no me hacia ni caso, hasta que una noche después de cenar me dijo que había hablado con mi secretaria y reservado diez días de vacaciones. Yo me quede un poco asombrado, Carmen no suele hacer cosas a la ligera.

Llegamos al hotel pasadas las ocho de la tarde, nada mas nos dio tiempo de deshacer las maletas, bajar al bar tomar unas margaritas, cenar y subir a dormir (eran mas de las dos de la madrugada hora española). Por la mañana después de desayunar nos fuimos a la playa. La playa era enorme, de arena blanca y fina, con hamacas, tumbonas, palmeras y demás necesidades. El hotel tenia varios bares, dos piscinas todo ello dentro de una especie de jardín “tropical” con aves exóticas. En conjunto un pequeño paraíso artificial.

isla-margarita

Carmen es alta, con pelo castaño claro, mas bien delgada, con un tipo de modelo de alta costura, senos pequeños pero duros, cintura muy marcada, culito pequeño y piernas largas y bien torneadas. Esa mañana se había puesto un bikini muy atrevido. El sujetador eran dos minúsculos triángulos que, a duras penas, tapaban los pezones y algo de las areolas. Las braguitas eran un triángulo microscópico por delante, con una estrecha cinta por detrás. Todo ello de un llamativo azul fluorescente.

En la playa la mayoría de las mujeres iban top-less de modo que Carmen, en realidad, era de las mas recatadas. Carmen se echó en la arena, yo me senté a su lado y, sin darme cuenta, miraba a las magnificas tías que paseaban moviendo sus pechos desnudos. Al cabo de un rato Carmen dijo:
– Si vas a estar mirando las tetas de todas las tías que pasan, mas vale que yo me quite mi sujetador, se quito el sujetador y se quedo con los senos al aire.

cuentos eróticosNo sé cuanto tiempo había transcurrido cuando al levantar los ojos del libro vi una mujer alta, con las prietas tetas al aire, que se acercaba a mi contoneando su recogido trasero.
– Juan, ¿quieres que te la chupe aquí o prefieres subir a la habitación?

– Coño Carmen. ¿Que te han puesto en el café? Nunca te he visto en público con las tetas al aire y ahora, encima hablas de ¡chupármela en medio de la playa!
– Bueno, yo pensaba que querías un cambio en nuestras vidas. Pero si prefieres.. me pongo una mantilla y me voy a la iglesia a rezar un rosario.
– No, no, déjate de leches y vamos a la habitación.

Al llegar a la habitación me di cuenta de que la Carmen de Margarita no era la Carmen que yo conocía, que me la habían cambiado. Nada mas entrar de un tirón me quito el bañador, se arrodilló y sin mas preámbulos empezó a chupármela. No solo chupándola, pero metiéndola y sacándola de su boca, mientras la meneaba con su mano y todo ello con una intensidad y entusiasmo muy lejos de lo que acostumbraba. Yo no estaba seguro de no estar alucinando. Para aumentar mis dudas empezó a acariciarme el escroto y lentamente continuar las caricias hacia mi culo. Con gran suavidad y destreza sus caricias viajaban de mi escroto, al culo y del culo al escroto. Todo esto mientras su boca trataba de competir con las más modernas y eficaces aspiradoras eléctricas. Sin comentario sacó mi polla de su boca y mientras continuaba meneándola con una mano, con la otra metía uno de mis huevos en su boca y lo chupaba con fruición. Otra vez metió la polla en la boca, empezó con las caricias perineales y sin aviso me perforó el culo con un dedo. Esto Carmen no lo había hecho nunca, yo puse ojos como platos. Ella continuó metiendo y sacando el dedo en mi culo mientras continuaba tocando la flauta con el máximo entusiasmo.
– Carmen, Carmen ¡qué me corro!

Su único comentario fue acelerar los movimientos de su cabeza y dedo. Yo sin poder contenerme explote, eyaculando en su boca. Ella continuaba chupando y tragando toda mi leche. Tuve que pedirle que parara porque no podía más.
– Carmen, nunca me la habías chupado así, no te recuerdo sexualmente tan agresiva ni cuando éramos novios. ¿Que te ha pasado?
– A mi no me ha pasado, ni me pasa nada, yo creía que eras tu quien quería un cambio.
– No Carmen, que no me estoy quejando, ¡al contrario!
– Anda calla, cógete algo del minibar, siéntate en el sofá y espera un poco que voy un momento al cuarto de baño.

Me prepare una ginebra con tónica y me senté en el sillón, en pelotas, preguntándome si Carmen se había vuelto loca, si era yo quien estaba perdiendo los tornillos o si era la proximidad al ecuador que nos afectaba a los dos. La apertura de la puerta del baño me arrancó de mis cogitaciones. Allí estaba Carmen, bueno, supuse que era Carmen, salía con la cara muy maquillada, con las tetas al aire, con la braguita azul fluorescente del bikini, unas medias negras de malla, zapatos negros de tacón altísimo, con un abanico en la mano y mientras lentamente se contoneaba andando hacia mí, dijo:
– Buenos días Señor, ¿había llamado usted pidiendo un servicio?
Uy!!! -dijo, mirando a mi picha un poco alicaída- me parece que no esta usted en condiciones de servicio. Anda, menéatela un poco mientras yo me exhibo.

Con el mayor desparpajo, paseó contoneándose por la habitación, después se paró enfrente de mí y con los gestos más soeces que yo había visto en mi vida empezó a acariciarse los pezones lanzándome besos, después se metió un dedo en su vagina y empezó a mover su pelvis de delante atrás. Estoy seguro de que muchas putas se hubieran sonrojado viendo su lascivia. Bueno, no sé si las putas se sonrojarían o no, pero sin ninguna duda había conseguido la atención de mi picha que estaba otra vez en posición de firmes.
– Anda chato, ven a la cama y échame un polvo.
¡Que coño cama!

Me levante, la abracé, la besé en la boca con desesperación, después besé sus respingonas tetas y poniéndome detrás de ella, la incliné hacia el sillón, moví a un lado la cinta del bikini y la ensarte con gran entusiasmo.
Si, Juan, si, métela hasta dentro.
La muy cachonda no solo me animaba y jaleaba sino que culeaba contra mí aumentando la fricción al máximo. Yo mientras tanto le había cogido los pechos y los estrujaba entre mis dedos. No sé si eran las medias de malla, la lascivia y desparpajo que había demostrado antes, su entusiástico culeo o que; pero el hecho es que yo estaba follando con un ánimo y energía que no recordaba desde hacia mucho tiempo. Al parecer no estaba solo en mi excitación pues Carmen decía:
– Sigue, sigue, fóllame toda, sácamela por la boca, dale, ¡dale cabrón!
Seguimos durante un buen rato, fue un polvo para recordar siempre. Yo no sabía lo que me esperaba todavía hoy.

Después, al cabo de un rato, bajamos a tomarnos unos cubalibres a la terracita del hotel…
Mientras encendía mi puro, una voz masculina dijo:
Carmen, que bueno de verte de nuevo y ¿qué le hubo?
Me volví y vi a una pareja, él estaba besando a Carmen en las mejillas. Carmen dijo:
– Juan, mira estos son unos amigos que conocí esta tarde en la playa: Lupe, Matilde este es Juan, mi esposo.
Una vez pasadas las formalidades les mire con detenimiento.

Lupe, era algo mas alto que yo, delgado, muscular, bien parecido, de rasgos aquilinos con claro mestizaje indio, tez oscura y fino bigote negro, quizás en los cuarenta y cinco.
Matilde… ¡Caray con Matilde! Matilde era una mulata, de media estatura, larga melena de un negro intenso, casi azulado, que haría palidecer de envidia a un cuervo. Tez, café con leche o, como dirían los franceses, café ¡olé! Grandes ojos azabache, nariz fina y labios carnosos. Llevaba un vestido de seda negra estampado con flores rojas. El vestido debía estar cosido con hilo de la mejor calidad, porque a pesar de como sus carnes empujaban contra ellas, ninguna costura cedía lo mas mínimo. Y ¡que carnes las que empujaban! Aún sin tocar (¡quien pudiera!) se notaba que no era gorda no, que las carnes eran duras y prietas. Los abundantes pechos empujaban la seda y a juzgar por como se marcaban los pezones no debía llevar sujetador. Una cintura de proverbial avispa daba paso a unas caderas con un trasero respingón, de rompe y rasga. El vestido largo hasta el suelo, estaba abierto a un lado mostrando un muslazo enloquecedor y dejando vislumbrar unas bragas también de seda pero de un rojo oscuro. En conjunto, Matilde exudaba sensualidad por cada poro de su cuerpo. También debía haber pasado los cuarenta, pero ¡que cuarenta!

– Cariño, parece que Matilde y Lupe te caen muy bien y no sabes cuanto me alegro. Hablando con ellos esta tarde me di cuenta que son gente de mucho mundo y experiencia. Les conté de nuestros problemas y de tu… interés y me dijeron que ellos podían ayudarnos. Ellos tienen experiencia con sexo en grupo y van a pasar la noche con nosotros.
– Pues claro que me gustan, ¡si son magníficos!
– Vámonos a nuestra habitación, Juan. -dijo Carmen- y empezó a andar.
Cuando yo trataba de alcanzarla y reprocharle su comportamiento, Matilde se enlazo a uno de mis brazos, y asegurándose que lo restregaba bien contra su pecho empezó a susurrarme…todo esto lo decía, mientras tocaba las partes que mencionaba y se aseguraba que un máximo de su superficie corporal estaba en contacto directo e intimo con un máximo de la mía. Ni que decir tiene que, con aquella mujerona restregándose contra mí, sobándome donde quería y ronroneando como una gatita en mi oído, mientras daba lengüetazos en el lóbulo de mi oreja yo no estaba impasivo y mi “chile” estaba en posición de firmes. Cuando mire hacia delante vi que Lupe no perdía el tiempo, había agarrado a Carmen y llevaba una mano bien metida dentro del pantalón, claramente acariciando y estrujando el culo de mi esposa. Yo no sabia que decir ni que pensar, pero al poner mi mano encima de los pechos de Matilde, desaparecieron muchas de mis preocupaciones.

…Sin otro preámbulo, mientras su mano fluía con el ritmo de la danza, abrió una cremallera en el lado corto del vestido y con un solo gesto lo arrojo al suelo mientras continuaba sus o­ndulaciones. No llevaba mas que unos zapatos negros de alto tacón y las pequeñas bragas rojo oscuro que únicamente cubrían un mínimo de las poderosas y tentadoras ancas. Los exuberantes senos, enhiestos, con grandes y oscuras areolas, moviéndose con total libertad. Me levante del sillón y me abalance sobre ella como una fiera hambrienta. Manoseaba su cuerpo, besaba y mordía su boca y echaba a faltar múltiples manos y bocas para disfrutar de toda la generosa ofrenda: pechos, nalgas, muslos... Mientras yo la devoraba, Matilde me desnudo y poniéndose en cuclillas me la chupo.

¿Dónde y como me quieres? Corazón.
– En la cama Matilde, ¡échate en la cama!
Obediente ella se echó. Yo daba vueltas a su alrederor como un perro excitado, tocando, besando, estrujando, azotando, lamiendo…
– Poséeme mi amor, clávamela, rómpeme.
Yo no necesitaba que me animaran, así que abriendo sus incitadoras piernas contemple aquel sexo maravilloso de negros labios, casi completamente afeitado, únicamente, por encima, quedaba una línea horizontal de un rizado y negro vello. La hinque en aquel altar de Venus y el rosado interior lo encontré cálido, lubricado y hospitalario. Poniendo sus piernas sobre mis hombros bombee como un poseso. Los exuberantes pechos bailaban al son que yo marcaba, Matilde movía su pelvis en pequeños círculos, cogí ambos pechos con mis manos y los estrujaba.
Sin aguantar un segundo más lance mi fantasía al aire, siempre la tenía en mente y Carmen lo sabía.
-Matilde tu me darías tu culo, ¿de verdad? Me lo das?.
Yo no daba crédito a mis oídos.
¡Ay mi cielo! Si a mí me gusta mucho que me enculen, lo que pasa es que con el vergón de Lupe no se puede por atrás. ¿Cómo me quieres mi amor?
-Échate de espaldas en la cama.
Por fin embadurne mi verga, cogí sus muslos y los empuje sobre la cama dejando su sexo y culo gloriosamente expuestos, puse la punta del capullo en su ano y suavemente empuje.
– Si mi cielo así, enculame despacito. Dámela, dame tu verga.
Poco a poco se introdujo del todo, empecé a moverla poco apoco. Matilde empezó a culear. Los negros labios de su vulva abiertos, exponiendo el rosado y vacío interior, mi polla entrando y saliendo de su culo. ¡Aquello era gozar! De repente Matilde dijo:
– Ven aquí Carmencita, ven aquí que me coma tu conchita.
Carmen como si fuera algo que oyera todos los días se puso a horcajadas sobre la cara de Matilde y Matilde chupaba y relamía la “conchita” de mi mujer. Matilde cruzó sus piernas a mi espalda en poderoso abrazo, metiéndome aun más dentro de su culo. Carmen me dijo:
– ¡Chúpame las tetas, Juan chúpalas!
Yo me incline a chupar sus pechos, ella puso sus brazos por debajo de mis sobacos estrujándome contra su pecho.
Dejo que vosotros mismos le déis rienda suelta a la fantasía, seguro que sabéis terminarla muy bien…

sexo playa

Me fui de vacaciones con un grupo de amigos a un hotel de la playa. Los dos primeros días nos lo pasamos muy bien pero el tercer día ocurrió algo maravilloso. Una de las amigas, que siempre me había llamado la atención por sus preciosos labios y su figura imponente, empezó a bromear conmigo. La primera mitad del día transcurrió como de costumbre, sólo que nuestras conversaciones iban tomado un cariz cada vez más íntimo.

Cuando ya era por la tarde, alrededor de las cinco y media y no había tanto sol, le propuse que nos fuéramos los dos a la playa. Una vez allí, nos tumbamos cada uno en nuestra toalla y empezamos a hablar, la conversación empezó a ser más y más intima hablando de los novios y novias que habíamos tenido.

Yo notaba como una gran erección se estaba formando bajo mi marcado bañador, por suerte, ya había oscurecido y podía disimularlo, ella me miraba mientras le contaba la historia con los ojos muy abiertos, como si lo estuviera viendo. Cuando terminé le dije que ahora ella me tenía que contar una de sus fantasías eróticas a cambio. Me contó una en la se imaginaba que mientras se masturbaba un hombre la veía y se masturbaba al mismo tiempo, me sorprendió que me la contara con tanto detalle, como se acariciaba, que sentía, que hacia el hombre, etc.

No había terminado de contármela, cuando escuchamos un murmullo de gente que venía por la playa con antorchas encendidas, cuando pasaron junto a nosotros, la luz de las antorchas nos inundó y yo me acordé tarde de mi erección, que ahora se notaba mucho más por la historia que ella me contaba, la miré a la cara y vi que sus ojos se había posado sobre mi inocultable erección, tenía una sonrisa en la cara y no apartaba la vista, así que como no podía ocultarla y ya era tarde para hacerlo, la dejé que le echara un buen vistazo.

Por mi parte no pude dejar de mirarle los pechos, y mas porque sus pezones se marcaban como si fueran piedras bajo su pequeño bikini caribeño.

sexo playa

Cuando la oscuridad volvió a ser completa, me dijo que empezaba a hacer frió, yo le sugerí que si quería podíamos ponernos los dos en una sola toalla y taparnos con la otra, su respuesta fue tan rápida que yo no había terminado de hablar. Así, que ella se acerco hasta mi toalla y nos tapamos con la suya, como mi toalla no era muy ancha estábamos pegados, y yo aproveche para pegarme a ella y hacerle sentir mi dureza contra su vientre. Desde ese momento no hablamos, estábamos tan juntos, que el simple hecho de hablar haría que nuestros labios se rozasen, estuvimos así unos minutos, entonces, ella me dio un beso que fue profundo pero tierno, suave pero intenso, yo empecé a deslizar mi mano por su espalda hasta llegar a la curva de su trasero, lo apreté y subí la mano por el vientre en dirección a su seno, cuando llegué a él, lo acaricie suavemente por debajo, como pesándolo, mientras que con el pulgar le acariciaba el pezón ahora duro y erguido, su respiración se aceleró al sentir mi caricia y su lengua penetró en mi boca buscando la mía, nuestras lenguas se cruzaron, retorcieron y empujaron en una especie de frenética y lujuriosa lucha.

Su mano me bajaba por el pecho, se posó sobre mi pene y lo apretó, yo solté un gemido al sentir su caricia y se lo agradecí con un pellizco en el pezón que la hizo estremecerse y echar la cabeza hacia atrás, como si no pudiera aguantar todo el placer dentro de ella mientras de su boca escapaba un gemido de placer, mi boca comenzó a deslizarse por su cuello, oprimiendo con mis labios en algunos puntos a forma de mordiscos, que le daban escalofríos y la hacían retorcerse de gusto, al fin mi boca llego a su pecho y le di un suave y largo mordisquito con los dientes, cerrando después la boca sobre el pezón y succionándolo al mismo tiempo que retiraba la cabeza para producir un poco de tirantez, ella se mordía un dedo para evitar hacer demasiado ruido mientras que con la otra mano me cogía la polla, que ya se había salido del bañador, , y movía lentamente la mano arriba y abajo causándome un placer tan grande que casi me dolía, mientras le besaba el pecho empecé a bajar la otra mano hacia la fuente de todos mis deseos cuando llegué, pude notar que las braguitas ya no podían contener sus fluidos, que había llegado ya hasta sus muslos.

Apoyé el dedo corazón en la parte más baja de su rajita y empecé a deslizarlo lentamente y suavemente hacia su cima, para después bajarlo presionando un poco más sobre la tela del bañador. Empecé a acariciarle la cima muy lentamente, pero haciendo cierta presión, moviendo el dedo en círculos sobre su coronita, entonces metí la mano dentro de su bañador e introduje un poco el dedo en su rajita por la parte de abajo, y empecé a subirlo lentamente al tiempo que la abría, al llegar arriba, apreté un poco mas el dedo y lo subí de golpe. Al sentirlo ella, me aparto la cabeza de su pecho, y me beso para ahogar el grito que le subía por la garganta y que no tenia forma de evitar; entonces le solté el sujetador, le quite las braguitas y la puse en pie y ella corrió hasta el agua yo me quite el bañador y corrí tras ella.

Nos volvimos a besar y me pidió que cerrara los ojos, yo al momento obedecí, esperando impaciente lo que hiciera, de pronto sentí que me acariciaba el pene y mi mayor sorpresa fue cuando note como sus labios se cerraban en tono a su tronco, empezó a lamerme dentro de su boca y a succionar como si de una pajita se tratase, yo tuve que meter la cabeza bajo agua para evitar que mis jadeos llegaran a la gente que estaba en la playa, al cabo de unos 20 segundos paró y saco la cabeza fuera del agua y me dijo que ya no podía aguantar mas, le dije que no importaba y me beso para que sintiera mi propio sabor en la boca, eso me excito aun mas si podía, y me daba la sensación de que mi pene iba a estallar en cualquier momento. Mientras duró el beso yo no pare de pellizcarle los pezones ni de acariciar su templo. Empecé poco a poco a introducir un dedo dentro de su vulva y me sorprendió no encontrar la menor resistencia, es mas, parecía querer engullirme entero. Me sumergí y empecé a pasar la lengua por su vientre en dirección a su hendidura, empecé a lamer, solo con la punta de la suavemente, casi como si fuera un roce no provocado, su clítoris, como si quisiera arrancarle el placer con cada roce, con cada paso, como si no existiera otra cosa en el mundo que hacerla disfrutar. Yo notaba como sus piernas se estremecían, se estiraban y relajaban casi al mismo tiempo, me sorprendió notar como sus jugos no se mezclaban con el agua, notando perfectamente su humedad diferenciada del tacto del agua salada, eran como dos líquidos no miscibles, que me embriagaban y hacían arder como nunca antes.

No se cuanto estuve bajo el agua, estaba como en un sueño y cuando de pronto desperté note que no me quedaba nada de aire, saque rápidamente la cabeza del agua; en cualquier otro momento me habría parado a recuperar el aliento, pero esta vez solo quería besarla y entregarle su sabor al igual que ella había hecho antes. Me dijo que no podía más y me cogió de la mano sacándome del agua, ya era de noche y no había nadie en la playa. Nos volvimos a tumbar en la toalla, entonces me dijo –Tranquilo, que voy preparada, mostrándome un preservativo que había sacado de su bolso. Yo le agradecí con todo el alma el que tuviera esa previsión, ya que estaba pensando que yo había olvidado mis condones en la mesita de noche. Me saco de mis pensamientos el roce de sus piernas abrazándome y me dijo que lo hiciera con cuidado; apoye mi pene en su vulva y empecé a frotarlo, entonces puse su cabeza en la entrada y empecé a entrar lentamente, de pronto note que su espalda se arqueaba hacia atrás y se tensaba de golpe, el orgasmo la alcanzo de repente, note su boca pegarse de golpe a la mía, y note como su garganta surgía un grito incontenible, rápidamente baje la mano y empecé a acariciarles mientras seguía empujando mi pene mas y mas dentro suya, apenas note resistencia, sus jugos eran tan abundante que su lubricación era total.

Cuando el éxtasis paso yo ya había penetrado totalmente en ella, pero permanecía inmóvil, entonces empecé a moverme poco a poco, ella cuando me sintió dentro, empezó a hacerlo también, nuestro besos callaban nuestros suspiros y nuestros movimientos hacían hervir el agua a nuestro alrededor, nos besamos, acariciamos, el ritmo se fue acelerando pero nuestros cuerpos no parecían tener bastante, éramos el centro del universo, nada y todo parecían existir, note como iba llegando mi final, nuestro jadeos eran cada vez mas rápidos, la oír decir que no parara, que iba a terminar, yo no había parado de acariciarla durante todo el rato, pero en ese momento acelere los movimientos de mi mano, le pellizcaba sus pezones y bebía de su boca, en el instante del orgasmo, ella se quedo inmóvil, se sacudió, pego su boca con la mía y chilló, esta vez ni mi boca pudo contener su explosión, que durante un instante se mantuvo en el aire y desapareció, sus manos volaban sobre mi espalda, abrazando, apretando y arañando. Yo llevaba un rato aguantando el final, pero el dolor era ya casi insoportable, entonces… estalle, me desborde, note como mi cuerpo en un instante se doblo hacia atrás, mi boca se abrió pero ella no salió ni el mas leve susurro, el pelo se me erizo y note como me derramaba, me zumbaban los oídos y me sentía un poco mareado, nos abrazamos y no nos movimos, pasaron los minutos, como si quisiéramos congelar ese instante y que nunca terminara, no recuerdo bien cuanto tiempo estuvimos así, 4, 5, 10 minutos, quizás mas.

relaciones eróticas

Me llamo Jessica y quiero contaros una experiencia que tuve hace poco y que no me he atrevido a contar ni a mi mejor amiga.

Desde hace algunos meses he salido con Sergio, un chico muy simpático y viciosillo. Aquella tarde llegué a su apartamento para darnos el preceptivo revolcón, pero me encontré con la sorpresa de que no estaba solo. Había una chica, morena y guapa, con él. No me gustó aquello pero no dije nada. Sergio nos presentó, ella se llamaba Carla y, al parecer, era una antigua amiga de sus tiempos de instituto. Nos sentamos y Carla sacó de su bolso un cigarro enorme que resultó ser de marihuana. Yo no quise probarlo, pero ellos fumaron durante un rato hasta acabar colocados, no paraban de bromear y yo estaba muy celosa.

fantasías eróticas, cuentosDe pronto Sergio propuso entre risas que nos fuéramos los tres a la cama. Yo creía que estaba de broma, pero vi que Carla se agitaba con la idea. Cambiamos de conversación y Carla sacó otro “cigarro” de su bolso. Me sentí un poco mareada con el humo y fui a echarme agua en la cara. Cuando volví del baño sufrí una gran impresión, la visión que me aguardaba no era para menos. Sergio se había levantado y, desde detrás de la silla de Carla, le cogía los senos con las manos mientras le mordisqueaba la oreja. Carla me miró con una sonrisa y me guiñó. Sentí deseos de matarlo, de irme de allí, de olvidar a ese cabrón que le metía mano a otra mujer delante de mis ojos. Pero no hice nada de eso, sólo miré en silencio como Sergio acariciaba y besaba a Carla, mientras sentía como mi sexo se humedecía. Reconozco que, pese a lo que mi mente decía, me excitaba mucho verles. Carla se levantó y, cogiéndome de la mano, tiró de Sergio y de mí hasta la habitación. No sabía lo que me esperaba.

Allí, se quitó el ajustado vestido que tenía y, en tanga, empezó a desnudarme, yo intenté que no me tocara, pero mi cuerpo no me respondía, estando cada vez más mojada. Sergio, que se desnudó completamente en dos segundos, se situó detrás de mí, restregaba su preciosa polla por mi culo mientras ayudaba a desnudarme. Aunque la situación me parecía intolerable, noté que me ponía muy caliente y me dejé desnudar por ambos, me tendieron en la cama y mientras Sergio me besaba los pechos, Carla, inesperadamente, llevó su cara a mi sexo y con la lengua en mi clítoris me hizo volverme loca, realmente sabía como chupar a una mujer. Sergio cambió de posición para metérsela a Carla. Así, yo estaba tendida boca arriba en la cama, Carla, a cuatro patas me chupaba el coño mirándome a los ojos y Sergio se follaba a Carla por atrás. Sentía cada embestida de su polla a través de Carla que lloraba de gusto pero no dejaba de chuparme. Aquello era lo más morboso que me había pasado nunca. Era el mejor baile de mi vida, que no olvidaría jamás.

Cuando Sergio se corrió cayó profundamente dormido. Carla se tendió a mi lado y me acariciaba los pechos suavemente mientras me hablaba de ella, de la vida y del sexo. Sus palabras eran muy dulces y sus caricias provocaban chispazos eléctricos en mi piel. Me llevó mi mano a sus pechos, duros y bien formados, tenía los pezones erectos y yo se los pellizqué mientras ella me besaba el cuello. Por fin nos besamos, abrazadas y desnudas en la cama, y fue el mejor beso de mi vida, es difícil explicarlo pero el contacto con sus labios y su lengua húmeda me puso de nuevo a cien por hora, sentir su pecho en mi mano mientras nos besábamos era algo nuevo y muy excitante para mí.

Le besé los pezones y llevé mi mano a su coño. La masturbé como a mi me gusta hacérmelo, en realidad era como si me estuviese masturbando yo. Después de unos cinco minutos besándole los pechos y masturbándola tuvo un orgasmo entre gritos. Sin descanso, me besó y se puso a masturbarme mientras nuestras lenguas se rozaban. Aquello era increíble. Tuve varios orgasmos, nada comparable a mis experiencias anteriores con Sergio y con otros hombres.

Nunca he vuelto a ver a Carla y dejé a Sergio poco después de esta experiencia. Nunca me han atraído las mujeres antes y ahora estoy hecha un lío, no dejo de olvidar a aquella maravillosa mujer. Me he acostado después con varios hombres pero ninguno me ha hecho olvidar la dulzura de Carla.

placer místico

En verano, las noches suelen ser bastante calurosas, pero no recordaba ninguna que lo hubiese sido tanto como aquella…

Como de costumbre, estando de vacaciones, me acostaba de madrugada, pero aquel día mis padres se habían marchado de casa, por ello, cené pronto y me fui a la cama. No podía dormir, así que puse la tele, pero no había nada interesante; después recordé que todavía no había escuchado el nuevo CD que me habían dejado la semana pasada, y lo puse en la mini cadena del lado de la cama, con un volumen muy suave. Cerré los ojos. Mi cabeza se empezó a llenar de imágenes, pensamientos eróticos, fantasías… Yo no quería, luchaba por ahuyentarlos con todas mis fuerzas, pero me dominaban. Y eso me gustaba.

De repente me puse a pensar en las últimas clases de literatura que dimos antes de acabar el curso. Habíamos hablado sobre la mística y ese tema me tenía intrigada. No se podía tratar sólo de la unión de un sacerdote con Dios. Lo que describían aquellos versos que leímos, era un placer inmenso, más allá de todo lo terrenal.

Entonces fue cuando decidí saciar mi sed. Iba a descubrir el secreto… Me levanté de la cama y salí a la calle. Levaba puesto el camisón de verano; no era mucho más que unos trozos de tela blanca que la brisa hacía serpentear dócilmente. No me importaba. A esas horas, nadie había por la calle ya, y al lugar que me dirigía, no estaba muy lejos. Finalmente llegué. La puerta estaba entreabierta y solo me hizo falta empujarla suavemente para poder entrar. Una vez dentro, me sorprendí. Nunca había visto algo tan bello. Todas las velas estaban ardiendo, y su cálida luminiscencia vislumbraba el difuso corredor con sus correspondientes bancos de madera a cada costado. De entre las sombras, asomaban figuras de santos crucificados y de vírgenes atormentadas por el sufrimiento. Todos aquellos rostros parecían observar todos y cada uno de los movimientos que hiciese. Yo contemplaba admirada aquel espectáculo cuando mis ojos se detuvieron al fondo del pasillo. Allí estaba el crucifijo mayor. Fui hacia él y me paré enfrente. Me senté sobre mis rodillas, en uno de los cojines que había y cerré los ojos.

Relatos y fantasías eróticas

No recuerdo cuanto tiempo estuve en aquella posición, pero aquella luz, aquel perfume a cera tan característico… la situación en si, me tenía en un estado de embriaguez tal, que no escuché como unos pasos se me acercaban por detrás, muy despacio. De repente alguien me rodeó el cuello con sus manos. No sabía que hacer, pero sus movimientos eran tan dulces que mantuve mis ojos cerrados… Alcé la cabeza y dejé que me acariciara suavemente. Él aceptó mi insinuación. Se acercó y se arrodilló detrás de mí. Sentí que le gustaba, que estaba igual de excitado que yo. Luego retrocedió y me empezó a quitar el vestido. Deslizó los tirantes por mis hombros y lo dejó caer lentamente. Sentí que sus manos ascendían por mi espalda y volvían a bajar, pero esta vez por delante. Su respiración se aceleraba y el calor de su aliento penetraba en mi nuca. Sus manos gozaban de la inocencia de todo adolescente que toca por primera vez a su chica. Con una ternura asombrosa separó suavemente mis piernas, y fue acariciando mis muslos hasta arriba. No me pude contener y de muy dentro de mi, salió un suspiro producido por esa gran ola de placer que acababa de recorrer todas y cada una de las partes de mi cuerpo.

Ya no podía más, nunca me había sentido de aquella forma. Despacio, me volteó, y me recostó sobre aquel cojín. Me besó. Sus manos sostenían mi rostro mientras nuestras lenguas se entrelazaban con tal pasión, que parecían fundirse.

Pero… que estaba haciendo, quien era él, que hacía allí conmigo… En aquellos momentos me venció la curiosidad y abrí los ojos. Él paró de besarme al instante. Nuestras miradas se cruzaron. Me sonrió. Ya no me importaba quién fuese. Para mí, era un ángel, mi ángel de la guarda.

Me dejó suavemente la cabeza sobre el cojín y descendió de nuevo. Sus dóciles masajes se alternaban con los roces de su lengua sobre mi pecho, mi vientre… me despojó de la poca ropa que me quedaba y, separándome las piernas de nuevo, empezó a jugar…

A partir de ese instante, el tiempo se detuvo y el mundo giró solo a nuestro alrededor. Aquella noche, todas mis fantasías empezaron a tomar forma, envueltas de caricias, juegos, jadeos… Descubrí un lado que no conocía de mi, me descubrí a mi misma, pero sobretodo comprendí algo que jamás podré olvidar; el placer de la mística.

erótico

Todo empezó un sábado por la noche. En medio de aquellos focos del local, solo podía sentir una intensa sensación de calor que invadía todo mi cuerpo. En aquel momento pude verle, nuestras miradas se cruzaron, y al observar su boca vi como pasaba su lengua por sus labios. Sin poder resistirlo, me acerqué a él dirigiendo mi mano a su redondo y musculoso culo. El me cogió de la cintura y me acercó a la zona oscura de aquel local. Con nuestros cuerpos pegados pude sentir le erección de su polla y me sentí muy caliente.

En ese momento sentí como sus dedos recorrían mi entrepierna y se acercaban hacia mi coño, que se encontraba escondido tras un tanga, ahora totalmente empapado. Tras arrancarme el tanga, empezó a acariciar mi coño con su polla, consiguiendo que yo me corriera.

Tras esto, me dijo “¡cómetela!” y me arrodillé y metí su polla en mi boca y tras esto él no pudo soportarlo y derramó su semen sobre mi coño, mientras me decía “¡no pares, me encanta follarte la boca!”.

Cuando nuestra pasión se fue apagando, arreglamos nuestra ropa y nos despedimos. Me acerqué a su oído y le susurré: “¡tienes un polvo de vicio!”, mientras pasaba la lengua por su oreja.

Tras esto regresé a casa pensando lo que había ocurrido y preguntándome “¿cuál era su nombre?“.

erótico

fábulas eróticas

Fábulas, historias, cuentos, o relatos eróticos, como guste denominar. En este espacio una selección de cuentos eróticos.

Pero antes unos textos del miembro de la Real Academia Española (RAE) Francisco Rodríguez Adrados, que defendió la función histórica del cuento y la fábula eróticos como ‘descanso de la institución del matrimonio, necesaria pero que se sabe agobiante’.

erotismo en la mitologíaLa travesía del cuento y la fábula eróticos, de “Homero a Bocaccio”, ‘El cuento folclórico en la literatura y en la tradición oral’.

En las historias eróticas ‘se puede ver una aprobación de las actitudes adúlteras, manifestada mediante la risa, pero en el fondo las instituciones elementales no son cuestionadas’, así, ‘los hombres se ríen de sí mismos, pero cuando acaba el cuento el mundo real sigue estando dominando por los hombres’.

Si hacemos un repaso histórico por la literatura erótica, el primer cuento erótico en la historia de la literatura griega es la historia de los amores entre los dioses Ares y Afrodita en La Odisea, de Homero.

Sin embargo, las fábulas y los cuentos eróticos latinos e indoeuropeos beben también de la tradición india ‘que llega a occidente a través de Bizancio’.

La taxonomía del cuento clásico erótico se resume en aquellos que tratan del amor trágico, el amor cómico y el amor feliz.

Desde los autores cínicos griegos, ‘el cuento erótico trata de atacar la moral sexual y lo hace atacando la institución fundamental de la sociedad patriarcal: el matrimonio‘.

Rodríguez Adrados apuntó que la finalidad del matrimonio es la procreación dentro del modelo patriarcal y asegurar que los hijos son hijos del marido, por lo que ‘el eros chocaba con el matrimonio’. ‘Sólo a partir de la nueva comedia griega, en el siglo cuarto, el matrimonio es compatible con el amor’, aseguró.

Aquí os dejamos algunas historias eróticas, unas reales, otras… fantasía o realidad son vuestras:fantasias-sexuales

Isla Margarita

Tango para tres

El Placer de la Mística

Cumpleños Feliz

Arena Caliente

La Niñera

¿Cuál era su Nombre?

Mis Amigas y mi Juguete

Laura me había invitado a pasar el fin de semana en su casa del pueblo, lo que no me había dicho es que iba a estar acompañada.

Cuando llegué a la casa, las encontré en la piscina, tomando el sol sin la parte de arriba del bikini. Laura tenía los pechos turgentes, erguidos, igual que su amiga, Noelia. Era rubia, con melenita y no muy alta, sus pechos eran ligeramente más grandes que los de Laura, con unos pezones rosados y grandes, su vientre era liso, su culo mmm… igual que sus muslos. Al verlas sólo con la braguita del bikini, mi libido empezó a funcionar al cien por cien, por suerte mis pantalones bastante anchos, amagaban mi excitación abanderada por mi polla.

Como era pronto todavía, me invitaron a ponerme el traje de baño, y acompañarlas en la piscina, que situación, sabía que podía pasar alguna cosa. Después de un buen rato de charla, Noelia se excusó y fué a la cocina para ver como iba el pastel que estaba haciendo para la cena.

relato eróticoLaura aprovechó para acercarse a mi, me besó, su lengua estaba húmeda y caliente, pronto apoyó su mano sobre mi sexo y sonrió al notar la excitación que me embargaba, mi polla iba a romperse, yo acaricie sus pechos y pellizqué suavemente sus pezones, lo cual le arrancó gemidos de placer. Me besó nuevamente, esta vez con mas pasión, su lengua parecía que me estrujaba, me quería llevar muy adentro suyo, se levantó, me cogió de la mano y me llevó al interior de la casa. En ese momento salía Noelia, diciendo que ya había acabado. Sin mediar palabra la cogió también de la mano y nos llevó a ambos a su habitación, nos dejó al lado del tocador de espaldas al espejo, mientras se desprendía de su braguita, daba gusto ver un coño tan arregladito, iba a comerlo entero. Primero se arrodilló delante de ella y le quitó la braguita de su bikini, dejando al descubierto su coño completamente afeitado, precioso. Después me tocó a mí, me quitó el traje de baño, dejando al descubierto mi enorme rabo, completamente excitado y duro como una piedra.

Como si estuvieran coordinadas las dos vinieron hacia mí, sonriendo, me abrazaron y empezaron a besarme, nuestras lenguas se juntaban. Cuando note una mano en mis huevos, gemí de placer, los sentía juntos como si fuera un melocotón duro, notaba sus cuatro manos danzando por mi cuerpo, y yo empecé a tocar sus tetas, sus pezones se excitaban al roce de mis dedos, y los tres gemíamos al unísono.

Laura acercó su boca a mi oído, y me pidió que las comiera, ellas se arrodillaron la una al lado de la otra, sobre la cama con sus piernas abiertas. Empecé por Laura, su coño estaba completamente abierto y mojada, mi lengua subía y bajaba mientras ella gemía, cambie y pude apreciar el coño de Noelia, también estaba húmedo, pero cerrado, pronto iba a aflorar de ella algo sensacional, mientras lo lamía mis dedos jugueteaban con el coño de Laura y las dos gemían pidiendo más. Cambié una vez más, metiendo completamente la lengua en el coño de Laura, su clítoris se definía perfectamente y con unos espasmos increíbles acabó corriéndose, sus jugos inundaron mi boca hasta que cayó rendida en la cama. Me entretuve entonces lamiendo a Noelia que gemía como una posesa, hasta que me rogó, ponte el condón y… fóllame cielo. Me acercó un condón con su boca, no sé de donde salió pero allí estaba. Me acuerdo alegremente, era rosa, con sabor a fresa y un olor muy agradable. Lo vi y no me apetecía parar a ponerlo. Lo puso con su boca, jugando, dándose tiempo. La verdad me excitó tanto que casi me corro cuando me puso la goma.

Entonces, sin perder más tiempo comenzamos el festín…

Le cogí por sus caderas y puse la punta mi polla en la entrada de su coño, grito de placer al notar como yo empujando la follaba toda, los dos gemíamos mientras poco a poco la poseía profundamente. Cuando mis testículos chocaron contra sus muslos, ella gritó de placer, y yo también, nunca había tenido la sensación que estaba teniendo, su coño se ajustaba a la perfección a mí, se puso erguida, me beso y yo aproveché para masajear sus tetas, mientras entraba y salía de ella. Las contracciones de su coño al alcanzar el orgasmo, hicieron que me corriera en su interior, gozando ambos de un orgasmo genial.
Yo había quedado fuera de combate, mi orgasmo había sido muy violento y placentero. Laura me acompañó hasta el sofá de la habitación y para mi sorpresa volvió a la cama. Abrazó a Noelia, y empezaron a besarse y a tocarse delante de mi, sus dedos acariciaban todo su cuerpo, ni en mis más calientes fantasías había imaginado algo así, estaban preciosas, gozando la una de la otra de sus cuerpos, gemían, se besaban, introducían los dedos en su ávidos coños, mientras mi polla se ponía dura, otra vez, cuando me acerqué a ellas, me rechazaron suavemente hasta que ambas se corrieron, entonces Laura vino hacia mi y me hizo arrodillar sobre la cama, en la misma postura que ellas hacía un rato, Noelia se fue para volver al cabo de un momento, oí sus pasos detrás de mi y las manos de Laura abrieron mis nalgas, note los dedos de alguna de ellas dos pasando una crema por mi ano, lo cual me proporcionó mucho placer. Un dedo se dedicaba a trazar círculos en mi culo, mientras otra mano me masturbaba. Entonces Noelia se puso a mi lado y pude ver que tenía en su interior un consolador, cogido por unas correas a su cintura y muslos, mientras Laura lo lubricaba con su lengua y sus labios, para después lubricar mi culo, yo notaba deliciosa su lengua. Noelia se inclinó hacia mi y me susurró:
– ¡Ahora te toca a ti!, cariño

Puso las manos en mis caderas y noté como la mano de Laura guiaba el consolador a su destino. Noté la punta de este en la entrada de mi culo, y como Noelia empezaba a hacer presión, cuando penetró la punta, sentí una punzada de dolor y un gemido se escapó de mi garganta, Laura reanudó sus manipulaciones, al tiempo que Noelia me iba poseyendo más y más. El dolor empezó a trasformarse en placer, Laura descubrió todo mi prepucio bajando la piel, y noté como su lengua lamía toda mi polla, recreándose en el líquido que empezaba a aparecer en la punta:
– Te gusta? me preguntaba Noelia

Y yo por toda respuesta gritaba:
– Más…más…fóllame más!!!!!!!!!!!!!

Me notaba totalmente poseído, mi culo completamente abierto y mi polla más grande y dura que nunca. Noelia imitaba el vaivén a la perfección, y me poseía hasta que sus muslos chocaban contra mis nalgas. Me corrí como nunca me había corrido y le rogué a Noelia que no saliera de mi, me excitaba enormemente notarla dentro mientras Laura acababa de limpiar mi polla con su lengua.

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